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La cueva de la mora, Gustavo Adolfo Bécquer

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animation1renataru0cv6.gifLa cueva de la mora, Gustavo Adolfo Bécquer

He aquí un ejemplo carismático de las leyendas becquerianas. Nuevamente es el amor la causa de la desgracia de los personajes. El ambiente de fatalidad es provocado en este caso por la distinta filiación religiosa de ambos personajes: a los ojos de sus congéneres se trata de un amor prohibido que sólo puede desencadenar la desgracia, como efectivamente sucede. La prosa se carga de resonancias poéticas, que mueven los sentimientos del lector. El tema morisco ( las relaciones ilícitas entre una princesa y un caballero cristiano) se convierten  en el romanticismo en moldes de expresión, senderos seguros por los que transitan las ánimas de los muertos, celosas de su pena de amor; senderos por los que transitan andariegos, ávidos por conocer todas esas leyendas, fermento de melancolías.  

Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el rio Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que defendieron, como de los que valerosamente clavaran sobre sus almenas el estandarte de la cruz.

De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos: aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa, con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.

Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por si encontraba algunas armas, dando golpes en los juros para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.

Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas. Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en lo alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella y limité mi paseo a las orillas del río, que corre a sus pies, andando, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito temor separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente las particularidades de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se hallaba el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé haber visto una poterna cegada. Sin duda había descubierto uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de aquella época, el cuál debió de servir para hacer salidas falsas o coger, durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato.

Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.

Hablamos de varias cosas indiferentes, de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas, hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.

Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.

-¡Penetrar en la cueva de la mora!- me dijo como asombrado al oír mi pregunta-. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?

-¡Un ánima!- exclamé sonriéndome-, ¿el ánima de quien?

-El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares,  y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.

Por la explicación del buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él, había alguna historieta: y, como yo soy muy amigo de oír esas tradiciones, especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la  refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo a la vez se la voy a referir a mis lectores.

Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tiene asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río alhama, ocurrió junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.

Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo del calabozo luchando entre la vida y la muerte hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.

Volvió el cautivo a su hogar, volvió a estrellas entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborotaron al verle, creyendo que llegaba la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su extraña melancolía.

Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla: pero cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.

Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora se imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer; ora hacía los mayores esfuerzos para olvidarla; ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que al fin un día reunió a sus hermanos y compañeros, mando llamar a sus hombres de guerra, y después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesario, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura, objeto de su insensato amor.

Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole al fondo de los calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.

El caballero, embriagado en el amor que al fin logró encender en el pecho de la hermosísima mora, ni hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros luchaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.

Y en efecto sucedió así: el alcaide allegó gentes de los lugares comarcanos; y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se vía bajar tal nublado de guerreros, que bien podría asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.

La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces, y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante, y se coronaron de ballesteros las almenas.

Algunas horas después comenzó el asalto.

El castillo, con razón, podía llamarse inexpugnable. Sólo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores, una, dos y hasta diez embestidas.

Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.

El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta, juraron perecer en su defensa.

Los moros, impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.

Los cristianos comenzaron a cejar y a desplegarse. En ese punto la mora se inclinó sobre su amante que yacía en el suelo y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó un resorte y por la boca que dejó ver una piedra al levantarse como movida de un impulso sobrenatural, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al subterráneo.

Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío y dijo:

-¡Tengo sed! ¡Me muero!¡Me abraso!- y en su delirio, precursor de la muerte, de sus labios secos, por los cuales silbaba la respiración al pasar, sólo se oían salir estas palabras angustiosas: -¡Tengo sed! ¡Me abraso!¡Agua!¡Agua!

La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que una vez rendida la fortaleza buscaban en vano por todas partes al caballero y a la nada, para saciar en ellos su sed de exterminio: sin embargo no vaciló un instante y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río. 

Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y resonó un grito.

Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparado sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.

La mora, herida de muerte, logró sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en razón; y conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió los ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía, y sin acercársela a los labios, preguntó a la mora: ¿Quieres ser cristiana?¿ Quieres morir en mi religión, y si me salvo salvarte conmigo?- La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de la sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal, invocando el nombre del Todopoderoso.

Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo, entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

 

Gustavo Adolfo Bécquer

Vocabulario:

Fastos: Del latín fastos. 1. Calendario donde los romanos apuntaban sus fiestas, ceremonias y conmemoraciones. 2. Sucesos ordenados cronológicamente.

Vestigios: Del latín vestigium (planta del pie, suela, huella). 1. Señal o resto que queda de alguien o de algo en un lugar.  2. Memoria de las acciones de los antepasados. Indicio de algo.

Atalaya: Del árabe at- tala “i”(los centinelas). 1. Torre sobre un lugar alto que sirve para vigilar una gran extensión de tierra o mar.

Jaramago: Planta herbácea, con talle ramoso desde la base, hojas grandes y arrugadas y flores amarillas y pequeñas, en espigas terminales muy largas.

Barbacana:  Del árabe balb albaqqara ( puerta vaquera). 1. Muro bajo construido delante de las murallas, puertas, puentes u otros puntos estratégicos como defensa.

Vericuetos: 1. Lugar o camino alto y accidentado por donde resulta difícil pasar. 2. Traba u obstáculo que dificulta la realización de algo.

 Juros: Derecho perpetuo de la propiedad.

Pesquisas: 1. Indagación o investigación para descubrir algo.     

Del antiguo pesquerir ( investigar).

Infructuosas: Del latín infructuctuosus, y este de –in –( negación) y fructuosus ( que da utilidad). 1. Que no produce los resultados esperados.

poterna:  1. Puerta secundaria, particularmente en una fortificación como una muralla o en los muros de un castillo. Suelen localizarse en lugares ocultos o disimulados, permitiendo a los ocupantes del recinto interior salir o entrar sin llamar la atención ni ser vistos.

ánima: Del latín anima y éste del griego anemos (soplos). 1. Alma de una persona, especialmente de las personas muertas que están en el purgatorio.

Deudo. Del latín debitus (debido). 1. Persona que forma parte de la misma familia que otra. SiN. Pariente, familiar.

Embriagado: 1. Participio pasado de embriagar. 1. Perturbar los sentidos. 2. Extasiar hasta sacar fuera de sí o hacer perder la razón. 3. Causar embriaguez o turbar las capacidades físicas o mentales a causa de la bebida.

Rastrillo: 1. Instrumento formado por un mango largo con un travesaño con púas a modo de dientes en uno de sus extremos, que sirve para recoger hierba, paja, hojas y otro tipo de elementos.

Inexpugnable: 1. Que no puede expugnar o conquistar por las armas. 2. Que no se deja vencer ni persuadir. 3. Que impide o dificulta mucho el acceso.

Reprobado: De reprobar. 1. Referido especialmente a una persona o a su conducta, no aprobarlas o considerarlas negativas. Del latín reprobare.

barbacana: 1.  En un muro, abertura generalmente vertical y estrecha a través de la cual se puede disparar. Del árabe bab al-báqara ( puerta de las vacas), porque la barbacana era una fortificación que protegía el recinto donde los sitiados guardaban el ganado destinado a la alimentación.

cejar: Del latín cessare (detenerse, retirarse). 1. Dejar de insistir en un empeño o en una opinión. 2. Ir hacia atrás.

Expiar: 1. Referido a una culpa, borrarla mediante el sacrificio o la penitencia. 2. Referido a un delito, sufrir o cumplir la pena que ha sido impuesta por él.

Imperceptible: 1. Imposible de percibir.

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Comentarios La cueva de la mora, Gustavo Adolfo Bécquer

me gustan las historias y mira tu sin salir de mi casa , me encanta lo romantico y no lo habras contado muy mal cuando yo desde mi casa he visto la trma en mi fantasia es decir  estaba en medio , de ese mundo , siendo hoy otro ,

Preciosas las leyendas, aunque no la he escrito yo, es del "maestro".
Un beso muy fuerte.

A QUIEN NO LE GUSTAN LAS HISTORIAS DE AMOR ???   EN REALIDAD A UNA GRAN E INMENSA MAYORIA, ES MUY LINDA LA HISTORIA , PODEMOS OBSERVAR LA INOCENCIA DE LA GENTE DE ANTAÑO Y ESO  ES LO MAS BONITO QUE PENA QUE TODO CAMBIE  ............
YO LEI A BECQUER A LA EDAD DE 14 AÑOS JAMAS HE DEJADO DE HACERLO.
UN SALUDO

MARIA D M. MARIA D M. 25/10/2009 a las 21:29

esta chevere

kimberly kimberly 18/09/2010 a las 23:42
muy buena pagina
muy buena pagina muy buena pagina 27/12/2013 a las 17:21

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