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El artefacto

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El artefacto

El artefacto

 

Estaba jugando al fútbol con mi mejor amigo Pau. Pau me pasó el balón y yo chuté tan fuerte que lo envié al bosque que hay cerca de mi casa. ¡Menudo fastidio! Ahora nos costaría encontrarlo en medio de la maleza…  pero si nos dábamos prisa, tal vez… lográsemos cazarlo pronto, que el balón volviese resignado a nuestros pies. Adiós a su aventura. En realidad lo estábamos protegiendo: cualquier cristal roto, cualquier piedra con hendiduras o simplemente, la bajada por una pendiente, podría desinflarlo y entonces… adiós balón, ¿acaso el sinvergüenza no lo pensó antes de darse a la fuga con tanta alegría?

En fin, nos resignamos. El bosque era interminable, con esos árboles tan grandes, que parecían haber surgido de un  cuento de hadas, trasgos,  o duendes maldicientes. No obstante, le seguimos los pasos a buen ritmo. Oíamos perfectamente sus alegres botes, y pensamos que estaría divirtiéndose de lo lindo, al hacernos sudar y correr de aquella manera, hasta que nuestro pellejo casi  se desplomase por falta de energía. Afortunadamente los botes se escuchaban cada vez con mayor claridad, casi, ya casi lo habíamos atrapado. Pero entonces… Una luz misteriosa nos corto el paso. Era una luz morada, burlona que salía de una especie de artefacto, que parecía un puchero gigantesco. Me acerqué y lo rocé, pero entonces fue bicho inerte, pareció desperezarse y me lanzó una descarga que por poco me deja tieso. Lo peor fue cuando volví en sí: no veía a mi amigo por ninguna parte, era como si las fauces de la tierra se lo hubiesen tragado.

Entonces se aproximó aquella sombra, una sombra poco amigable que me miraba con su único ojo y fruncía su única ceja. Con su única mano me señalo y comenzó a balbucear en busca de respuestas sobre la condición humana.

Debió el pobre humanoide habérselo pensado mejor. Porque yo  no entendía ni papa; es más, ni aunque las hubiese escuchado, las habría sabido contestar. ¿Qué puede hacer un niño de 12 años frente a esos monstruos de la naturaleza? Finalmente la sombra desapareció, confundiéndome. Iba a echar a correr con la excusa del balón –a mi amigo lo buscaría luego- cuando el miedo se hubiese apaciguado. Pero, claro, no fue necesario. Pau salió de su escondrijo, de la propia nave, sostenía el balón,  me sonrió y supe que me estaba tomando el pelo.  

Jordi, 1º E

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