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La colmena. Narrativa de los años 50. Maratón de literatura

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La colmena, considerada la obra cumbre de Camilo José Cela, se publicó en Argentina en 1951, debido a la censura. Iba a formar parte de una serie titulada Caminos inciertos que nunca llegó a editarse.  La novela se desarrolla en Madrid en la postguerra española.

Su gran novedad es, precisamente, que el protagonista no es una u otra persona sino toda Madrid, toda la ciudad de Madrid,  su finalidad es reflejar el ambiente de toda la sociedad, aunque incida sobre todo en las escalas más desfavorecidas.

En la <<Nota a la primera edición>> de La Colmena, el propio  Cela  nos descubre las claves de su obra, al explicarnos su propia concepción de la literatura y su visión sobre la vida y el ser humano:

<<Mi novela La colmena (…) no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad.

Mienten  quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la literatura. Ese mal que corroe las almas; ese mal que tiene tantos nombres como queramos darle, no puede ser combatido con los paños calientes del conformismo, con la cataplasma de la retórica y de la poética.

Esta novela mía no aspira a ser más – ni menos, ciertamente- que un trozo de vida, narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive – en nosotros o fuera de nosotros-; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios.

Pienso que hoy no se puede novelar mas –mejor o peor- que como yo lo hago. Si pensase lo contrario, cambiaría de oficio. >>

Lo más destacado de la obra es la falta de argumento.  El autor refleja el ambiente de pobreza del Madrid de 1942, en el que un gran número de personajes, fracasados y relacionados entre sí, intentan sobrevivir.

En la obra aparecen casi trescientos personajes que representan a todas las capas sociales, aunque abundan los pertenecientes a la clase empobrecida por la guerra. No todos tienen la misma importancia, ya que sólo unos pocos hacen avanzar la acción. Destacan Martín Marco y su hermana Filo, doña Rosa – la tiránica dueña del café-, don Roberto, la señorita Elvira, Victoria, etc. Todos ellos viven hundidos en el caos y el fracaso. Están retratados de una manera viva, con breves trazos que a veces son caricaturescos. Cela, muy crítico con los que abusan de su situación de privilegio, describe con ternura a aquellos que son maltratados por la vida: <<doña Rosa va y viene entre las mesas del café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengado. Para doña Rosa el mundo es su café, y alrededor de su café, todo lo demás. ( …) Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está a buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta .>>

La acción transcurre en poco más de dos días de un invierno de posguerra. La sucesión normal del tiempo se trastoca para crear una impresión de desorden. El espacio se circunscribe a Madrid y al café de doña Rosa, punto de encuentro de muchos de los personajes de la novela. El café representa, a pequeña escala, la sociedad española del momento.

La obra se estructura  en seis capítulos y un final. Los capítulos, que se dividen en secuencias simultáneas, narran múltiples historias que describen una problemática colectiva. Se utiliza para ello la técnica caleidoscópica, es decir, la acumulación de fragmentos narrados con puntos de vista diferentes, sin aparente conexión entre ellos. Lo que la dota de consistencia es precisamente esa serie de instantáneas fotográficas (celdillas de una colmena) que muestran estampas de la vida cotidiana. Es justo el clima de miseria, pobreza y alienación, lo que  da unidad interna al conjunto.  El final permanece abierto, ya que el lector no sabe cómo termina la peripecia vital del protagonista.  

El punto de vista del narrador corresponde, generalmente al de un narrador omnisciente en tercera persona, que adopta la perspectiva de cámara cinematográfica: se limita a reflejar lo que hacen o dicen los personajes. Sin embargo, en ocasiones, el novelista se inmiscuye en el relato y opina sobre las situaciones con el propósito de ironizar y deformar la realidad.

Sobresale el estilo de la obra por los distintos tonos que utiliza el autor: crítico, sarcástico, lírico, etc. El lenguaje, aparentemente natural y directo, esconde una minuciosa labor cuyo objetivo es conseguir un tono caracterizado por la repetición de elementos y la acumulación de adjetivos.

Uno de los centros neurálgicos en los que se desenvuelve es el café de Doña Rosa. Por ese lugar desfilan varios personajes (Alfonsito, Seoane, don Pablo, etc.), que el autor presenta por medio de rápidas y brevísimas descripciones (a veces, con tan sólo uno o dos datos) y sobre todo por los diálogos que entablan entre sí. Se nos presenta así ese ambiente dramático en el que viven los personajes. La enfermedad y la miseria aparecen ya en uno de los primeros párrafos: <<Alfonsito… tose constantemente. Su padre… murió en el Hospital del Rey. Su madre fregaba unos despachos en la Gran Vía y comía en Auxilio Social.

Notamos la despreocupación e indiferencia de los personajes ante la realidad en que viven: <<La gente se pone a hacer cola para las noticias, como si no hubiera otra cosa más importante que hacer>>. <<¡ Para lo que se saca en limpio! ¿usted entiende algo de eso de tanto Gobierno como anda suelto por el mundo, Seoane?>>. Este estado evasivo raya en el egoísmo más absoluto, con una miopía total en boca de doña Asunción: <<Yo no sé para qué querrán enterarse tanto de todo lo que pasa. ¡Mientras estemos tranquilos!>>

En boca de doña Rosa, germanófila, oímos juicios tan superficiales  como: <<Lo que hay es que los alemanes, que son unos caballeros como Dios manda, se fiaron demasiado de los italianos, que tienen más miedo que ovejas>>. Llega incluso a vaticinar que el destino de su Café será similar al de Wehrmacht.

La monotonía y el aburrimiento también son constantes de este mundo: <<el violinista y el pianista, con resignado gesto de colegiales, rompen el tumulto del Café con los viejos compases, tantas veces -¡ay Dios- repetidos y repetidos>>.

El carácter evasivo de los protagonistas, el mundo alienante y dramático en que se mueven estos seres: <<Seoane es un hombre que prefiere no pensar; lo que quiere es que el día pase corriendo, lo más de prisa posible, y a otra cosa>>.

Cela intenta un tratamiento objetivo a su novela: nos presenta rápidamente a los personajes y son ellos los que se nos muestran por medio del diálogo. Pero, a veces, el autor interviene directamente con sus juicios: <<Seoane sonríe, con su cara amarga de enfermo de estómago, y calla. ¿Para qué hablar? , << el violinista y el pianista… rompen el tumulto del Café con los viejos compases, tantas veces –¡ay Dios!- repetidos y repetidos>>.

Aunque el autor procura plasmar la miseria física y moral de sus personajes, los trata, a veces, con cierta ternura. <<Macario es un sentimental mal alimentado que acaba, por aquellos días de cumplir los cuarenta y tres años>>. El fino humor y la ironía sutil del autor también están presentes en el texto:

<<Vega compra el periódico. Su vecino le pregunta:

-¿Buenas noticias?

Vega es un ecléctico.

-Según para quién. >>

Las expresiones populares son utilizadas con acierto: <<Oye rico, ¿dónde has ido por el papel? ; <<Mucho recular me parece ese…>> <<Delante de Hitler me quedaría más azorada que una mona>> Cela maneja con acierto el lenguaje y su polisemia: <<Ese y el Papa, yo creo que son los dos que azoran más>>, el valor polisémico de azorar ( asustar, turbar, incitar) demuestra el fino sentido crítico.

 

La Colmena

Alfonsito, el niño de los recados, vuelve de la calle con el periódico.

-Oye, rico, ¿dónde has ido por el papel?

Alfonsito es un niño canijo, de doce o trece años, que tiene el pelo rubio y tose constantemente. Su padre, que era periodista, murió dos años antes en el Hospital del Rey. Su madre, que de soltera fue una señorita llena de remilgos, fregaba unos despachos de la Calle Gran Vía y comía en Auxilio Social.

-Es que había cola, señorita.

-Sí, cola; lo que pasa es que ahora la gente se pone a hacer cola para las noticias, como si no hubiera otra cosa más importante que hacer. Anda, ¡trae acá!

-Informaciones se acabó, señorita; le traigo Madrid.

-Es igual. ¡Para lo que se saca en limpio! ¿Usted entiende algo de eso de tanto Gobierno como anda suelto por el mundo, Seoane?

-¡Psché!

-No hombre; no hace falta que disimule; no hable si no quiere. ¡Caray con tanto misterio!

Seoane sonríe, con su cara amarga de enfermo de estómago y calla. ¿Para qué hablar?

-Lo que pasa aquí, con tanto silencio y tanto sonreír, ya lo ´se yo, pero que muy bien. ¿No se quieren convencer? ¡Allá ustedes! Yo lo que les digo es que los hechos cantan, ¡vaya si cantan!

Alfonsito reparte Madrid por algunas mesas.

Don pablo saca las perras.

-¿Hay algo?

-No sé, ahí verá.

Don Pablo extiende el periódico sobre la mesa y lee los titulares. Por encima de su hombro, Pepe procura enterarse.

La señorita Elvira hace una seña al chico.

-Déjame el de la casa, cuando acabe doña Rosa.

Doña Matilde, que charla con el cerillero mientras su amiga Doña Asunción está en el lavabo, comenta despreciativa:

-Yo no sé para qué querrán enterarse tanto de todo lo que pasa. ¡Mientras aquí estemos tranquilos! ¿No le parece?

-Eso digo yo.

Doña Rosa lee las noticias de la guerra.

-Mucho recular me parece ése… Pero, en fin, ¡si al final lo arreglan! ¿Usted que al final lo arreglaran, Macario?

El pianista pone cara de duda.

-No sé, puede ser que sí. ¡Si inventan algo que resulte bien!

Doña Rosa mira fijamente para el teclado del piano. Tiene el aire triste y distraído y habla consigo misma, igual que si pensara en alto.

-Lo que hay es que los alemanes que son unos caballeros como Dios manda, se fiaron demasiado de los italianos, que tienen más miedo que ovejas ¡No es más!

Suena la voz opaca, y los ojos, detrás de los lentes, parecen velados y casi soñadores.

-Si  yo hubiera visto a Hitler, le hubiera dicho: <<No se fíe, no sea usted bobo, que ésos tienen un miedo que ni ven!>>

Doña Rosa suspira ligeramente.

-¡Qué tonta soy! Delante de Hitler, no me hubiera atrevido ni a levantar la voz…

A doña Rosa le preocupaba la suerte de las armas alemanas. Lee con toda atención, día a día, el parte del Cuartel General del Führer, y relaciona, por una serie de vagos presentimientos que no se atreve a intentar ver claros, el destino de la Wehrmacht con el destino de su Café.

Vega compra el periódico. Su vecino le pregunta:

-¿Buenas noticias?

Vega es un ecléctico.

-Según para quién.

El echador sigue diciendo << ¡Voy!>> y arrastrando los pies por el suelo del Café.

-Delante de Hitler me quedaría más azorada que una mona; debe de ser un hombre que azore mucho; tiene una mirada como un tigre.

Doña Rosa vuelve a suspirar. El pecho tremendo le tapa el cuello durante unos instantes.

-Ese y el Papa, yo creo que son los dos que azoran más.

Doña Rosa dio un golpecito con los dedos sobre la tapa del piano.

--Y, después de todo, él sabrá lo que se hace: para eso tiene a sus generales.

Doña Rosa está un momento en silencio y cambia la voz:

-¡Bueno!

Levanta la cabeza y mira para Seoane:

-¿Cómo sigue su señora de sus cosas?

-Va tirando; hoy parece que está un poco mejor.

-Pobre Sonsoles, ¡con lo buena que es!

-sí, la verdad es que está pasando una mala temporada.

-¿Le dio usted las gotas que le dijo don Francisco?

-Sí, ya las ha tomado. Lo malo  es que nada le queda dentro del cuerpo; todo lo devuelve.

-¡Vaya por Dios!

Macario teclea suave y Seoane coge el violín.

-¿Qué va?

-<<La verbena>>, ¿le parece?

-Venga.

Doña Rosa se separa de la tarima de los músicos mientras el violinista y el pianista, con resignado gesto de colegiales, rompen el tumulto del Café con los viejos compases, tantas veces - ¡ay, Dios!- repetidos y repetidos.

¿Dónde vas con mantón de Manila

dónde vas con vestido chiné?

Tocan sin papel. No hace falta.

Macario, como un autómata, piensa:

<<Y entonces le diré: -Mira, hija, no hay nada que hacer; con un durito por las tardes y otro por las noches, y dos cafés, tú dirás-. Ella, seguramente, me contestará:

-No seas tonto, ya verás, con tus dos duros y alguna clase que me salga…-Matilde, bien mirado, es un ángel; es igual que un ángel.>>

Macario, por dentro, sonríe; por fuera, casi, casi. Macario es un sentimental mal alimentado que acaba, por aquellos días, de cumplir los cuarenta y tres años.

Seoane mira vagamente para los clientes del Café, y no piensa en nada. Seoane es un hombre que prefiere no pensar; lo que quiere es que el día pase corriendo, lo más de prisa posible, y a otra cosa.

Camilo José Cela

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Comentarios La colmena. Narrativa de los años 50. Maratón de literatura

hermosa¡¡ a ver si te escribo sí?? ya he recibido tu mail....es que ni flowers de por qué me devuelve los mails.......lo cierto es que me pasa muy amenudo........contigo me ha pasado pero con otras personas también............
bueno, un saludito y un beso fuerte y ya te cuento ,sí???
besosssssss'¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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