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El adjetivo.

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Actividades: El adjetivo

 

Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él. Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.  Harry Potter

TEXTO 2

Una vez dentro, entre los tres lograron incorporar a aquel astronauta harapiento y lo tendieron sobre una de las mesas del comedor.

Su aspecto era lamentable. Por su indumentaria tenía toda la facha de ser uno de esos bravos y recios lobos del espacio e los que hablaban los viejos libros de aventuras que tanto le gustaban a Jim. Aquel rostro escamoso y desfigurado mostraba una debilidad extrema, en sus ojos hundidos y suplicantes. Garras en lugar de manos eran los miembros que asomaban por las anchas y raídas bocamangas del viejo uniforme.

El planeta del tesoro. Seve Calleja

TEXTO 3

Lili

Era una niña que se llamaba Libertad, pero que podía haberse llamado Soledad.

Sus ojos eran redondos y poco alegres, su flequillo negro y su melena lacia, su cuerpo tan delgado y pequeño como el de un colibrí, la expresión de su cara que parecía estar siempre preguntando algo triste, hubieran hecho que Soledad fuera un buen nombre para ella. Pero se llamaba Libertad y la llamaban Lili.

En su clase había dos niños que a Lili le gustaban especialmente. Uno era gitano. Se llamaba Héctor y tenía la piel más bonita que Lili había visto nunca: gruesa, tersa, morena y con una especie de luz interior. Héctor era muy alegre y tenía una pequeña cicatriz en el labio superior y una sonrisa preciosa. Estaba muy orgulloso de su raza y se sabía todas las canciones de un cantante que se llamaba Camarón de la isa.

La otra niña que le gustaba era Pepa. Era gorda sin complejos, muy simpática y alegre, con ojos redondos y tenía el pelo muy rizado y rozo, como el sol poniente.

Gonzalo Moure: Lili, libertad.

TEXTO 4

El unicornio despertó sobresaltado, sudoroso, igual que los bebés regordetes de piel rosada, que tras un profundo período de descanso, dejan sus babas blanquecinas sobre el rostro de la amada madre. Su blanco y suave pelo estaba húmedo, olía a inocencia. El gran sol picaba su piel purificada por el agua. Notó un leve aguijoneo. Una llamada tranquila pero insistente que reclamaba que abandonase su mundo fantasioso. Abrió, tímido, los ojos y miro hacia el sol. Allí estaba él. Era majestuoso y arrogante, un emperador que lucía una capa multicolor llena de tonalidades. El era el verdadero gran señor de la luz y le estaba mirando a él que se sentía en esos momentos insignificante.

El último gran unicornio. Clara Tahoces.

TEXTO 5

 

Se trataba de un chaval delgado, bueno, más que delgado, fibroso, con el pelo muy rubio, casi albino, y burdos tatuajes en ambos antebrazos, como Beckham; otro rasgo característico era el paleto que perdió en el transcurso de una pelea y una fea cicatriz en el abdomen por causa de un navajazo que casi se lo lleva al otro barrio. Aunque no había cumplido los dieciocho (le faltaban dos meses), ni tenía carné de conducir, ya poesía un precioso utilitario que había comprado a un colega suyo que se dedicaba a robar coches, para cambiarles el número de bastidor y las matriculas, y así poder venderlos en el mercado negro. El bólido iba dotado con lo último en tunning, llevaba lunas tintadas, asientos de competición, llantas metálicas de aleación ligera y volante de rally forrado en cuero...

El diablo en los talones, José Pellon

TEXTO 6

Ondina del Fondo del Lago habitaba desde hacía cuatrocientos treinta años en el más bello lugar del Lago de las Desapariciones. Ondina era de una belleza extraordinaria: suavísimos cabellos color alga que le llegaban hasta la cintura, ojos largos y cambiantes como la luz, que iban del más suave oro al verde oscuro, y piel blanco-azulada. Sus brazos ondeaban lentamente entre las profundas raíces de las plantas, y sus piernas se movían como las aletas de una carpa. Una sonrisa fija y brillante, que iba del nacarado de la concha al rosa líquido del amanecer, flotaba entre sus labios. Cualquier humano hubiera sentido una gran fascinación al contemplarla en todos sus pormenores a excepción hecha de las orejas, que, como todas las de su especie eran largas y puntiagudas en extremo, aunque de un tierno color, entre sonrosado y oro. Ana María Matute Olvidado rey Gudú

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Comentarios El adjetivo.

Interesante amiga.

Besos.

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