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El diálogo

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EL DIÁLOGO
No sé si te habrás dado cuenta, pero cada vez es menos frecuente que nos dirijamos a nuestros semejantes de una forma apropiada: ni les miramos a los ojos, cuando les decimos algo, ni les escuchamos adecuadamente, cuando nos hablan ellos. ¡Fea costumbre no ser corteses! Por eso en este tema vamos a tratar de explicar las reglas que rigen los diálogos porque si queremos que los demás nos escuchen, debemos respetar unas normas: mirar a los ojos al interlocutor, respetar su punto de vista, escuchar lo que tengan que decirnos, etc.
Pero, ¿qué es exactamente el diálogo? Ni más ni menos que un tipo de texto, oral u escrito en el que dos o más personas conversan e intercambian información sobre un tema determinado. Los diálogos son muy variados, abarcan desde una simple conversación entre amigos o compañeros, hasta charlas, coloquios, entrevistas, debates, mítines, etc. También aparece en los textos literarios: en una novela cuando intervienen los personajes o en una obra de teatro, que se basa en el intercambio de diálogos de los personajes.

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Es habitual que este tipo de textos hallamos los diálogos en estilo directo o indirecto. En los primeros se reproduce literalmente las palabras del personaje, Ej.: Ángel dijo:-Estamos todos. En el segundo caso, las palabras de los personajes son introducidas por verbos, como decir, pensar, creer: Ángel dijo que estaban todos.
Son los interlocutores los que deben adaptar el registro de la lengua a la situación: no es lo mismo una conversación con nuestros amigos u amigas, que una charla con la directora o el director de un centro escolar.
Dentro de los diálogos diferenciamos aquellos que no se ajustan a un plan previo y donde los interlocutores hablan espontáneamente –como sucede en una conversación-, de aquellos otros en los que existe una planificación previa, como en un debate.
En el primer caso los interlocutores intervienen libre y alternativamente. En estas ocasiones son frecuentes las interrupciones, los cambios de tema, las frases inacabadas, etc. Eso ni significa que valga todo, puesto que debemos respetar las normas de la cortesía. Lo mismo sucede en los diálogos planificados, como debates, entrevistas, conferencias, charlas. Estos diálogos tienen sus reglas, establecidas de antemano. En un debate, por ejemplo, el tema suele ser el mismo para todos y existe un moderador que es el encargado de facilitar el orden e intercambio de puntos de vista.
Lo importante en cada uno de los diálogos es que seamos corteses: que prestemos atención a lo que se nos dice, que empleemos el tiempo justo para nuestra intervención, que no cambiemos de tema con brusquedad, que no digamos falsedades y que evitemos las ambigüedades. Si respetamos estas normas básicas, el diálogo es fluido y enriquecedor; en caso contrario, nos quedamos en las vaguedades y con la sensación de no haber dicho u hecho lo correcto.

Actividades
Pongámonos manos a la obra. Elijamos los alumnos adecuados para leer este diálogo, que además escenificaran en clase. Deben reproducir fielmente las palabras, empleando el tono y gestos adecuados.
Después comentaréis en clase los rasgos del lenguaje que aparecen, la forma de reproducirlos y el contenido del mensaje.
Seguidamente y por parejas inventareis dos situaciones más de este diálogo entre el viajero y el niño. Adáptalo a la situación actual: el viajero se encuentra con un rapero, con una chavala joven que se dirige a la discoteca, con un chico que está en el parque esperando a su novia, etc. En cada situación emplearemos un diálogo distinto. Hacedlo por parejas para que todos participen en la actividad.


El viajero se pone en cuclillas y empieza por refrescarse las manos:
-¿Va usted muy lejos?
-Psch…; regular… Dame el jabón.
El niño destapa la jabonera y se la acerca. Es un niño muy obsequioso.
-¡Pues anda, que, como vaya usted muy lejos con este calor!...
-A veces hace más. Dame la toalla.
El niño le da la toalla.
_¿Es usted de Madrid?
El viajero, mientras se seca, decide pasar a la ofensiva.
-No, no soy de Madrid. ¿Cómo te llamas?
-Armando, para servirle. Armando Mondéjar López.
-¿Cuántos años tienes?
-Trece.
-¿Qué estudias?
-Perito.
-¿Perito…qué?
-Pues perito… perito.
-¿Qué es tu padre?
-Está en la Diputación.
-¿Cómo se llama?
-Pio.
-¿Cuántos hermanos tienes?
-Somos cinco; cuatro niños y una niña. Yo soy el mayor.
-¿Sois todos rubios?
-Sí, señor. Todos tenemos el pelo rojo, mi papá también lo tiene.
En la voz del niño hay como una vaga cadencia de tristeza. El viajero no hubiera querido preguntar tanto. Piensa un instante, mientras guarda la toalla y el jabón y saca de la mochila los tomates, el pan y una lata de foie-gras, que se ha pasado de rosca preguntando.
CAMILO JOSÉ CELA, Viaje a la Alcarria.

Haz lo mismo con este otro diálogo. La situación que se plantea es muy sencilla, ¿qué le sucede exactamente al chaval y por qué?
Sabemos que la lengua es poder y que gracias a ella podemos defendernos. Debéis escenificar la escena, de forma que uno o una de vosotros se ponga en la piel del chaval y se defienda utilizando las palabras y el tono apropiado.
Después podéis establecer un debate en clase sobre la violencia en el Instituto: las causas, las formas de violencia y el modo de combatirlas. Vosotros mismos fijaréis el moderador y el turno de palabras y seréis vosotros quienes elaboréis una serie de conclusiones. Es preciso que refresquéis vuestra memoria y penséis en situaciones que hayáis visto o sufrido.
Aquella tarde era una tarde de invierno como otra cualquiera. Los nubarrones negros se reflejaban en los cristales, y todo el colegio –ventanas, paredes, verja y baldosines- parecía pintado de gris.
Algunos muchachos no jugaban. No les apetecía o no les gustaba. Sólo a uno de ellos le apetecía y gustaba, pero se mantenía apartado porque sus compañeros de clase no hacían otra cosa que burlarse de su estatura. En cuanto pretendía acercarse a algún grupo, le recibían con muecas y con insultos.
-Quita de ahí, retaco.
-Oye, enano, que te la vas a ganar.
-Vete con los de primero.
-¿A qué te soplo y sales volando por encima de la tapia?
Eran crueles, y quizá nunca en la vida tendría oportunidad de ser otra cosa. También Lozano, el portero, le insultaba a la salida y a la entrada:
-Adiós, garbanzo. Mira a los lados al atravesar la calle, no sea que te atropelle un mini.
-Hola, colilla. ¿Quieres ver si está el director en su despacho?
Y una niña pecosa, de trencitas, que iba a las Josefinas, se reía al verle pasar y le llamaba <<mosquito>>,
Y hasta el mismo Padre Damián, el Prefecto, le solía mirar con cara de lástima y le preguntaba:
-¿Tú cuándo piensas crecer?
-No sé.
Llegó del colegio a las cinco menos cuarto.
-¿Cómo vienes a estas horas?
-Es que tengo fiebre.
La madre le dio un beso en la frente.
-Anda, vete a la cama.
Lo llevó pasillo adelante, cogido por los hombros; había poca luz y dieron un traspiés.
-Tengo frío- dijo él.
-Te daré algo caliente y se te pasará en seguida.
Cuando se estaba desvistiendo, la madre dijo:
-Habrás tomado algún helado después de comer.
-No, con el día que hace…
-Te habrá hecho daño la comida, entonces.
Se acostó.
-Te traeré otra manta.
La extendió sobre el cobertor y después cerró las contraventanas. Al rato volvió con el termómetro.
-Póntelo.
Lo colocó en un sobaco.
-¿Tienes frío aún?
-Sí.
Tiritaba.
Voy a prepararte un té caliente.
La madre salió. A los cinco minutos entró a por el termómetro.
-¿Cuánto tengo?
-Nada, no mucho. No te preocupes.
Antes de que le trajese el té se había dormido. Su madre volvió con la taza a la cocina sin despertarle.
RAMÓN NIETO, Los desterrados.

 

 Explica con tus palabras el contenido de este diálogo.

A esto dijo la duquesa:
-Sancho, amigo, mirad lo que decís que, a lo que parece, vos no vistes la Tierra, sino a los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra os pareció como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un hombre solo habría de cubrir toda la tierra.
-Así es verdad- respondió Sancho-; pero, con todo eso, la descubrí por un ladito y la vi toda.
-Mirad Sancho- dijo la duquesa- que por un ladito no ve el todo de lo que se mira.
-Yo no sé esas miradas –replicó Sancho-; sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que pues volábamos por encantamiento, por encantamiento podía yo ver la Tierra y todos los hombres por doquiera que los miraba; (…)
MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha.

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