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El contador de historias, Rabih Alameddine

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El contador de historias, Rabih Alameddine

 

Nunca más volverá a contarse una historia como si fuera la única

                                                                                            John Berguer

 

Sin duda “El contador de historias” es toda una delicia para los sentidos. Eso es precisamente lo que pretende su autor Rabih Alameddine (1951), que nos sintamos cómodos cuando la leamos, que escuchemos el aguijoneo de la palabra.

De forma sencilla el autor logra cautivar al lector, entrelazando la historia de Osama, el hombre que llega a Beirut para atender a su padre moribundo, con las leyendas, tradiciones y mitos que narraban los hakawati, contadores que historias que desplegaban su encanto por bares y cafés, a cambio de unas pocas monedas. El lector percibe la cruda realidad de una ciudad desvalijada por una guerra cruel cuando llega a Beirut, una multitud de imágenes maceradas por los recuerdos le salen al paso. Osama se reencuentra con la historia de su abuelo, el fundador de la familia, al –Kaharrat; es él quien inicia la aventura de su familia, el que forja la casta de esas cinco generaciones.

Pero la historia no nos llega sola, sino acompañada, aderezada con las especies de las leyendas, mil y un cuentos que corren por nuestras venas, obligándonos a sentir aquel placer que parecía dormido: el placer de escuchar a los hakawati, cuando todavía podías sentirte extasiado escuchando leyendas, cuando todavía la televisión, no había mancillado la rica herencia. Es como si abrimos un cofre lleno de tesoros incalculables: aparecen historias de la Biblia y del Corán hermanadas, leyendas clásicas cuchichean, mientras nos sonrojamos con El collar de la paloma, o sentimos la vitalidad del Panchatranta… La dulce tradición es una fuente de saber, la verdadera fuente de la juventud; si de ella aprendemos, nunca nos sentiremos débiles, podremos amar, perder, gozar, vivir, pero siempre tendremos mil y un caminos por los que transitar, mil y una enseñanzas nos adiestrarán en el duro camino. Sabio Docere at Delectare

Rabih Alameddine juega al veo- veo con el lector, pues las historias asoman y desaparecen: de pronto oímos la voz de Osama, que narra lo que sucede en el hospital, el reencuentro con sus familiares, la aparente locura del padre… Todo es un espejismo difuminado, una ficción tan verosímil como todas esas leyendas gozosas que leemos totalmente embrujados. Y aparece Baybars, el rey esclavo, y la esclava Fátima, una heroína al fin… alguien capaz de bajar al inframundo y regresar con vida.

El propio Rabih nos explica que el libro se llevó consigo 8 años de su vida, nos lo dice con orgullo, seguro de que ha conseguido su objetivo. Nos ha obligado a saborear el vino de antaño, las leyendas, las tradiciones, los cuentos; pretende que recuperemos esa sabia costumbre de escuchar al prójimo, antes de lanzarle un puñetazo en la sien. Si aguzamos nuestro corazón, tal vez bajemos las espadas, avergonzados, y volvamos a esa inocencia primigenia, donde todos éramos hermanos.

 Aghata



El contador de historias

-Ah, el aroma de sal y arena- comentó Fátima a sus compañeros-. No hay elixir igual en esta bendita tierra.

A lo largo del día nuestros tres viajeros habían llegado a las orillas del Mediterráneo, bañadas por aguas azules. Aquella noche acamparon en la playa. Pese al descontento de Jayal, después de abrevar, alimentar y limpiar a los animales, Yawad montó su propia tienda. Tras una cena consistente en pan, carne seca y dátiles, Fátima se sirvió una copa de vino.

-¿Empezamos?

-¿Empezar?- se preguntó Jayal-- ¿Os referís a mi seducción? ¿Acaso debo realizarla en público? Preferiría hablar con Yamad a solas. –Inclinó la cabeza-. Soy, sobre todo, un hombre discreto.-Levantó la cabeza y posó la mirada en Yamad, que estaba sentado al lado de Fátima-. Estoy seguro de que apreciarás mi discreción.

Yawad se encogió de hombros.

-La discreción resulta aburrida- dijo Fátima.

-Mi señora –dijo Jayal-, nuestro acuerdo fijaba siete noches para seducir al muchacho, no que dicha seducción se llevara a cabo en público. Eso sería injusto y humillante.

-El amor es injusto y humillante.

Yawad asintió.

-No sé mucho del amor, pero sé que es humillante.

-Debo protestar- dijo Jayal- El Profeta, que Dios lo bendiga, dijo: <<Aquel que se enamora y oculta su pasión es un hombre de provecho>>.

-Ser aburrido resulta poco atractivo en sí mismo- replico nuestra heroína-. Ser aburrido y además mentiroso convierte a un hombre en repelente amén de deshonrado. ¿Usas las palabras del Profeta para mentir? Bien podrías quitarte el turbante y afeitarte la barba. El Profeta, que la paz esté con él, dijo: <<Aquel que se enamora, oculta su pasión y es casto, muere como mártir>>. Si deseas ser un mártir podemos arreglarlo fácilmente, pero me parece que ya es un poco tarde para que ocultes tu pasión.

-Y no creo que su objetivo sea precisamente la castidad- añadió Yawad.

-Las noches del desierto son largas y aburridas- dijo Fátima-. Distráenos o lárgate. Si deseas poseer al chico, deberás convencerlo.

-Convénceme.

-Conmuévelo.

-conmuéveme.

-Esperad- Jayal se puso de pie. La luz del fuego dibujaba sombríos destellos en su larga túnica blanca. Era un hombre ancho de espaldas, con perfil  de halcón y gruesas y espesas cejas-. Haré lo que me pedís si no queda otro remedio, pero permitidme que intente por última vez convenceros de que la discreción es lo más aconsejable en los lances del corazón. Puedo contaros la historia de Bader, el hijo de Fateh.

-No estoy segura de desear que alguien me convenza.¿ Y tú, querido Yawad?

-Bueno, me gustan las historias.

-Ahí lo tienes. Al chico le gustan las historias. Cuéntanos la historia de Bader.

-Hubo una vez un cordobés de una importante familia que respondía al nombre de Bader ben Fateh. Era un hombre de fe, serio, y un anfitrión amable, educado, un ejemplo de buenas maneras. Me dirigía a Játiva cuando oí hablar de sus hazañas. Al parecer había perdido toda la dignidad al enamorarse de un músico llamado Moktadda. Yo conocía a aquel chico y puedo afirmar que no merecía el amor de Bader; no merecía ni el amor de uno de sus esclavos. Bader se gastó una fortuna en este zoquete descastado: le abrió las puertas de su casa y las cerró a sus otros invitados, agasajando al chico con los vinos más caros. Oí que nuestro hombre se había quitado el Keffyeh, desliando el turbante, mostadno su rostro, subido sus mangas.

>>Perdió todo sentido del decoro. Cayó víctima de esa bestia voraz, el deseo. Se convirtió en blanco de rumores: su historia se contaba en los harenes y se comentaba en los palacios. Su reputación pasó a ser objeto de chaza. Perdió el estatus, el honor, el respeto.

>>El joven músico nunca deseó que sus indiscreciones se hicieran públicas, y la pérdida de estatus social de Bader le restó valor como pareja. El objeto de su pasión huyó de Bader y se negó a volver a verlo.

>>Si Bader hubiera valorado la discreción, hubiera ocultado el secreto en los pliegues de su corazón, hubiera sofocado sus deseos, no lo habría perdido todo. Habría conservado la túnica del bienestar, y el atavío de la respetabilidad no se habría roído. Hubiera podido conservar tanto su honor como a su amante de haber optado por unos modos más circunspectos. Permitidme, pues, un enfoque más decoroso.

-El decoro sabe a poco- dijo Fátima

-Igual que esta historia- dijo Yawada.

-Cierto. Los cuentos didácticos deberían reservarse para niños y piadosos.

-Compadezco a los pobres niños que deban escuchar cuentos así.

-¿Te sientes seducido, mi querido Yawad?

-Me siento adormilado.

-Ah, al menos nos has ayudado a pasar la noche. Rezo para que mañana disfrutemos de un mejor ejemplo de ejemplo de seducción. Buenas noches a todos.

 

-¿Empezamos?- preguntó Fátima la segunda noche. Bebió un sorbo de vino. Satisfechos, con el estómago lleno, los tres viajeros estaban sentados en torno a la pequeña hoguera.

-Sí- contestó Jayal-. ¿Tal vez a mi amado le apetezca una copa de vino que le ayude a suavizar los ásperos perfiles de la noche?

Fátima enarcó las cejas; con la mirada preguntó a Yawad si estaba interesado en aceptar. Este asintió.

-Una única copa para esta noche –dijo ella-. Hasta que te acostumbres.

Y Jayal levantó su copa.

-Para que mi amado se acostumbre a mucho.- Apuró el vino, chasqueó los labios e hizo una pausa para crear un efecto dramático. Luego, con voz potente, empezó a recitar:

                    Una mujer me regaño una vea

                    por el amor que yo sentía

                    hacia un chico que resopla y se pavonea

                    como un joven toro bravo.

                   Pero ¿por qué iba yo a surcar el mar

                   cuando puedo tener un amor sublime en tierra?

                    ¿Por qué ir a por peces, cuando puedo hallar

                    gacelas libres por todos lados?

                    Déjame en paz; no me culpes

                    por escoger en la vida

                   el camino que tú has rechazado

                   y que seguiré hasta el día de mi muerte.

                   ¿Acaso ignoras que el Libro Sagrado

                   sentencia el asunto de una vez por todas?

                   Preferirás a tus hijos, dice,

                  antes que a tus hijas.

 

-¡Magnífico!- exclamó Fátima, mientras aplaudía con entusiasmo-. Siempre se puede confiar en la genialidad de Abu Nawas para entretenerse. ¿Quién habría pensado que un morador del desierto sabría citar al poeta de la ciudad? Estoy impresionada. ¿No lo estás tú también, mi querido Yawad?

-¿De verdad dice el Libro Sagrado que un hombre debería preferir a sus hijos antes que a sus hijas?

-En asuntos de herencia, hijo mío, pero el poeta se ha tomado algunas libertades. Vamos, trovador. Recítanos más.

                         Ya no deseo surcar el mar,

                         prefiero cruzar las llanuras

                         y buscar la comida que envía Dios

                         a todos los seres vivos.

-Una delicia – dijo Fátima-. ¡Qué maravilloso y procaz fue ese poeta de Bagdad! Me habría encantado disfrutar de la oportunidad de compartir una botella de vino con Abu Nawas y competir con su ingenio. ¿No te ha parecido una maravilla, Yawad?

-Desde luego que sí- dijo Yawad- . También yo estoy muy impresionado. Mi pretendiente es culto y sensible, pero su poesía sólo muestra su preferencia por una determinada clase de amor. El hecho de que le gusten los chicos no le hace más deseable a mis ojos. Solo significa que tiene buen gusto. Su poesía es entretenida, pero no conmueve a este oyente. Esta noche tampoco me siento seducido, sino fatigado.

-Unas palabras ciertas y sabias. Esta noche nos has distraído, pero no seducido. Esperemos que la tentación aumente mañana. Buenas noches a todos.

 

La tercera noche Jayal llenó de vino la copa de Yawad y se puso en pie delante de su público.

-Soy un bajel cargado de arrepentimiento. Perdonadme, os lo ruego. Permitidme que empiece de nuevo.

-No hay nada que perdonar- dijo Yawad.

-Por favor- dijo Fátima-, regálanos otra muestra de seducción. Estamos aquí, cual tierra reseca que aguarda a la tormenta inminente. Mitiga nuestra sed, por favor. Te lo ruego. Empieza.

-Comparezco ante vosotros con toda mi humildad- comenzó Jayal-, un hombre antaño orgulloso y ahora degradado por el amor. –Hundió los hombros-. Tal vez en este momento no parezca gran cosa, pero las apariencias pueden engañar. – Su voz subió de tono-. La cubierta no se corresponde con el contenido del libro.

>>En primer lugar soy un guerrero. He luchado en el ejército de Dios. Desde las costas del monte Líbano hasta las colinas de Tierra santa, cientos de cabezas de infieles han sucumbido a la fuerza de mi espada. He matado a papistas en Occidente, a bizantinos en el norte y a mongoles en el este. Mi lanza no conoció la piedad a la hora de defender nuestras tierras. Soy temido en todos los rincones del mundo. Los europeos invocan mi nombre para atemorizar a los niños. El valor es mi compañero; el honor monta ante mí y la lealtad a mi lado. Mi espada es rápida, mi lanza certera. Soy la respuesta a las plegarias de cualquier califa.

-Bien dicho- exclamó Fátima-. Se aprecia la influencia de al-Mutanabbi.

-¿Quién es?- preguntó Yawad.

-Te lo contaré dentro de un ratito, querido. Dejemos proseguir a nuestro seductor. Estoy segura de que aún no ha terminado.

-Desde la cima de una colina observé como los barcos enemigos anclaban sus naves en nuestras costas. Quedaron empapados por dos veces, primero por nubes trenzadas de blanco que descargaron su agua sobre ellos anunciando mi llegada; luego llovieron cráneos. Cabalgué sobre mi corcel a toda velocidad, vi acercarse al enemigo como si montara sobre caballos cojos. No distinguía sus espadas, porque sus ropas y turbantes estaban hechos de acero.  Los ataqué a pesar de que eso implicaba una muerte cierta, como si el infierno fuera el corazón que bombardeara mi sangre. Héroes y guerreros cayeron a mis pies mientras yo seguía incólume, con la espada húmeda y desenvainada. Victorioso, me uní a mis hermanos, cuyos rostros resplandecían extasiados, iluminados por sonrisas de alegría. Los extranjeros no tenían experiencia en el color rojo. Yo lo pinté por ellos. Bendita sea la guerra, la gloria y la eminencia. Bendito sea mi público, por concederme el honor de presentarme ante él.

-Y bendito seas tú por compartirlo- dijo Fátima.

-Me siento honrado- dijo Yawad- y agradecido de hallarme en tu presencia. Pero dime, ¿quién es este al- Mutanabbi?

Fátima apuró la copa de vino. Mantuvo la cabeza inclinada hacia atrás por un instante. Extendió la copa y Yawad la llenó. Luego recitó:

Soy aquel cuyas letras eran vistas por los ciegos

y cuyas palabras eran oídas por los sordos.

 

Se paró, sonrió a Yawad y dio otro sorbo.

-Al-Mutanabbi fue el mayor poeta en lengua árabe, pero, lo que es aún más importante, es mi favorito. Fue dotado con el inquietante don de una imaginación rebosante de asombrosas metáforas. Sufrió mucho en esta vida, ya que nació aquejado de dos graves enfermedades: ser pobre y árabe. Llegó al mundo a principios del siglo X, en Jufa, al sur de Bagdad. Empezó a recitar poesía de exquisita belleaa, que nadie había oído antes ni ha vuelto a oír desde entonces.  Afirmaba que era el propio Dios quien inspiraba sus poemas. De ahí su nombre, al- Mutanabbi: el que afirma ser profeta.

-Vanidad- dijo Yawad.

-Cierto –convino Fátima-. A los dieciocho años fue encarcelado y torturado por hereje. Cuando quedó en libertad, unos años después, se encontró de nuevo sin dinero, sin poder y sin hogar: el poeta del eterno exilio. Lo único que tenía que vender eran sus palabras, y estaba deseoso de hacerlo. Pero ¿quién quería comprarlas? La mayoría de las ciudades estaban gobernadas no por árabes sino por musulmanes, cuya lengua materna no era el árabe. Dichos príncipes, a quienes él quería alabar no acababan de comprender sus palabras. Así pues, al- Mutanabbi, lleno de orgullo y de arrogancia, se unió al único gobernante árabe de la zona: Sayl al- Dawlah, el joven príncipe de Alepo, que se estaba labrando una gran reputación por proteger las fronteras del norte frente al malvado imperio bizantino.

>> Y al-Mutanabbi luchó al lado del príncipe y lo alabó, inmortalizándole en versos tan elocuentes que se dice que las rosas se marchitaban de vergüenza al no poder competir con su belleza.

>>Pero entonces al- Mutanabbi descubrió que tenía un problema. Como tantos príncipes árabes a lo largo de la historia, el joven príncipe se creía también un poeta. Empezó a componer poemas pueriles alabándose a sí mismo y menospreciando a los del gran poeta. Y al-Mutanabbi no podía replicar.

-En eso consiste exactamente ser un criado- apuntó Yawad.

-La situación no mejoró- prosiguió Fátima- Al- Mutanabbi cambió Alepo por El Cairo y se unió a un gobernante distinto, un rey llamado Kafur. El rey prometió al poeta que le cedería una provincia si cantaba sus hazañas. Pero Kafur no cumplió su promesa. Su visir, un hombre listo que supo reconocer el genio del poeta, advirtió al rey que si se desdecía de su palabra pasaría a la historia como el hazmerreír de los gobernantes. Y se sabe que el rey replicó: <<¿Quieres que ceda una  provincia a este poeta ávido de poder? Un hombre que presume de que su inspiración proviene del poeta Mahoma, ¿no reclamará un reino cuando falte Kafur?>>.

>> Y al- Mutanabbi abandonó la corte de Kafur y se burló de él, inmortalizándolo en versos tan mordaces que se dice que las serpientes  se ocultaban bajo piedras ante el horror de no poder competir con un veneno.

>>Deambuló hasta llegar a Shiraz, en Persia, donde se unió a Adud al Dawlah; pero este gobernante también se mostró incapaz de satisfacer las necesidades del poeta. Así que el poeta intentó volver a Irak, pero fue asaltado y asesinado por unos bandoleros cuando iba de camino. Fue el hombre que en sus inicios dijo:

                Me conocen los sementales, y la noche, y el desierto,

               y la espada, y la lanza, y el papel y el lápiz.

>>Pero que antes de su muerte tuvo que decir.

                 No soy más que una flecha, disparada al aire,

                 que desciende de nuevo, sin dar en el blanco.

>>Y fue asesinado junto al norte de Bagdad, donde todos los poetas van a morir.

La cuarta noche, una vez montadas las tiendas, Jayal empezó:

-Soy poeta. Con tres años, ya era capaz de asombrar a cuantos eran testigos de la elocuencia con que manejaba nuestro ilustre idioma. Aprendí a leer y a escribir. Memoricé a los grandes y a los mediocres y a los muy malos. He ganado más guerras  de poesía en los países sirios que cualquier otro contendiente. Sé panegíricos, sé poemas de amor. Puedo recitar el Mu allaqat  entero, las quasidas. Estoy familiarizado con los poemas ghazal y con las yamiriyas, las canciones de Baco.

-Esta noche el poeta se nos ha puesto jactancioso- dijo Fátima-. ¡Qué encanto!

-Me inspira respeto. Pero aún no me ha seducido- dijo  Jawad-

-Soy un gran amate. Desde Bagdad hasta Túnez los chicos me recuerdan en sus sueños. Soy aquel cuyas hazañas son recordadas con cariño por todos los chicos, sin que importe cuántos me hayan sucedido en sus lechos. Soy aquel que ha dejado a su paso un rastro de conquistas más largo que el propio Nilo.

-Baladronadas y fuegos artificiales- aplaudió Fátima-. Todos los poetas necesitan un poco de exhibición.

-No encuentro lo que dice especialmente tentador- dijo Yawad-. Valoro la técnica, pero mi alma sigue fría.

 

Y la quinta noche, Jayal dijo:

-Os ruego que me perdonéis. Lo he hecho todo mal. Os imploro que olvidéis lo sucedido hasta ahora y que me permitáis empezar de nuevo.

-Sigue, por favor- dijo Yawad.

-Tus disculpas no son necesarias- añadió Fátima-. Tal vez no hayas seducido al muchacho, pero no cabe duda que nos has distraído en este largo viaje, y te estamos agradecidos por ello. Procede.

Y Jayal empezó:

                          Mi amor por ti, Yawad,

                          no provoca en mí salud ni alegría

                          eres la luna que ha tomado

                           la forma de un chico.

-Vaya, qué maravilla –alabó Fátima- . Hemos vuelto a Abu Nawas. Vamos a disfrutar de una velada de poemas de amor. Te gustará, Yawad.

                           En tu rostro se aprecia un vello tan leve

                          que podría ser llevado por la brisa, o por un aliento;

                         suave como la flor del membrillo que

                          podría morir bajo el roce de un dedo.

                          Con cinco besos tu rostro queda limpio

                          Mientras en el mío ha crecido la barba.

 

-Ah- suspiró Fátima-, eso debe de ser latín.

-Me ha gustado- dijo Yawad-, pero el hecho de que mi pretendiente me encuentre bello, ¿implica obligatoriamente que deba gustarme? Esta forma de poesía resulta halagadora, deliciosa, pero mi alma sigue intacta. Sólo sirve para aumentar mi añoranza por lo inefable.

-Tu nombre significa <<caballo>>. El mío, <<jinete>>. Estamos hechos para cabalgar juntos. ¿No lo ves?

-Lo que veo es no me has seducido. Mi corazón no tiembla.

 

Y la sexta noche, Jayal dijo:

-Mi amor. Estamos a solo un día de nuestro destino. Temo que me quede poco tiempo, y lamento todo el que he malgastado.  Al parecer no poseo la habilidad de conquistarte, ni talento alguno para la seducción. Deja que intente convencerte a través de la historia del poeta y Aslam.

-Me encantan las historias.

-Se trata de un relato conocido, que he leído en el tratado sobre el amor de Ibn Hazm, El collar de la paloma. En las tierras árabes de Andalucía, vivió un literato, Ahmad Ben Kulaib al- Nahawi, un poeta de gran talla, famoso por su verso y sobre todo por sus poemas sobre Aslam, el chico cuyo nombre significa <<rendición>>. Estudiantes de toda Córdoba iban a casa de Nahawi a estudiar con él. El chico era uno de sus alumnos. Era bello, refinado, culto, entusiasta y lleno de talento. El maestro se enamoró de su pupilo, y la paciencia no tardó en desertar de aquel hombre antaño estoico. Empezó a recitarle poemas de amor. Se desataron los rumores. Sus ingeniosos versos de rendición a Aslam se repetían en las reuniones que tenían lugar en la ciudad roja.

>>Cuando Aslam se enteró de los cotilleos, dejó de visitar a su mentor, desapareció de sus clases. Se confinó en su casa y en su pórtico. El maestro dejó de enseñar, no hacía otra cosa que pasear por delante de la casa de Aslam, con la esperanza de entrever a su amado. Sus pasos levantaban polvo todos los días, polvo que solo volvía al suelo por la noche. Aslam dejó de asomarse a la puerta durante el día. Solo después de las plegarias vespertinas, cuando la oscuridad se apoderaba de la luz de la tarde tiñéndola de negro, Aslam se aventuraba a llegar hasta la puerta para respirar un poco de aire fresco.

>>Al comprender que sus ojos no podían contemplar ya esa belleza, el poeta recurrió al engaño. Una tarde cogió la vestimenta de un campesino, se cubrió la cabeza como hacían ellos, y con unos pollos en la mano y una cesta de huevos en la otra se acercó a Aslam y le dijo:

>>- He venido hasta ti, mi señor, para entregaros estos alimentos.

>>-¿Y quién eres? – preguntó Aslam.

>>-Soy vuestro criado, mi señor. Trabajo para vos en la granja.

>>- Aslam invitó al hombre a entrar en su casa, le ofreció una taza de té e hizo que sus esclavos se llevaran los pollos y los huevos a la cocina. Preguntó al poeta si la granja marchaba bien. El poeta replicó que sí. Pero cuando Aslam empezó a hacer preguntas sobre los granjeros y sus familias el poeta no supo qué contestar.

>>Y Aslam se percató del disfraz.

>>- Oh, hermano – exclamó el joven-. ¿No tienes vergüenza? ¿No tienes compasión? Ya no puedo asistir a clase. Llevo mucho tiempo sin salir de casa. ¿No te basta con que no pueda sentarme en mi propio pórtico a la luz del día? Me has quitado todo lo que me complacía. Me has convertido en un prisionero en la cárcel de tu obsesión. Juro por Dios que nunca abandonaré el santuario de mi casa; ni de día ni de noche saldré al pórtico.

>>El poeta convocó a sus amigos y les confesó todo lo que había pasado.

>>Sus amigos preguntaron:

>>-¿Has perdido los pollos y los huevos?

>>La desesperación se abatió sobre el pobre poeta postrándolo en cama, enfermo. Un amigo, Mohamed ben al- Hassan, fue a visitarlo y lo halló débil y macilento.

>>-¿Por qué no te trata un médico?

>>-Mi cura no es ningún misterio, y ningún doctor puede sanarme.

>>-¿Y cuál es el remedio?

>>-Volver a ver a Aslam.

><En el corazón de Mohamed nació la compasión. Fue a ver a Aslam, quien le recibió como haría cualquier anfitrión educado. Servido el té, el amigo del poeta, dijo:

>>-Debo pedirte un favor. Se trata de Ahmad ben Kulaib al-Nahawi.

>>-Ese hombre me ha arrastrado al lodo, me ha convertido en objeto de chistes procaces. Ha mancillado mi nombre, mi reputación y mi respeto.

>>- Lo comprendo, pero permite que el Todopoderoso sea el juez definitivo. Le perdonarías si vieras el estado en que se encuentra. Ese hombre se está muriendo. Tu visita sería un acto de caridad.

>>-Por Dios, no puedo hacerlo. No me lo pidas.

>>-Debo pedírtelo. No temas por tu reputación. Lo único que harás será visitar a un enfermo.

>>- Aslam se negó una y otra vez, pero el amigo no cejó en su empeño, invocando a su honor, hasta que Aslam consintió.

>>-Vayamos, pues- dijo el amigo.

>>-No. Me siento incapaz de hacerlo hoy. Mañana.

>>Mohamed le arrancó la promesa y le dejó para volver a casa del poeta. Cuando le comunicó la visita que recibiría al día siguiente, la luz volvió a los ojos de su amigo.

>>Al día siguiente Mohamed regresó a casa de Aslam.

>>-Cumple con tu promesa- dijo cuando hubo saludado a su anfitrión. Y partieron en dirección a la casa del poeta. Pero cuando llegaron a la puerta, Aslam se paró, y con el rostro arrebolado balbuceó:

>>- No puedo. Soy incapaz de dar un paso más. He llegado hasta la casa, pero no puedo entrar.- Y, raudo como un cabello de carreras, huyó.

>>El amigo corrió tras él y agarró a Aslam de la capa. Aslam siguió huyendo, y Mohamed se quedó con trozo de tela en la mano.

>>Uno de los criados del poeta había visto acercarse a los invitados y había informado de ello a su señor, de manera que cuando Mohamed entró en la casa solo, el poeta sufrió una gran decepción. Rasgó el trozo de tela. Insultó a Mohamed, maldijo al mundo, abjuró del destino, gritó de ira y lloró de pena. Su amigo se dispuso a marcharse, pero el poeta lo cogió de la muñeca.

>>- Ve con él- dijo el poeta-. Y dile esto:

                Rendición, oh mi amor,

               de los enfermos, apiádate.

                Mi corazón anhela tu visita

               más que la propia compasión de Dios.

>>- ¡No te apartes de la fe!- le reprendió Mohamed-. ¿A qué viene esta blasfemia?

>>Dejó al poeta sumido en el enojo, pero apenas había salido a la calle cuando oyó los gritos de duelo. El poeta, Ahmad ben Kulaib al-Nahawi, había muerto con los dedos aferrados al trozo de lana.

>>Y esto es verdad: años después, en un día gris y lluvioso, cuando solo los fantasmas y los yinns pueden andar sin protección, el guarda del cementerio reconoció a Aslam, que ya se había convertido en un gran poeta, sentado frente a la tumba de Ahmad ben Kulaib al- Nahawi: le presentaba sus respetos; visitaba al difunto, empapado hasta la médula. La lluvia surcaba su cara como si fueran lágrimas.

Fátima también tenía lágrimas en los ojos.

-Es una historia triste- dijo ella.

-Me dan pena los poetas- dijo Yawad- . Me duele el corazón. Estoy conmovido. –Yawad miró con tristeza a sus compañeros-. Pero no me has seducido.

 

Y la séptima noche, a las puertas de Alejandría, un vencido Jayal se postró de rodillas ante su adorado.

-No tengo nada más que dar,  nada excepto a mí mismo. Si quieres abandonarme, partiré antes de que amanezca, pero si tomas mi mano te ofreceré el mismo pacto que Ruth propuso a Noemí: Donde tú vayas yo iré, y donde te quedes yo me quedaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios mi Dios. Donde tú mueras, moriré yo, y allí seré enterrado.

Y Yawad cogió la mano de Jayal.

Rabih Alameddie

Ed. Lumen

 

 

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Comentarios El contador de historias, Rabih Alameddine

¡Qué sorpresa! Lo compré hace tiempo y ahí sigue, durmiendo el sueño de los justos. Me has animado a cogerlo ahora que estoy fuerte, sí, porque es gordo gordo y gordo.
Un beso, y un gracias... ¡que sean dos!
Es un libro que te cautiva, amiga. Aunque al principio cuesta un poco, porque cambia continuamente de escenarios, pero ya verás como te embruja
Un beso giganteee...
Es un libro que te cautiva, amiga. Aunque al principio cuesta un poco, porque cambia continuamente de escenarios, pero ya verás como te embruja
Un beso giganteee...

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