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¡Dichoso fantasma de la ignorancia!

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Lo sé

Lo sé. ¡El fantasma de la ignorancia se ha acomodado en nuestras aulas! Lo ha hecho deliberadamente, con alevosía y premeditación. Recorre cada mañana las aulas de nuestros institutos, acrecienta nuestro desconcierto, sin sentir un ápice de remordimiento. Al principio, los profesores protestamos con pancartas alusivas a nuestro cometido, pretendíamos enseñarle modales de conducta, que se sintiese amedrentado y se marchase. No obstante, poco a poco, nos habíamos habituando a su presencia y, como últimamente no molestaba, opté por dejarlo en paz, ni siquiera me molesté en echarlo de mi aula. Total,
¿para qué?. No valía la pena que alzase la voz, era preferible no irritarlo, abandoné el hacha de guerra debajo de la mesa invitándolo a escuchar mi discurso en silencio. Así que el intruso se quedó en mi clase.

Los alumnos pasmados han asistido a la disputa con cierto aire de autosuficiencia. Para ellos es gratificante que el profesor agache la cabeza y se bata en retirada, eso demuestra cuán frágil es. Ese es el perfil con el que se sienten más identificados. No molesten. Esa es la pancarta que preside la clase. No repliquen. Los alumnos, colocados en hileras de dos en dos, se adormecen, mientras el profesor presume de erudición. Hileras de ojos aguantan y lo único que se escucha en el corredor es su respiración. Es sólo la respiración lo que nos acredita que están vivos. Ni siquiera preguntan ya, tampoco muestran su madurez con cinismo o rebeldía, han acordado no protestar unánimemente, han aceptado el pacto pese a que es evidente que no conocen cuáles son sus condiciones ni tampoco que repercusiones pueden tener a largo plazo.

Sin embargo, el otro día la visión repentina de una tarima plagada de libros despertó su curiosidad. Libros grandotes, con tapas duras y letras inmensas amontados en la mesa. Los alumnos se levantaban y cogían los libros según sus gustos hasta que la mesa quedó vacía.
Los libros habían desaparecido. Los alumnos comentaban entre ellos. Abrían los libros y leían con curiosidad. Comentaban los títulos. Empezaron a preguntarme sobre su contenido, indicando cuáles eran sus preferencias. A manotazos echaron al fantasma.

Entonces descubrí donde radicaba el verdadero problema. El verdadero problema era que habíamos olvidado cómo debíamos motivar a los alumnos. Ellos no tenían adquirido el hábito lector, quizás porque “no tenían ni idea de a dónde les conduciría su fantasía”. Sentí entonces remordimientos. No debería haberle dejado entrar en mi clase.

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