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La ciudad de los libros soñadores, Walter Moers

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La ciudad de los libros soñadores, Walter Moers
Danzarote: Lo que te quería decir: esa historia estaba tan perfectamente escrita, de forma tan intachable, que mi vida cambió radicalmente. Decidí renunciar en gran parte a escribir, porque nunca podría conseguir nada ni siquiera de lejos tan perfecto (…). Decidí poner mi vida al servicio de aspectos artesanales de la escritura. Limitarme a las cosas que pueden transmitirse. Ya sabes: la coliflor.

En ocasiones a los escritores puede asaltarles las dudas, dudas que pueden taponar la creatividad literaria, pesadas losas que impiden que salgan las palabras. ¡Sí! Al escritor le puede suceder lo mismo que le sucede al padrino literario del personaje de esta historia, que lea un texto tan perfecto, tan iluminado por la inspiración o el Orm –según el libro- que ponga pies en polvorosa: puesto que no soy capaz de escribir algo tan perfecto, abandono, me dedico a otros menesteres, por ejemplo, a exaltar las cualidades de la coliflor.
Danzarote Tornasílabas en el lecho de muerte lega a su querido discípulo, Hildgunst von Mythenmetz, su joven e inexperto dragón, aspirante a escritor, el famoso manuscrito y le hace prometer que buscará al anónimo escritor y aprenderá de él, que lo ayudará a conseguir sus propósitos y protegerá sus intereses. Es un viaje muy peligroso, porque los libros no sólo pueden alimentarnos, sino también herirnos, volvernos locos y hasta matarnos. Por eso, sólo los intrépidos pueden acometer esta aventura; mientras que a los cobardes y los bravucones el narrador les desea toda la suerte del mundo, mientras se tapan los ojos y se meten en la cama, después de cerrar el libro con contundencia.
Averiguamos que la historia es el primer ejercicio literario del aprendiz de escritor y que ha sido traducida del zamonio e ilustrada por Walter Moers. Las ilustraciones son un manjar precioso, gracias a ellas no nos sentimos abandonados ante este despliego alucinógeno de imaginación, al que asistimos no sólo mediante las palabras sino también gracias a las imágenes dosificadas a lo largo de la historia, no vano el escritor ha sido dibujante de cómic y eso es de agradecer.
Acompañamos al joven dragón a Bibliópolis, la Ciudad de los libros soñadores, recorremos sus calles, asistimos a la partida de cartas que realizan los críticos literarios, capaces de escribir una crítica aniquiladora y fulminar al escritor en ciernes con un rayo; descubrimos todo tipo de librerías y libreros, embaucadores, pobres poetas, comerciantes y cazadores de libros. El mundo que aparece ante nosotros está cosido con un hilo muy fino y mordaz, para que el lector avispado asienta una y otra vez, para que se ría y reafirme los movimientos perspicaces de la escritura.
El pobre Hildgunst no sabe por dónde empezar: enseña el manuscrito a Hachmed Ben Mirón y a Inazea Anazazi y ambos le tiran de sus negocios. No entiende qué sucede, ¿por qué?, ¿quién es el misterioso escritor? Al fin, Claudio Arco de Arpa, un agente literario – una especie de jabalí- dispuesto a chuparle la sangre a los incautos, le recomienda que enseñe el manuscrito a Phistomefel Smeik. Pero para que la novela se torne interesante, para que el lector sienta que ha invertido bien un tiempo precioso, la historia tiene que lanzarnos lazos y trampas, debemos caernos en el agujero, entrar en el laberinto, padecer penalidades y sufrir inclemencias; en caso contrario, ¡el héroe literario sería un enclenque y nos aburriríamos! Más aún si la novela pretende atrapar a los jóvenes lectores, que ellos sientan el aguijoneo de no saber qué va a pasar a continuación, que sigan ávidos la historia.

Por eso, sin que él lo sepa, el incauto protagonista se mete en la boca del lobo, pues el editor no es quién dice ser. Lo envenena y lo deja en las catacumbas, felicitándose por su inteligencia. El pobre siente el fétido de la araña, escucha el canto mortal de las arpías, deambula por un paisaje, donde los libros pueden moverse o explotar, conoce a los “temibles” librillos y se enfrenta a los cazadores. El autor no quiere dosificar su imaginación, muy al contrario, esta nos aborda sin preámbulos en cada página y nos mantiene en vilo. El lenguaje se viste con el traje de gala: en ocasiones poético, otras, envolvente, hasta caótico u preciosista. Todos esos estadios aparecen en la historia, donde podemos cazar al vuelo citas de otros autores, inventariar los géneros literarios, descubrir sus teorías o acompañar a los maestros, ocultos en el antifaz del anagrama.

Sin duda esta historia encierra muchas otras historias: la cómica y mordaz, la terrorífica, la adoctrinadora, la fantástica, la de aventuras. Walter Moers ha sabido construir un mundo literario firme, con los pilares sólidos de su propia cultura literaria, pero también con su buen hacer, con su capacidad asombrosa para crear un edificio literario con paneles que dejan pasar la luz, pues los expertos se rían siguiendo las pistas, por ese camino de baldosas lingüísticas. Mientras el joven lector se sentirá sin duda atrapado en el laberinto, saboreará esta tarta literaria con fruición y se quedará saciado.

Mari Carmen Moreno Mozo

Crítica literaria

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