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Dándose un garbeo por el Vedat

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Dándose un garbeo por el Vedat

Ciertamente la vida es un camino oscuro, al que sólo ilumina la experiencia. He aprendido que por muy emocionantes que hayan sido algunas experiencias, si las contamos, estas pierden la magia o chocan con la barrera de la incomprensión.

Aquella noche mis amigos y yo habíamos quedado para dar una vuelta por el Vedat. Al llegar allí, descubrimos una luz verde iridiscente que parecía moverse a una velocidad de vértigo.  Pronto descubrimos el motivo, aunque no podíamos creérnoslo: ante nosotros se hallaba un extraterrestre. La frialdad de su cara, contrastaba con sus ojos gigantes, que parecían agujeros negros. También su boca, ligeramente torcida, era más grande de lo normal, le llegaba casi hasta la oreja. El hombrecillo, apenas metro y medio, la movía como si mascase chicle; descubrimos entonces que lo que le ocurría era que estaba tan asustado como nosotros, de hecho extendió las manos, como si pretendería crear una burbuja que lo protegiera de nosotros.   La verdad era que daba lástima, pero ninguno de nosotros  movió un solo músculo. Tal y como había llegado, se largó, allí no quedaba nada, ni siquiera un agujero,  ni una mísera huella que delatase su presencia.

En cuanto se fue, nos quedamos boquiabiertos. Ninguno dijo nada, pero todos telepáticamente quedamos para la tarde siguiente: la historia tenía que saberse. Cada uno de nosotros dio su propia versión, se lo  contamos a la gente haciendo la vista gorda, cuando intentaban reírse. Nadie nos creía, así que decidimos que a lo mejor si íbamos todos al lugar, podríamos volver a verlo o al menos tomar indicios de su presencia.

La noche del 25 de Mayo fuimos con los padres, pero no apareció; todos nos tomaron por mentirosos compulsivos y a nadie parecía haberle hecho gracia la broma que, según ellos, les habíamos gastado.

Cuatro días después, una trágica noche de luna llena, decidimos volver. Pero íbamos sólo, nadie quiso acompañarnos, ninguno de los adultos que nos había escuchado, había creído una sola palabra de lo que habíamos dicho.

Allí estaba nuevamente: el extraterrestre. Entonces comprendimos que  nadie nos creería nunca, al fin y al cabo, a qué extraterrestre le podía pasar por la cabeza, darse un garbeo por las curvas del Vedat o entablar relaciones amistosas con unos imberbes.

Sergio, 2º B

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