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El día de la Bestia.

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Taller de literatura. Texto realizado por mis alumnos 
La isla de la bestia

Os contaré la historia que siempre os he querido contar, mis queridos lectores, una historia que se remonta a aquellas vacaciones, cuando todavía era un crío y me ganaba la vida, trabajando como grumete en los barcos.


Diario de a bordo:
Hace mucho tiempo que no vemos tierra. Tanto yo, como el capitán de la tripulación o el resto de mis compadres estamos preocupados. Ni siquiera un triste islote, ni un mísero promontorio desde donde observar las tormentas.


Hace mucho tiempo que no veía al capitán tan preocupado. Sólo sale de su camarote para contemplar los atardeceres o para vislumbrar el nacimiento de la mañana. Hace tiempo que hemos dejado de seguir un rumbo fijo y tenemos la sensación de ir navegando en círculos, como si un tifón se hubiese colgado a las velas y nos zarandease de un lado a otro. Esperamos alguna señal, que amaine el temporal, que se despejen las incógnitas o e lo contrario, empezaremos a menguar, se desvariará nuestra capacidad de discernir, al igual que han menguado los víveres que hace mucho que escasean. Ojala nazca un nuevo día, ojala la llegada del alba, venga acompañada de bonanza.

William Brak Perci.


Al día siguiente el general se levantó pensando que todo iba a ser mejor y milagrosamente así fue. El marinero miró a estribor y descubrió una gran isla, con selvas profundas en medio de una montaña que parecía una gigantesca Babel. El barco viró en aquella dirección rumbo a la isla… nadie pensó que estábamos en medio de un océano caprichoso, en la posibilidad de que la isla fuera peligrosa.


Lo sorprendente del nuevo territorio fue el ambiente de desolación y exterminio que encontramos. Todos los indígenas habían muerto. No tenían síntomas de enfermedad ni tampoco sus rostros mostraban huellas de haber sido expoliados o atacados; la única pista era la estrella de cinco puntas que tenían en la frente.


Como de costumbre únicamente habíamos bajado los suboficiales, un explorador y yo. Volvimos al barco con algunas provisiones de las pocas que habíamos podido encontrar; nadie quería hablar, pero en nuestros rostros se dibujaba el horror: lo que habíamos visto sólo había podido ser obra de Satán. Se lo dijimos al capitán, pero no al resto de la tripulación; no queríamos que se alarmasen, el pánico en alta mar puede provocar locura, incluso ser la causa de un motín que podría haber sembrado la desgracia.


Dos días más tarde, encontramos otra isla; esta vez el descubrimiento se había dado en apenas un lapsus temporal y todos sentimos el gusanillo de la esperanza. En esta ocasión no pudimos contener a los hombres, por lo que todos desembarcamos. Yo y el explorador fuimos a echar un vistazo. Poco tiempo después vimos a aquel ser extraño, que se movía sigilosamente y decidimos seguirlo, no sin antes volver a por refuerzos.


Acampamos en medio del bosque y… cuando la noche ya estaba negra como la boca de un lobo, lo vimos correr. Lo seguimos y para nuestra sorpresa nos dimos cuenta de que llevaba en la frente la misma estrella de cinco puntas que llevaban los indígenas. Llevábamos antorchas y por eso pudimos ver cómo se transformaba: como esa cosa adquiría una consistencia viscosa y como le crecían antenas. Tenía tres ojos, una boca pequeña y carecía de nariz. No tenía pies sino tentáculos. De repente nos dimos cuenta de que sollozaba, era un sollozo tan desconsolado que nos quedamos mudos, sin saber qué hacer o decir. Lo peor fue que de pronto el ser parecía haber desaparecido y nadie sabía qué dirección había tomado… hasta que nos dimos cuenta de que estaba detrás de nosotros, era el mismo ser pero ¡tres veces más grande! Lo único que lo diferenciaba – y por eso supimos que nos habíamos equivocado- era que uno de sus brazos se había transformado en una especie de proyectil que lanzaba unos cañonazos que expulsaban una especie de balas.


No pudimos vencerle. De hecho yo fui el único que escapé con un mensajero. Ambos corrimos con todas nuestras fuerzas, porque sabíamos que un solo titubeo podía rajar nuestros pellejos, transformándonos en idénticas momias a las que habíamos visto y ninguno de los dos estaba dispuesto a dejarse morir. Por fin encontramos una especie de poblado y les entregamos una carta. Los que creyeron nuestra versión, nos siguieron. Yo mismo les señale la ensenada donde nos había atacado la bestia. Pero, si mis palabras no eran lo suficiente elocuentes, allí estaba otra vez. Parecía haber salido de las entrañas de la tierra, como si ella misma lo hubiese regurgitado, de la misma manera que Cronos había vomitado a sus hijos. Nos atacó de nuevo, pero en esta ocasión supimos cómo vencerle. Le clavamos 10 lanzas, lo atacamos entre todos, asestándole tantos mandobles, que logramos vencerlo.


La bestia cayó rendida, eso fue al menos lo que ha quedado escrito en los anales de nuestra historia y ese fue el único tema de conversación que nos mantuvo despiertos durante el banquete. Enterramos el cuerpo en el mismo lugar donde había surgido por primera vez, después de colgar su cabeza cerca del campamento, para preservarlo de posibles ataques. De este modo fue cómo capturamos a la bestia, a la que bautizamos como el Kraket. A partir de aquel día nuestra suerte cambió para el resto de nuestras vidas.
Así es como cuento la leyenda del viejo Trequet a mis nietos y así es como logro que la leyenda perviva. Yo con mis setenta y nueve años he vivido lo suficiente para contarlo; espero que esta leyenda no sea olvidada y que nadie sea tan estúpido como para volver a comprobar si es cierta. Sería una locura volver allí: nunca se sabe si el chasquido de una rama puede despertar a la bestia.

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