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Continuaciones de Grandes esperanzas de Dickens.

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Escribe una continuación de este famoso inicio. Nada menos que Grandes esperanzas de Chales Dickens.

Como mi padre se apellidaba Pirrip y a mí me pusieron de nombre Philip, me llamo pues, Philip Pirrip.(…).

Doy el nombre de Pirrip como apellido de mi padre, basado en la autoridad del epitafio de su tumba (…). Como nunca vi a mi padre ni a mi madre, ni tuve ocasión de saber cómo eran (ya que sus tiempos fueron muy anteriores a la invención de la fotografía), que me formé de ellos provino absurdamente de sus propias sepulturas. La forma de las letras que campeaban sobre la lápida de mi padre me sugirió la singular idea que se trataba de un hombre fornido, moreno y de cabello negro y ensortijado. En cuanto a mi madre, juzgando,  por el tipo de los caracteres que componían la inscripción " y Georgine, esposa del anterior”, saque la pueril conclusión de que era una mujer pecosa y enfermiza. Respecto a cinco piedras romboidales, cada una de un pie y medio de longitud aproximadamente, que aparecían primorosamente colocadas en fila junto a su tumba y que estaban consagradas a la memoria de mis cinco hermanitos (que habían muerto prematuramente en la universal lucha por la vida), debo confesar mi solemne creencia de que todos ellos me parecía que habían nacido de espaldas, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y sin que llegasen a sacárselas en la corta duración de su existencia.

Nuestra comarca era una zona pantanosa por cuyo centro pasaba serpenteando el río, y estaba situada a unos treinta kilómetros del mar. La primera impresión y la más amplia y vivida, que tuve acerca de la identidad de las cosas, creo que debo atribuirla a una cruda y memorable tarde, próxima al anochecer. Fue entonces cuando comprendí que aquel lugar era el cementerio.

-¡No hagas más ruido!- exclamó una voz terrible, al tiempo que un hombre salía de entre las tumbas, junto al pórtico de la iglesia-. ¡Cállate, pequeño diablo si no quieres que te degüelle!

El que así hablaba era un hombre horrible, el traje que vestía era basto, gris y andaba con un gran hierro atado a la pierna. No llevaba sombrero, llevaba los zapatos rotos y se fajaba la cabeza con un trozo de tela que era un andrajo. El hombre estaba empapado de agua y lleno de barro; tenía los pies magullados  y garranchazos por todo el cuerpo; un hombre asediado por las ortigas y atacado por los espinos, que cojeaba al andar y tiritaba de frío, que miraba fijamente como si echase fuego por los ojos y al que le rechinaban los dientes mientras me tenía cogido por la barbilla.

Grandes esperanzas, Charles Dickens.

 

Continuaciones de Grandes esperanzas.

Lo primero que se me ocurrió fue que aquel pobre hombre estaba algo ido de la cabeza, aparte de ser lo que aparentaba; pues me había dicho que me callara, pero yo no había dicho nada, y si había hecho algún ruido, no sería muy molesto:

-Señor, señor…-balbuceé.

-¿No me has entendido? –dijo, furioso- ¡He dicho que te calles!

Yo tragué saliva y me quedé absorto, simplemente mirándolo y sin esperanzas de que me soltara. Su mirada se clavó fijamente en la mía y, al mismo tiempo, me di cuenta de que sus ojos eran grises, grises como la plata, y tan claro que daba la sensación que no tenía iris.

Al fin dejó de fruncir el ceño y me soltó poco a poco. Sin decir ninguna palabra, fue echándose muy lentamente hacia atrás, pero no los tenía muy claro. Ni siquiera me movía, esperaba que se fuera.

De repente, oí un fuerte chillido y un acto reflejo hizo que me girase y mirase hacia el lugar de donde procedía. Tan solo era un cuervo. Este despegó de un árbol y planeó muy cerca de nuestras cabezas hasta desaparecer entre la niebla. Cuando volví la mirada hacia delante, aquel horrible hombre había desaparecido.

Laura Guerrero, 2º C

 

y me dijo:

-¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí solo y a esta hora de la noche, mocoso?

-Estaba observando estas tumbas, señor- le respondí.

-Y qué tienen de importantes- me preguntó.

-Pues que son las tumbas de mis padres y hermanos, a los que nunca conocí.

-¿Y si nunca los conociste, cómo sabes que son ellos? – volvió a preguntar.

No sabía qué responderle porque decía la verdad pero, finalmente, contesté:

-Porque en el orfanato donde vivo me dijeron que me llamaba Philip Pirrip y veo que se apellidan igual que yo.

Pareció perplejo durante unos segundos, pero luego consiguió agrupar las palabras y me dijo que me fuese con él. Yo me negué porque sé que no tengo que ir con desconocidos. Él sonrió, creo que era porque mi  respuesta demostraba que era un chico juicioso que sabía cómo defenderme, pero, inmediatamente añadió:

-No te asustes ni te preocupes. Yo soy tu tío, y también vine para ver las tumbas. Me quedé sorprendido porque no sabía que había alguien más de mi familia vivo.

Nicolas,  2º C

Me miraba fijamente con unos ojos negros e intimidantes.  Yo estaba paralizado por su mirada. Mi cabeza me decía que me fuera de allí pero, sin embargo, mis músculos no reaccionaban.

Había una luna llena, grande y brillante. La hierba estaba húmeda por las aspersores  y había grandes sauces, con figura impotente. En el cementerio no había ni un alma, exceptuando a  aquel misterioso hombre que estaba de pie frente a mí observándome, pero sin decir nada, lo que incrementaba mi miedo. El suspense se apoderaba de mi cuerpo,  poniéndome aun más nervioso de lo que estaba.

Tenía muchísimo miedo de aquel extraño. Pensé en preguntar quién era, pero mi boca estaba rígida, inmóvil, él llegó a la conclusión de que sería muy difícil conseguir que dijera algo. Cuando una ráfaga de viento me recorrió el cuerpo, yo deseé que se fuera. Entonces, mientras el lugar se volvía tenebroso y oscuro, comprendí que mi deseo se había cumplido. El hombre había desaparecido pero, en su lugar, sentí aquella sombra, se aproximaba lenta, muy lentamente y, a pesar de mi insignificancia sabía que debía enfrentarme a ella.

Ana, 2º C

 

Me llevó a un cobertizo que había a las afueras de la ciudad y me preguntó que por qué había acudido al cementerio. Yo le dije que estaba visitando a mis padres y hermanos que habían fallecido hacía mucho tiempo. Me preguntó  que con quién vivía y yo le dije que vivía solo en la casa de mis padres.  Entonces me explicó que él me protegería de los espíritus malignos que acechaban la tumba de mis padres y mis hermanos. Era cierto que notaba desde hacia tiempo como unas presencias extrañas me acechaban y quise averiguar el porqué. Contestó, con furia contenida, que una maldición asolaba a mi familia para siempre y me entregó aquel pequeño artilugio de metal, lo único que conseguiría ahuyentarlos, si conseguía dominarlo.

Marcos LLoret, 2ª C.

Aquel hombre era un mendigo que se había ocultado en aquel sitio tan tenebroso porque había entrado a una tienda con la intención de robar un poco de comida, ya que hacía días que no comía. La gente del pueblo lo perseguía y, por eso, él se había ocultado detrás de las tumbas.

En ese momento, el mendigo estaba durmiendo, pues había andado mucho y, cómo llevaba las zapatillas rotas, tenía los pies destrozados. No quería dejarme ir, ya que quería hablar con alguien. Yo, por mi parte, no tenía ganas de hablar con un extraño, y menos en el cementerio, pero, no me quedó más remedio que quedarme un rato. Hablamos de nuestras historias personales, yo le conté mi vida, y él me contó la suya.

Después me dijo que quería que fuera al pueblo  y le trajera ropa limpia y un poco de comida. Como no se fiaba de mí, me amenazó. Sus ojos saltones y apesadumbrados se tornaron hostiles. Dijo que si no le traía lo que le pedía, no me dejaría en paz. No creí en sus palabras. Me fui y nunca he vuelto a verlo, aunque sé que las sinuosas huellas de sus zapatos siguen mis pasos.

Elisabeth, 2º C.

 

Se acercó a mí de forma intrigante y extraña y me dijo:

-¿Qué haces aquí, pequeño diablo? No hace falta que hagas tanto ruido, te aseguro que no estás tan solo aquí en el cementerio y me has despertado. Voy a ser bueno contigo y te lo voy a enseñar. Seguro que no vendrás más solo.

(El día iba oscureciéndose, más niebla y más frío.)

Estaba muy asustado porque, cuando anocheció, me llevó a sitios extraños, lugares donde la soledad era tan palpable que hacía que me sintiese incómodo.

Más tarde llegamos a una puerta con rejas grandes y alambres en las puntas. Era una reja muy vieja y destartalada, la típica reja que aparece en las películas de terror; por eso, por una parte sentí un poco de miedo pero, a continuación, esté fue superado por una risa saltarina que brotaba de mi interior con tono monocorde:

Entramos y me dijo:

-Me llamo señor Francklin P. Stein. No pronunció su primer apellido, sólo dijo la letra P.

No me interesé por sus apellidos, pues  sólo me importaba su nombre. Entonces abrimos una puerta misteriosa, situada al otro lado del cementerio.

Francklin P me dijo que todo tenía un sentido. Había tumbas de dos en dos porque se trataba de parejas que se habían casado y ahora permanecían unidas, ya que, ni siquiera la muerte, puede separar el amor.

No dije nada, aunque estaba desconcertado. Francklin P me pidió que fuésemos a visitar a sus padres. En cuanto llegamos a las tumbas, observe que el epitafio de la tumba ponía (Señores Pirrip).

Lo leí y me giré en silencio durante un minuto. Me sentía desconcertado. Sentía una punzada, y, en ocasiones,, creí ver aquella figura extraña  que parecía acompañarnos desde las tinieblas del foso.  ¿Quién estaba interesado en querer estar presente en esos momentos?

Intrigado le dije:

-¿Qué hacen aquí mis padres?

Entonces él me abrazó efusivamente y respondió:

-Soy tu hermano. Ya te dije que todo esto tenía un sentido.

Victoria, 2º C

 

Aquel hombre era el vigilante el cementerio y me dijo que por la noche salían los espíritus de las tumbas. En un primer momento lo miré incrédulo pero, cuando anocheció, fui a comprobarlo.

Estaba en mi casa. Eran las nueve, me abrigué bien con la cazadora y, después de coger la moto, me dirigí allí porque quería ver lo que ocurría. Llegué aproximadamente a las nueve y media. Mientras iba aproximándome, descubrí aquellas luces brillantes que salían de las tumbas. Me asusté bastante pero no desistí. Me dirigí a la tumba de mi padre y la encontré abierta. En ese instante el pánico se apoderó de mí y salí corriendo de aquel cementerio viejo y oscuro.

A la mañana siguiente volví. No se notaba nada extraño, todo parecía normal. Le pregunté al guardia y me dijo que no se me ocurriera volver de noche, porque las consecuencias podían ser graves. Pero el ser humano siempre tropieza dos veces con la misma piedra, así que, una vez más, esperé al silencio de la noche para entrar. Y allí estaban todos los fantasmas, me rodearon y, cuando empecé a correr, comenzaron a perseguirme, hasta que vi su sombra y noté cómo me golpeaba con aquella pala. Eso es lo único que recuerdo, al guarda golpeándome en la cabeza.

Ahora tengo cincuenta y seis años. Hace dos semanas que he despertado y lo único que sé es que estuve en coma. Lo sé, sé que no debería volver a hacerlo, pero, qué le vamos a hacer. En cuanto me encuentre mejor regresaré porque la curiosidad es ahora como una enfermedad, ninguna medicina puede curarla y no estaré en paz conmigo mismo hasta que averigüe lo que allí está sucediendo.

Jorge, 2º C

Lo tenía cogido por la barbilla. Lo levantó, pese a que él forcejeaba con brusquedad, intentando zafarse de su agresor sin conseguirlo. Quiso saber  qué hacía allí a esas horas. Phillip le contestó: “Lo siento, no sabía que esto era un cementerio pero, si me suelta, me iré y no volveré.

El horrible hombre dijo a continuación:

-¿Cómo te llamas, chaval?

-Phillip  Pirrip- contestó él.

Al pronunciar su nombre, el hombre bajo la presión, incrédulo y lo miró.

-Yo también me apellido Pirrip.

El chico se quedó pensativo, mientras los sentimientos se agolpaban en su mente. ¿Podía ser verdad? Entonces saltó sobre él y ambos se pusieron a llorar.  Uno lo llamó “papá” y, el otro, respondió “hijo”.  El padre le preguntó al chaval: -¿Quieres ver a tu madre?. –¿Puedo?- contestó el chico. ¡Claro!- y como respuesta lo acompañó ante su madre.

Por fin, el chico se hallaba ante ellos y no cabía en sí de felicidad, porque había conocido a sus padres. Los había visto, había visto sus rostro, los había abrazado, había estado con ellos.

Fue su momento, el momento que nunca olvidó y aunque, no volvió a aquel triste cementerio, el recuerdo de sus padres lo acompañó siempre, fue como una dulce primavera, en medio del duro invierno de su vida.

Fidel, 2ª C

De pronto una cosa de no más de un metro y medio de altura saltó sobre él y le dijo que lo dejara o mataría a su compañero, pero me tenía cogido a mí y me quería degollar. Así que no pude hacer nada y aguanté para ver si se cansaba, aunque parecía incansable.  Fue en ese momento cuando comenzó a llover de forma intermitente. Yo no creía que los muertos fuesen como las plantas que, cuando llovía salían, pero, en aquel caso, parecía que así era. Salieron y mataron de forma muy cruel a aquellos hombres. Como eran muertos tenían hambre y comenzaron a comérselos de arriba abajo. Comenzaron por los pies y subieron hacia las rodillas y la cintura. Después, el pecho y la cabeza.

Entonces se giraron y se quedaron mirándolo. Los padres de Phillip Pirrit se dirigieron a él, abrían los brazos, para ellos era una segunda oportunidad. Pero Phillip estaba aterrorizado y, antes de que pudieran abrazarlo, echó a correr sin mirar atrás y con el convencimiento de que si salía con vida, no volvería nunca allí.

Ginés Asensio, 2º C.

El hombre se acercaba lentamente.  Se tambaleó ante él y, de pronto, se desplomó. Era como si su cuerpo no respondiera y, aunque estaba aterrorizado, corrí hacia él para ayudarlo.

Fue entonces cuando empezó a llover. Vimos una casa muy vieja y que parecía abandonada y, como la puerta estaba rota, entramos. Coloqué al hombre como pude en la cama y salí de allí para buscar algún vendaje.  Más tarde él despertó. El miedo se apoderó de mí, un miedo irracional situado detrás de la puerta y a mi lado, un miedo que seguía el compas de sus lágrimas.

Yo no sabía la causa de su llanto y por eso se lo pregunté. Él dijo que le habían robado y que los ladrones casi lo matan. Me contó su desgraciada vida. Estaba divorciado y su hijo vivía con su mujer. Animado por sus palabras y por la vuelta del calor a sus mejillas lo ayudé a levantarse, mientras él seguía hablando con voz lastimera. Lo que más le dolía era que apenas podía ver a su hijo; por eso me suplicó que le acompañase.

Y así lo hice. En cuanto se recuperó un poco, lo acompañé. La mujer se mostró solicita, aunque sorprendida y desorientada. Al principio se echó a llorar, pero luego se ofreció a darle cobijo hasta que se recuperase.

Yo me fui.  Unos días después volví a visitarlos. El hombre ya se había ido, al menos eso fue lo que le reprochaba la mujer. Se había ido sin despedirse siquiera de su hijo, sin embargo, en ningún momento fijo la mirada en mí. Repetía una y otra vez que los había abandonado, pero yo sabía que estaba mintiendo, que la sombra proyectada a través de la ventana no podía ser ningún sueño y sí, una de mis peores pesadillas.

Majorie Esmeralda, 2º C

Cuando se acercaba a mí pensaba que era un muerto viviente pero, cuando lo tuve delante,  comprendí  que solo era el hombre que vigilaba el cementerio, ya que llevaba unas grandes llaves oxidadas. Estaba malherido, por lo que decidí prestarle auxilio. Tal vez, aunque ocurría raras veces, pasase algún coche por aquellos lugares alejados de la mano de Dios. Alguien que bajase al pueblo y pudiera echarnos una mano.

Tuve que permanecer en vela durante largo tiempo, hasta que, cuando iba a desistir, un coche se detuvo y aseguró que nos ayudaría encantado. El hombre me ayudó a mover el cuerpo para entrarlo en el coche y así poder trasladarlo al hospital. Una vez allí, nos atendieron enseguida, pues el hombre que, por cierto se llamaba Alfredo, estaba muy grave.

Le di las gracias de forma reiterada antes de que volviese con su familia y, justo cuando él se marchaba, vi dirigirse al médico hacia mí. Quería informarme. Su mirada parecía perdida. Según dijo si no le hubiera ayudado, el hombre habría muerto. Parecía exhausto por el esfuerzo. Me llamó la atención aquella solitaria mancha en el cuello. Se trataba de una mancha de sangre oscura. Yo lo miré incrédulo e iba a preguntarle si estaba herido, cuando volví a fijarme y descubrí que había desaparecido.

Andrea , 2º C

Conseguí apartarle el brazo de mi cara. Ambos nos miramos durante unos segundos. No sé el por qué pero sentí el impulso de huir y eché a correr sin que mis pies me obedecieran. Él hombre repetía que aquello no era el cementerio y que me detuviese, pero, cómo no creer lo que habían visto mis ojos: las tumbas de mis padres y hermanos.

Cogí la bicicleta que estaba en un lugar algo apartado y empecé a pedalear con fuerza. Solo tenía un único deseo, largarme de allí lo antes posible. En un par de ocasiones giré la cabeza para ver si me seguía, pero no se veía a nadie. No obstante, eso no me tranquilizó, al contrario, me sentí más aterrorizado porque sin duda ese hombre era un fantasma. Así que pedaleaba a ritmo vertiginoso y sin una dirección determinada. Era extraño que siguiera temblando, aunque no se viese al sujeto por ningún lado. No disminuí la marcha, al contrario, pedaleé cada vez con más vigor y sin parar. Las calles se me tornaban infinitas y estrechas, tanto, que no lograba llegar a casa.

Cuando giré la esquina, me tranquilicé. Reconocí aquel espacio conocido, junto a la panadería. Saqué las llaves del bolsillo, abrí la puerta, subí corriendo a mi habitación y, a continuación, entré y cerré con llave, mientras me apoyaba sobre ella para que nadie entrara.  Luego comencé a calmarme y me acerqué para verme en el espejo. Entonces lo vi reflejado. Detrás de mí estaba él, con aquellos ojos que echaban fuego y aquellos dientes que rechinaban. Cerré los ojos durante unos segundos. Después los abrí. Me desperté y grité. Fue un único grito, un grito que se materializaba en el aire, mientras la imagen de aquel horrible ser desaparecía en la oscura niebla del sueño. Estaba sudoroso y, aunque me repetía que todo había sido un sueño, no lograba tranquilizarme.  

Álvaro, 2º C

-No hagas más ruido- Dijo, chillando.

Y yo…

-Lo siento- titubeé.

Esa parte se me quedó grabada en mi cabeza y cada vez que voy al cementerio a visitar a mis padres me acuerdo de ese “accidente”, de cómo subí el tono de voz y de mi histerismo.

Ahora voy por las mañanas y me pregunto:

-¿Lo volveré a ver?

Hoy era viernes trece y he quedado con Lucy y Eloy. Lucía es una chica guapísima de tez muy blanca, piel morena y enormes ojos azul verdosos. Su pelo lacio casi le llega a la cintura y es muy guapa. Eloy es un chico de tez morena.  Le gusta llevar una camisa básica,  vaqueros y zapatillas altas. Tiene los ojos color miel y el pelo rasurado por los lados y largo, en el centro.

-He comprado flores para tus padres, Philip. Se las podemos llevar cuando empiece a anochecer.

Cuando he oído eso se me han puesto los pelos de punta.

-Bueno- he dicho, no muy convencido.

Al anochecer hemos estado en el  cementerio. Yo no me separaba de mis amigos. Ellos  durante bastante tiempo estaban junto a mí. Pero, en un momento dado y al darme la vuelta, me he visto solo y desamparado. Entonces he sentido su respiración en el silencio.

-No hagas ruido- Estas han sido las únicas palabras que he escuchado y luego un silencio sepulcral, es un silencio sepulcral que se siente hasta en el aire, un silencio que antecede a la tempestad.  

Laura, 2ª C

 

 

 

 

 

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Comentarios Continuaciones de Grandes esperanzas de Dickens.

Como siempre buenas opiniones.
MariCarmen te he escrito al Facebook para saludarte. Un gusto encontrarte
Hola amiga:
He regresado a mi rincón especial y dejado de lado lo mundano. Facebook no es de mi cuerda, aquí me siento en casa.
Es agradable comprobar que continuas como si no hubiera desaparecido este tiempo. Tus recomendaciones estupendas y tu persona tan especial.
Mis respetos ... y muchos besos.

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