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El doctor Jekyll y Mr. Hide

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La dualidad entre el bien y el mal. 

 

Taller de Lengua Castellana. 2º ESO 

El doctor Jekyll y Mr. Hyde.


El doctor Jekyll celebraba su fiesta de cumpleaños, rodeado de sus amigos íntimos, el doctor Hatle Lanyon y su esposa y el abogado Gabriel John Utterson. A pesar de sus ideas, a veces extravagantes, el doctor Harry Jecyll, un caballero respetable de noble familia y gran fortuna, era muy apreciado por sus amigos. Su espíritu inquieto y curioso le llevaba a elaborar las más atrevidas teorías. Ahora el doctor Jeckyll estaba especialmente preocupado por explicar el enigma de las dos naturalezas que, según él, residen en todo ser humano: su lado bueno y su lado malo que, según el doctor, se hallaban en eterna lucha.


-Mis queridos amigos, el bien y el mal conviven en todos nosotros. Y yo estoy dispuesto a demostrarlo. Más aún, me propongo demostrar que podemos separar nuestras dos naturalezas y hacer que el bien doblegue al mal. ¿Por qué dejar que las dos sigan coexistiendo en nuestro interior si es posible eliminar una de ellas?- decía con pasión el doctor a sus invitados.


-Mi querido amigo –protestaba con igual vehemencia el doctor Lanyon-. No sabes lo que dices. ¿Separar nuestro lado bueno de nuestro lado malo? ¿Darles forma separada a nuestras dos naturalezas? ¡Estás loco! Eso no se logrará jamás.


-Como médico deberías saber, mi querido doctor Lanyon, que existen drogas capaces de lograr milagros en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Y creo que yo he encontrado una droga capaz de conseguir lo que me propongo.


El doctor Lanyon movía la cabeza en enérgica negativa, mientras el abogado Utterson miraba preocupado a su amigo.


El doctor Layón tomó a su esposa del brazo y dignamente abandonó el salón del doctor Jekill. El abogado Utterson permaneció unos segundos más pero viendo que Jeckill parecía ausente, como si su mente estuviera en otra parte, le deseó a su vez las buenas noches y salió dejándolo solo.


Co una sonrisa de alivio, Jekyll se dirigió a las habitaciones de la casa en que había instalado su laboratorio. Siempre lo había visitado con asiduidad, atraído por los misterios que la ciencia era capaz de revelarle, pero últimamente apenas si salía de él salvo para comer, dormir y asistir a los imprescindibles actos sociales. Sus esfuerzos estaban a punto de dar el resultado deseado. Jekyll había descubierto la fórmula que, según él, podría separar sus dos naturalezas y hacer que se impusiera una de ellas.

Hasta ahora, opinaba Jekyll, su apariencia exterior era la manifestación de su lado bueno, pero quizá… Eso es, había llegado el momento de demostrar al doctor Lanyon y a todo el mundo que en él, como en todos los hombres, existía un lado secreto, inconfesable, al que también correspondía una apariencia externa.


Jekyll se acercó a la mesa en que probetas y matracas, llenos de líquidos de diferentes colores, esperaban su intervención. Todo estaba listo. Sólo faltaba añadir el último ingrediente, una poderosa droga que acababa de conseguir, y comprobar en la práctica su teoría.

Llegada la hora de la verdad, Jekyll vacilaba. Sabía perfectamente que se jugaba la vida, que una droga tan poderosa, utilizada en una dosis equivocada, podría ser mortal. Pero la tentación de un descubrimiento tan apasionante y singular pudo más que sus temores. Las palabras despectivas y amenazadoras del doctor Lanyon actuaban sobre él como una incitación. 

Lo haría, claro que lo haría. Demostraría al mundo que no somos uno, sino dos, y que ese otro que existe en el fondo de todos los seres humanos puede salir a la luz y hacerse visible y actuar. ¡Lo haría!


La casa estaba silenciosa. El servicio dormía. Jekyll estaba solo como en las últimas noches. Pero esta vez era una ocasión especial. La poción hervía y humeaba en el recipiente; Jekyll la miraba, fascinado. Nunca en su vida se había encontrado ante una decisión tan difícil como la que iba a tomar. Aún estaba a tiempo de como la que iba a tomar. Aún estaba a tiempo de abandonar el experimento y olvidar sus ideas. ¿Serían tan locas como sus amigos afirmaban? ¿Y tan peligrosas como aseguraba el doctor Lanyon? Entonces, ¿por qué arriesgarse? No, le faltaba nada, llevaba una vida grata y confortable, ¿no sería mejor dejar que todo siguiera igual?


Jekyll sacudió enérgicamente los hombros, como si quisiera apartar un peso molesto, asió con fuerza el recipiente y lo acercó a sus labios.


Nada más beber la poción, el doctor Jeckyll sintió una sensación de fuego que le quemaba las entrañas, que parecía desgarrar sus huesos y romper sus carnes. Se llevó la mano a la garganta porque sentía como si se ahogara, lanzó un terrible grito y cayó al suelo sin sentido.


Poco a poco sus angustias empezaron a desaparecer y se recuperó como si volviera de la muerte. Experimentaba un extraño cambio, se sentía diferente, no sabía aún cómo, pero diferente. Con dificultad se puso en pie; le parecía que sus piernas no eran las de antes y que soportaban con esfuerzo un cuerpo más pesado que de costumbre.

Anduvo vacilante hacia un espejo y la imagen que vio reflejada en él lo llenó de espanto, aunque en cierto modo la esperaba. Todos los rasgos del doctor JeKyll habían desaparecido y en su lugar, desde el espejo, le contemplaba un rostro horrible, deforme y malvado: la expresión misma del mal. También su cuerpo era diferente, las ropas colgaban, hechas jirones, de unos hombros anchos, de unas espaldas encorvadas. Las manos parecían más garras que otra cosa, y se balanceaban sin parar a ambos lados del cuerpo, como deseando entrar en acción. Con horror, el doctor Jekyll se dio cuenta de que también por dentro había cambiado, aunque sin dejar de ser él mismo. Todo rastro de pensamiento puro, honrado o caritativo había desaparecido de su espíritu, que sólo albergaba deseos de hacer el mal, odio y crueldad.


-Debo darte un nombre- dijo el doctor Jekyll a su nueva imagen-. Tú no puedes llamarte Harry Jekyll, serás Hyde. Edward Hyde. ¡Bienvenido al mudo, señor Hyde!


Dicho esto, y horrorizado ante la imagen que, sin embargo, reconocía como suya, corrió hacia la mesa donde había dejado la poción, bebió un trago y tras una nueva angustia volvió a ser el doctor Jekyll.


Así nació a la vida el señor Hyde.


Y pronto demostró que su intención no era mantenerse oculto en el laboratorio del doctor Jekyll.


Una noche el monstruo horrible que era el señor Hyde salió de casa del doctor Jekyll por una vieja puerta medio escondida que daba a una oscura calle de Londres. Avanzó en la oscuridad; sus pasos le dirigieron al puente de Londres, donde coincidió con un viejo caballero que se retiraba con pasos apresurados a su casa. Hyde se aceró al transeúnte, como si pretendiera preguntarle algo y cuando estuvo a su lado, sin mediar palabra, enarboló su bastón y empezó a descargar golpes, terribles, cargados de fuerza y de odio, contra el pobre hombre indefenso. El anciano cayó al suelo y allí siguió golpeándole el asesino sin piedad, hasta que su cuerpo dejó de moverse y sus labios de gritar pidiendo ayuda.


El vendedor de periódicos pregonaba el crimen bajo la ventana de la casa del doctor Jekyll.


-¡Extra, extra! Brutal asesinato de un caballero en el puente de Londres. La policía busca al asesino.


Jekyll estaba consternado. Su experimento había tenido un objetivo noble. Pretendía, como había confesado al doctor Lanyon, liberar su lado malo para eliminar la maldad e su comportamiento. Y ¿qué sucedía ahora? Sucedía que su lado malo, el señor Hyde, adquiría cada vez más fuerza y no podía controlarlo. Había hecho lo que Jekyll nunca hubiera imaginado, matar, matar de la forma más cruel y más caprichosa.


En aquel momento terrible, el doctor Jekyll se prometió solemnemente que nunca jamás volviera a tomar el brebaje, que nunca jamás permitiría aparecer al señor Hyde.
¡Pobre Jekyll! Qué poco conocía la fuerza del mal. Hyde no iba a dejarle en paz tan fácilmente. Y así, anda más anochecer, una fuerza incontrolable en su interior le impulsó a levantarse del sillón donde había estado sentado todo el día, le hizo aproximarse a la mesa del laboratorio y le obligó a tomar de nuevo la poción transformadora.


Se sumió en el mismo abismo horrible de siempre; la cabeza le daba vueltas y su mente se desgarraba, pero esta vez Jekyll no desapareció al surgir Hyde porque este no se lo permitió.


-Jekyll, ¿me escuchas?- preguntó.


-Sí, te escucho, Hyde- respondió con un hilo de voz el doctor.


-Pues oye bien lo que voy a decirte. Debes hacer testamento, un testamento a mi favor. En caso de muerte o de desaparición… no lo olvides, también de desaparición… dejarás tus bienes a tu amigo Edward Hyde. ¿Has comprendido bien? Ahora siéntate y escribe tu testamento. Después hazlo llegar al señor Utterson.


El doctor jekyll dormía con la cara apoyada en la mesa de su despacho, donde había pasado la noche. La doncella, Annie, entró a ordenar la habitación, y miró con lástima a su señor. Todos los miembros del servicio estaban preocupados por el señor Jekyll, siempre tan bondadoso, y justo con ellos. Y habían asistido con preocupación a los últimos cambios. El doctor Jekyll estaba cada vez más triste y deprimido.


-¡Pobre doctor!- dijo Annie, mientras movía el plumero sobre los muebles-. Trabaja demasiado.


Jekyll seguía recostado sobre la mesa. Sus hombros se levantaban intermitentemente, agitado por Dios sabe qué sobresaltos.


Annie se sobresaltó. No había hecho nada. El plumero había movido un objeto situado encima de la mesa, que había caído sobre un saquito de polvos rojos. Un poco de polvo había salpicado el suelo. ¡Solo eso! El doctor Jekyll parecía haber perdido la razón por un asunto insignificante. Dio un salto hacia Annie, la zarandeó sin ningún miramiento, ordenándole que nunca más volviera a entrar en su despacho.


-De acuerdo, señor, comprendido. Nunca más volveré a limpiar el laboratorio. No entraré aquí sin su permiso. Comprendido, señor.


-Muy bien. Ahora dile a Poole que reúna al servicio. Quiero hablar con todos.


Instantes más tarde en el salón de la residencia, el doctor Jekyll se dirigía en un tono grave a su mayordomo Poole, a su ayuda de cámara, a la cocinera y a la doncella Annie.


-A partir de este momento no quiero que nadie entre en mi despacho sin mi consentimiento. Yo mismo supervisaré su limpieza. Aún hay otro asunto del que deseo hablarles. Un amigo mío, un colaborador llamado Edward Hyde puede venir a visitarme. Si yo no estoy presente quiero que se facilite la entrada en la casa y se le trate con toda cortesía. Más aún: le he entregado una llave de la casa para que pueda moverse con entera libertad. ¿Comprendido?


-Comprendido, señor Jekyll- respondió el mayordomo, mientras los demás corroboraban las palabras con gestos afirmativos.


-Gracias a todos, pueden retirarse. Usted no, señor Poole- añadió Jekyll sacando un sobre de su bolsillo-. Quiero que vaya a casa del abogado Utterson y le entregue esta carta en propia mano. Asegúrese de que la recibe. Es importante.


Poole salió a cumplir sus órdenes, dejando a Jekyll solo. El doctor se sentó en un sillón con aire abatido y ocultó la cara entre sus manos.


-¿Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho?- sollozaba.


Mientras, en la cocina, los criados hablaban excitados. Las órdenes del señor les habían llenado de confusión. ¿Cómo había podido confiar las llaves de su casa a alguien de quien nunca habían oído hablar? ¿Cómo podía permitir que otra persona hurgara sus cosas en su ausencia? ¿Y por qué no les permitía a ellos entrar en su laboratorio?


-¡Qué el señor se compadezca del pobre doctor Jekyll!- exclamó la cocinera levantando las manos al cielo-. Creo que ha perdido la cabeza.


El abogado Uttersón leyó y releyó el testamento. Era la letra de Jekyll, de eso no cabía duda. Su contenido llenó al sensato abogado primero de sorpresa y después de indignación. El abogado apreciaba por encima de todo la sensatez y la normalidad y aquello era lo más insensato y anómalo que había visto en su vida. Edward Hyde, un extraño, un desconocido, debía entrar inmediatamente a disfrutar la fortuna del doctor Jekyll en caso de muerte o desaparición. ¿Desaparición? Nunca en su vida un abogado había visto un testamento en el que se mencionara su aspecto. 

-Creo que este desgraciado asunto merece una conversación con el doctor Lanyon. Iré a verlo ahora mismo.


El abogado se puso un gabán y se encaminó hacia la plaza Cavendish, donde el doctor tenía su casa y recibía a su numerosa clientela.


El solemne mayordomo lo reconoció y le dio la bienvenida; no le hicieron esperar, pasó directamente al despacho donde su amigo acababa de despedir a uno de sus ilustres pacientes. Utterson decidió ir inmediatamente al grano.


-Supongo, Lanyon, que tú y yo debemos de ser los dos amigos más viejos que tiene en este momento el doctor Jekyll.


-Desearía que los amigos fueran más jóvenes- rió el doctor Lanyon-. Pero supongo que así es. ¿Por qué lo dices? Últimamente lo veo muy poco.


-¿De verdad?- dijo Utterson-. Creí que teníais intereses comunes.


-Los teníamos- fue la respuesta-. Pero hace meses que Jekyll se ha vuelto demasiado extravagante para mi gusto. Algo empezó a marchar mal en su mente y dejamos de vernos. Aunque sigo contándome entre sus amigos para todo lo que necesite. ¿Por qué me lo preguntas?


-¿Has oído hablar alguna vez de un tal señor Hyde?


-Jamás. Es la primera vez que oigo ese nombre.


-Sin embargo, parece que el señor Jekyll siente un gran aprecio por ese personaje… En fin, pensé que tú, su amigo y colega, lo conocerías.


-Lo siento, Utterson. No puedo ayudarte.


Esta fue la información que el abogado Utterson consiguió en casa del doctor Lanyon. Aquella noche, mientras el abogado intentaba inútilmente conciliar el sueño, la vieja puerta oculta del laboratorio de Jekyll se abrió y horrible figura de Hyde empezó a caminar por las calles oscuras, sin rumbo. De repente, una joven se cruzó en su camino. Andaba deprisa, como si las sombras le dieran miedo. Hyde se detuvo al verla, sonrió malignamente, como sólo él podía hacerlo, y se ocultó tras una esquina. En la mano apretaba con furia y odio el bastón del doctor Jekyll. Ignorando la suerte le esperaba, la joven avanzó hacia él.


Los periódicos de la mañana recogieron la noticia del nuevo crimen.


Algunos aseguraban haber visto al asesino y lo describían como un ser horrible, más parecido a un demonio que a un verdadero ser humano. Y lo pero era que…, cometidos los crímenes, desaparecía sin dejar rastro, como si se lo tragara la tierra.


Todo Londres estaba aterrorizado con el asesino fantasma y la policía no sabía por dónde empezar sus pesquisas. No era un caso normal. Robo y crimen no iban unidos en esta ocasión.


Una mañana de domingo, al día siguiente del asesinato de la joven, el abogado Utterson paseaba con un pariente lejano, el señor Richard Enfield. Sus pasos les llevaron a una calle tranquila, en un barrio de negocios de Londres. En aquellos momentos se hallaba casi vacía, pero los días laborables registraba una atareada actividad.


Como era natural, los dos amigos comentaban las noticias aparecidas en los periódicos y muy especialmente las relacionadas con el brutal crimen del día anterior, que tenía en vilo a todo Londres.


Las palabras de Enfield habían despertado la curiosidad del abogado Utterson, que lo miraba con gesto impaciente esperando que diera comienzo la historia. También la puerta atraía su atención. Era una puerta de madera, sencilla y estropeada por los años; parecía dar a un patio alrededor del cual se apiñaban numerosas viviendas, algunas humildes, otras más lujosas.


Algo en aquella puerta despertaba el interés del abogado.


<<Esa puerta>>, pensaba, <<esa puerta me recuerda algo. Creo que no es la primera vez que la veo>>.


El señor Enfield comenzó su historia y lo sacó de sus meditaciones.


-Sucedió hace unas semanas. Era de noche y yo volvía a casa. Hacía mucho frío y decidí entrar a tomar algo reconfortante en un establecimiento que aún tenía sus puertas abiertas. Llevaba allí unos minutos cuando la puerta se abrió violentamente y un hombre de aspecto salvaje entró en la sala. Avanzó sin ningún miramiento hacia el mostrador, exigiendo ser servido. Uno de los clientes, un caballero pacífico y educado, trató de reprocharle sus malos modales y aquel hombre, sin decir una sola palabra, le dio un fuerte empujón y lo arrojó al suelo. Otros clientes, yo entre ellos, dimos un paso hacia el recién llegado, con la intención de invitarlo a abandonar el lugar. Por toda respuesta, el sujetó a una de las camareras y sin soltarla lanzó una terrible risotada y de un fuerte empujón arrojó a la joven camarera contra el suelo y echó a correr calle abajo.


Algunos de nosotros lo seguimos con la intención de hacerle pagar su nefasta conducta. Y así llegamos hasta esa puerta que usted ve allí. Antes de que pudiéramos darle alcance, nuestro hombre sacó una llave, abrió esa puerta y desapareció por ella.


-¡Qué horrible historia!- dijo el señor Utterson-. ¿Y dice usted que aquel hombre tenía una llave de esa puerta? ¿ Y no le vieron salir de nuevo?


-Tenía una llave, sí. Y no volvió a salir de la casa, al menos mientras yo monté guardia. Pero pude averiguar su nombre y puedo decírselo a usted si le interesa.


El gesto de Utterson no daba lugar a dudas.


-Pues bien, supe que aquel hombre se llamaba Hyde, Edward Hyde… Parece que ese nombre le dice a usted algo- concluyó Enfield al ver su expresión.


Utterson no respondió. Pensaba en el testamento de su amigo Jekyll. ¿Cómo era posible que Jekyll dejara todos sus bienes a un ser tan despreciable?


El señor Utterson regresó aquel domingo a su casa con aire sombrío, sacó de nuevo el testamento y volvió a leerlo. Terminada su lectura lo guardó de nuevo en su dormitorio, con expresión preocupada.


-Creí que era una locura, pero empiezo a pensar que puede ser una desgracia- se dijo-. Creo que el señor Jekyll necesita mi ayuda. Descubriré quién es ese impostor.


A la mañana siguiente se dirigió a casa del doctor Jekyll con la intención de mantener una conversación. Poole le informó que el señor no estaba en casa.


-¿Ha salido con el señor Hyde?- preguntó.


-No, señor Utterson. El señor y su amigo nunca salen juntos. En realidad nunca los hemos visto juntos. El señor Hyde suele venir por aquí cuando el doctor Jekyll está fuera.


-Bien, Poole. Dígale al señor cuando vuelva que deseo hablarle.


De repente, al doblar la esquina de la manzana en que estaba la casa de su amigo se encontró en la calle de la puerta misteriosa. ¿Así que por eso le parecía conocerla? Era una vieja puerta que a través de un patio daba a la puerta trasera del laboratorio de Jekyll.


-Bien, se dijo Utterson. Me quedaré hasta ver a ese malvado.


Al cabo de unas horas oyó unas pisadas apresuradas. Pronto apareció un hombre fuerte y sencillamente vestido. Decidido a cumplir su misión, salió de las sombras y se acercó al hombre, que se disponía a abrir con llave la puerta.


Meses después ocurrió un crimen de extraordinaria ferocidad que estremeció a todo Londres por la importancia de la víctima, un destacado personaje de la vida política. Los detalles eran escasos y aterradores. La doncella del doctor Jekyll, Annie, lo había presenciado desde la ventana de su cuarto. Mientras miraba hacia la calle, antes de irse a la cama, vio a un caballero de buena presencia, de cabello cano, que caminaba por una callejuela; y, avanzando a su encuentro, otro caballero de fuerte complexión, al que al principio no prestó mucha atención. Los dos caballeros se encontraron justo debajo de la ventana de la joven y entonces a la luz de la farola la doncella reconoció en el hombre fuerte de complexión al señor Hyde, el desagradable amigo de su amo. Al llegar junto al anciano caballero, Hyde lanzó un horrible grito, y comenzó a patalear y a blandir el bastón que llevaba en la mano. El caballero retrocedió. El señor Hyde, como si su gesto le hubiera ofendido, se arrojó contra él, lo derribó a bastonazos contra el suelo y con furia animal comenzó a pisotear a su víctima y a lanzarle una tormenta de golpes bajo los cuales se oían crujir sus huesos y el cuerpo rebotaba sobre la calzada.


Cuando la policía encontró el cuerpo de la víctima, horriblemente desfigurado, el asesino había desaparecido. A su lado descansaba la mitad del bastón con que se había cometido el crimen. Sobre la víctima se encontraron una bolsa de dinero y un reloj de oro, lo que indicaba que el móvil del ataque no había sido el robo.


Los periódicos de la mañana contaron con pelos y detalles el crimen, que esta vez había tenido un testigo presencial, lo que había permitido identificar al asesino. Las primeras páginas de todos los diarios publicaron a toda plana el nombre del asesino.
A la mañana siguiente de este lamentable incidente el abogado Utterson se dirigió a casa del doctor Jekyll. Poole lo acompaño al comedor, donde el doctor se disponía a tomar el almuerzo. Cuando el mayordomo les hubo dejado solos, el abogado se dirigió a su amigo:


-Supongo que habrás oído las últimas noticias.


El doctor se estremeció.


-Sí, he oido al vendedor de periódicos que voceaba la noticia del asesinato.


-Quiero que me digas una cosa, Jekyll. Necesito saber si ese asesino se oculta en tu casa, si le estás dando protección.


Jekyll se estremeció de nuevo. Parecía cansado, estaba pálido y temblaba.


-Utterson, juro por Dios que ese hombre no volverá a poner los pies en mi casa. Te doy mi palabra de honor de que he acabado con él. Todo ha terminado. A decir verdad, él ya no necesita mi ayuda; está a salvo, completamente a salvo. Debes confiar en mí. Jamás volverá a saberse de él.


Al abogado Utterson le preocupaba el tono febril y alterado de su amigo.


-Es más –siguió Jekyll- aquí tengo una carta de Hyde. En ella me dice que dispone de medios necesarios para huir y que no me preocupe por él, que nunca más volverá a molestarme.


Utterson se alegró al oír aquello y pidió permiso para guardar la carta.


¡Ay! El pobre doctor Jekyll se había equivocado en sus promesas a Utterson. Él estaba firmemente decidido a que el señor Hyde desapareciera para siempre, pero no había contado con la fuerza que su lado malo había ido adquiriendo.


Desde la conversación con el abogado pasaron unos días de calma. Jekyll volvió a la vida de siempre, más débil es cierto, más triste también, pero convencido de que la pesadilla había terminado.

Pero su juego había llegado muy lejos y no le fue posible volver atrás. Quizá fuera el abuso de las drogas, pero lo cierto es que un día sucedió lo que nunca hubiera deseado. Paseaba por el parque disfrutando de nuevo con las cosas sencillas de cada día, la suave brisa, los juegos de los niños, cuando sintió una horrible sensación, como si se ahogara.


Buscó un banco entre los árboles y se recostó en él, pensando que sería un malestar pasajero. Al llevarse las manos a sus ojos cansados vio con horror que no eran sus manos, las manos del doctor Jekyll, sino las manos asesinas de Hyde. ¡Se había transformado en el monstruo sin haber bebido el brebaje!


Miró con aprensión a todas partes. ¿Qué podía hacer? Estaba lejos de su casa, su retrato había aparecido en todos los periódicos como el de un asesino, la policía lo buscaba, cualquiera podría reconocerlo.Buscando las calles menos transitadas avanzó a hurtadillas hasta toparse con el letrero de un hotel y buscó refugio. 

Allí escribió una carta al doctor Lanyon. El encargado del hotel la llevó a su casa. La carta explicaba con toda exactitud al asombrado doctor Lanyon lo que debía hacer si no quería ver perdido para siempre a su amigo y compañero, el doctor Jekyll.

<<Lanyon, mi vida, mi razón y mi honor dependen de ti>>, decía la carta. Y añadía: <<Solicito tu ayuda por nuestra vieja amistad y por el bien de la ciencia>>. En la carta se pedía a Lanyon que fuera inmediatamente a casa del doctor Jekyll. Poole lo estaría esperando, pues ya había sido advertido. Debía entrar en su despacho, aunque fuera descerrajándolo, coger el cuarto cajón de la vitrina con todo lo que contenía y volver con él a su consulta. Le rogaba a continuación que recibiera a una persona que se presentaría en su nombre y que le entregase el cajón: <<Hazme este favor, mi querido Lanyon, y habrás salvado a tu amigo Jekyll>>, terminaba la carta.


Aunque su significado se le escapaba, el doctor Lanyon se dispuso a cumplir las órdenes de Jekyll, cuya situación debía ser sin duda desesperada.


Ya en su consulta el doctor Lanyon se dispuso a esperar la visita anunciada por Jekyll. Apenas habían sonado las campanadas de las doce cuando oyó una suave llamada a la puerta. Un hombre con el rostro cubierto por una bufanda esperaba en la puerta:


-¿Viene usted de parte del doctor Jekyll?


El desconocido hizo una señal afirmativa con la cabeza y entró en la casa. Una vez dentro se despojó de la bufanda y el doctor ahogó un grito. ¡Era el señor Hyde, el asesino cuyo retrato aparecía en todos los periódicos!


-¡Eres… eres Hyde! –gritó- ¿Qué haces en mi casa? ¿Quién te ha enviado?


-Lo sabe usted muy bien, doctor Lanyon. Vengo de parte de su amigo Jekyll.


Hide parecía complacido ante el asombro y la repugnancia que se dibujaban en la cara del doctor. Después su vista se posó en el cajón y respiró aliviado. con movimientos bruscos y apresurados echo polvos en un recipiente lleno de un líquido oscuro. El líquido adquirió inmediatamente un color rojizo y empezó a burbujear y echar humo. Hyde lo contempló con gesto de aprobación.


-Ahora, doctor Lanyon, va a ver usted algo que le dejará asombrado y le enseñará a confiar en los poderes de la ciencia. Observe y no olvide que lo que aquí va a ver pertenece al secreto de la profesión.


Hyde se llevó el recipiente a los labios y apuró su contenido. Siguió un grito, se tambaleó, se convulsionó, se aferró a la mesa, sus facciones parecieron diluirse, alterarse. Lanyon asistía al espectáculo horrorizado y gritó al ver que quien lo contemplaba desde el suelo ¡era Harry Jekyll!


-¡No me hables del doctor Jekyll!-gritó Lanyon, con una energía inesperada-. No quiero volver a ver ni oír hablar de Jekyll. He terminado por completo con esa persona y te ruego que ahorres toda alusión a alguien a quien considero muerto.


-Vaya, vaya- se asombró Utterson; y luego, tras una larga pausa-:¿Puedo hacer algo yo? Somos tres viejos amigos y nunca volveremos a encontrar otros mejores.


-No puedes hacer nada- replicó Lanyon-. Habla con él.


-No me recibe- respondió el abogado.


-Eso es algo que no me sorprende- fue la respuesta del enfermo-. Algún día, Utterson, después de que yo haya muerto, quizá llegues a conocer toda la verdad de este enrevesado asunto. Yo no puedo decírtelo. Y ahora, si puedes quedarte a hablar conmigo de otras cosas , por el amor de Dios, quédate y hazlo. Pero si no puedes dejar de lado este maldito asunto, entonces vete, porque yo no puedo soportarlo.


Utterson permaneció un rato más con el doctor Lanyon hablando de cosas insignificantes. Cuando un rato más tarde se despidió de él, no sabía que aquella era la última vez que lo vería vivo.


Pasaron los días. Una noche, el señor Utterson estaba sentado junto al fuego de la chimenea cuando se vio sorprendido por la visita de Poole. El fiel sirviente de Jekyll estaba pálido como la cera, y su rostro denotaba una gran inquietud.


-Cielo santo, Poole, ¿qué te trae por aquí? ¿Está enfermo el señor?


-No lo sé, señor, pero algo va mal. El señor ha vuelto a encerrarse en su laboratorio. No sale ni para comer ni para dormir. Y cuando le preguntamos a través de la puerta si todo va bien, responde con una voz horrible que no parece la suya. Estos últimos días me ha vuelto loco pasándome notas a través de la puerta en las que me pide que vaya a todos los laboratorios de Londres en busca de drogas. Y nada parece servirle porque jura y maldice allí dentro. Y esos gritos, señor Utterson, esos gritos… Pero lo más grave, señor, es que pienso que el que está allí encerrado no es el doctor Jekyll, que alguien le ha suplantado, que quizá haya sido asesinado.


-Lo acompañaré, Poole, yo también quiero saber qué sucede.


El abogado Utterson se acercó a la puerta del laboratorio. Dentro se oían pasos. No eran los pasos ligeros y rápidos del doctor Jekyll, sino un andar vacilante, brusco y pesado. Utterson y Poole se miraron y ambos dijeron al tiempo.


-Debemos entre ahí.


-Ya lo había pensado, señor- añadió Poole-. Tengo un hacha preparada para derribar la puerta.


-Jekyll- gritó Utterson- deseo verte. Si no es por las buenas, entraré por las malas.


-Utterson- respondió la voz-. ¡Por el amor de Dios, ten piedad!


Un grito de desesperación, como de puro terror animal, acompañó estas palabras.


-¡Ah! Esa no es la voz de Jekyll, es la voz de Hyde –gritó Utterson-. ¡Abajo la puerta, Poole!


Medio caído sobre la mesa estaba, en efecto, el señor Hyde. En su rostro se dibujaba una última mueca de dolor. Acababa de morir. A su lado, en la mesa, se alineaban recipientes llenos de líquidos de diferente color, sin duda las drogas que Poole había buscado por todas las farmacias de Londres. En la mano sujetaba un recipiente vacío.


-Hemos llegado demasiado tarde- dijo el abogado Utterson- tanto para salvarle como para castigarle. Pero hay aquí un misterio que no acabo de comprender…
-Mire, señor, aquí entre los papeles del doctor Jekyll hay una carta para usted.
El abogado Utterson desplegó el papel y comenzó a leerlo.


-Increíble, Poole, el doctor Jekyll me deja toda su fortuna… No comprendo… esta carta ha estado todo ese tiempo al alcance de Hyde y no la ha destruido… Me pregunto por qué…


Durante las horas siguientes, el abogado Utterson se encerró en el despacho para leer los papeles del doctor Jekyll.


La primera nota decía:


<<Mi querido Utterson: cuando esta carta caiga en tus manos yo habré desaparecido; aún no sé cómo sucederá, pero sé que el final es seguro y no tardará mucho en presentarse. Antes de llegar a ninguna conclusión sobre mí lee mi diario, donde encontrarás una confesión completa de tu indigno y desdichado amigo.
Harry Jekyll.>>


Con lágrimas en los ojos, Utterson se entregó a la lectura del diario.


Allí estaba todo explicado, paso a paso. La curiosidad científica del doctor Jecyll, su afán por saber que le llevó a penetrar en misterios en los que nunca nadie se había aventurado, sus experimentos, las drogas, sus transformaciones, la aparición de Hyde.

Jekyll explicaba con detalle y repugnancia sus crímenes, la fuerza cada vez mayor que iba adquiriendo Hyde y su incapacidad para controlarlo. Hasta llegar al final, en que Hyde, su lado malo, se empeñó en someterse y la voluntad de Jekyll. Y la angustia del doctor cuando se acabaron los polvos que había utilizado en sus experimentos y los que pudo hallar en el mercado resultaron de peor calidad y, por tanto, inservibles.


<<Terminó esta declaración bajo los efectos del último resto de los viejos polvos. Si no media un milagro, ésta es la última vez que Harry Jekyll puede tener sus propios pensamientos y ver su propio rostro en el espejo… ¿Y cuál será mi destino? ¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿Hallará el modo de salvarse en el último momento? Solo Dios lo sabe; a mí no me importa; ésta es mi auténtica hora de muerte y lo que venga después concierne a alguien que no soy yo. Ahora, en el momento de dejar la pluma y firmar mi confesión, pongo fin a la vida de este desdichado Harry Jekyll.>>


El abogado Utterson cerró el diario.
A la mañana siguiente los periódicos publicaron la muerte repentina del señor Hyde y la desaparición del famoso doctor Jekyll. Poole y el resto de los fieles miembros del servicio del doctor Jekyll acompañaron los restos del señor Hyde al cementerio. Su adiós estuvo bañado por las lágrimas pues sabían que bajo aquella lápida sin nombre descansaban los restos de Harry Jekyll.

1. Busca el significado de todas las palabras subrayadas en el texto. Define a qué categoría gramatical pertenece y añade un sinónimo y un antónimo. 

2. Resume el contenido de la historia, atendiendo a sus momentos más significativos e importantes. 

3. Divide el texto en introducción, nudo y desenlace. 

4. Describe la naturaleza de los personajes principales. 

5. ¿Con qué intención se toma el doctro la pócima? 

6. ¿Cuál es la opinión que merece su actitud entre sus amigos? 

7. El personaje de Hyde es el antagonista. Justifica esta afirmación. 

8. ¿Qué tipo de narrador aparece? Justifícalo con ejemplos del texto. 

9. ¿Cómo son los personajes secundarios y como se comportan? 

10. Busca información sobre el autor de esta historia y elabora una pequeña biografía. 

12. La dualidad bien-mal forma parte de la naturaleza de otros personajes. Pon ejemplos. 

13. Inventa un final diferente de la historia. 

14. ¿Serías capaz de inventar una historia al revés dónde es el personaje malvado el que se toma la pócima? ¿Con qué intención lo haría? Razona tu respuesta. 

 

 

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