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Dale un beso a tu ángel de la guarda

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Dale un beso a tu ángel de la guarda

 

El día de fin de curso del instituto me levanté a las once de la mañana porque había quedado para ir con unas cuantas amigas de compras para la gran noche. Estaba deseando que llegase el final, agotada y hastiada. Un poco  de diversión, al menos, rompería el hechizo que me había mantenido inerme durante el curso. En cuanto regresé aceleré todo el proceso: con rapidez comí, me duché y me arreglé; en cuanto viniesen a por mí, yo estaría preparada y así podríamos irnos al instituto cuanto antes.

Pronto  llegamos allí, cenamos y después, incluso antes de que terminara la cena, comenzó  a sonar la música. Yo fui una de las primeras que me  alcé para bailar. Quería desentumecerme, dejar que fluyese toda la vitalidad que se había quedado prisionera durante los interminables días de estudio. Ahora llegaba mi momento, se aproximaban las vacaciones y pronto sería libre. Mientras bailaba, creí notar que alguien me observaba, pero no le di importancia. En una fiesta así es normal: todo el mundo se fija en todo el mundo. No había ningún motivo para que me preocupase.

La fiesta se prolongó hasta las dos de la madrugada. Ms amigas querían acompañarme, pero a mí no me importaba volver sola; no era necesario que se preocupasen por mí. No obstante, no podía negar que la oscuridad de la noche, el manto del silencio, me producía una punzada de inquietud; cuanto antes llegase a casa, antes me tranquilizaría.

Cuando ya casi había llegado, vi una luz verde que provenía del campo cercano a mi urbanización. Cualquiera se hubiese asustado, pero yo, que soy curiosa por naturaleza, no pude contenerme: quería saber lo que pasaba. Tal vez fuese algún vecino, pero ¿qué estaría haciendo en el campo y prácticamente a oscuras?

Me escondí como pude detrás de unos arbustos. Entonces lo vi. No pasaba nada, sólo era un chico rubio y alto. Poco a poco fue aproximándome extrañamente y...  pese a la oscuridad circundante, pude ver aquellas dos esmeraldas que refulgían: unos ojos verdes, increíbles, que parecían destellar, incluso en aquella penumbra.

No sé qué sucedió a continuación, seguramente tropecé con alguna piedra, lo cierto es que me caí y  él me descubrió. Enrojecí de vergüenza, porque era evidente que le había estado espiando, pero la sorpresa fue mayúscula al ver su cara desencajada. Seguramente pensó que me había hecho daño. El sonrió, se aproximó y me tendió la mano. Yo creía estar viendo un ángel, y desde luego, me agarré a él, ya que apenas podía mover la pierna; por lo visto me había hecho una buena torcedura.

Apoyada en él nos fuimos acercando a la urbanización. Cerca de ella había un pequeño parque. Me condujo a uno de los bancos y allí nos sentamos. El pie se me había hinchado y me dolía. Ambos estábamos cortados y era ya muy tarde; así que en cuanto descansé un poco, me acompañó hasta la puerta de casa, no sin antes quedar conmigo para la noche siguiente.

Yo estaba nerviosa. El chico me había calado, pero no sabía quién era y desde luego tampoco sabía qué hacía por allí a aquellas horas de la noche. De hecho, cuando se lo pregunté, rehuyó  la respuesta.

Esperé impaciente que llegase la hora del reencuentro. Cuando eran las doce  las doce, aunque llevaba la pierna vendada,  me escabullí para ir a la cita. Cojeaba, pero por nada del mundo, me hubiera perdido la cita.

Al llegar al banco vi una especie de monstruo verde con unos ojos enormes, seis brazos y cuatro piernas. Fui acercándome lentamente y el monstruo, al escuchar el ruido que hacían mis pies al arrastrarse, se giró asustado y  empezó a tartamudear mi nombre. Avergonzado y ante mis ojos incrédulos, se transformó en el ser del día anterior: el ángel, que me había cautivado.

Yo estaba tan asustada que,  de la impresión,  sufrí un golpe de calor y me desplomé. El chico llegó jadeando y volvió a cogerme entre sus brazos. Noté que me levantaba, pero no protesté. Me dejé llevar. Me aproximó a un pequeño pilón y allí logró que me despejara. En cuanto me despejé me contó su increíble historia, mientras me miraba con aquellos ojos verdes, cuyo reflejo me hacía palidecer de emoción. Me dijo que era un extraterrestre, pero que quería que yo lo descubriera. Según sus palabras, que me dejaron muda, se había quedado prendado de mí en cuanto me había visto en la fiesta. Ahora ya sabía su secreto. Según él, sólo yo podía cambiar su destino: él quería quedarse a mi lado, quería ser mi novio y olvidar su pasado. Sólo lo conseguiría si se transformaba en humano para siempre.

Yo era incapaz de pronunciar palabra: que un chico guapísimo quisiera ser mi novio, era una noticia extraordinaria y hacia que me sintiese halagada, pero cómo podría ser novia de un extraterrestre, de alguien con el que no compartía nada. Sin embargo, cuando me dijo que sólo con un beso se transformaría; que uno sólo de mis besos obraría el milagro, no pude contenerme. ¡Ay, la naturaleza femenina es débil! La posibilidad de vivir un romance intergaláctico, era una experiencia que podría contar a mis nietos. Aquel beso abrió una puerta, y espero que nada ni nadie la cierre, no quiero quedarme sin mi ángel de la guarda.

Lidia, 2º C

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Comentarios Dale un beso a tu ángel de la guarda

la ilusion es milagro
Interesante y lindo texto, que bonito escribes.
Besos.
Me ha gustado la historia, muy original y bonita......caminare por el parque a medianoche a ver si veo un angel extraterrestre...jjajja...
felicitaciones amiga
besos
maggie

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