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Cinco horas con Mario. Narrativa de los años 50. Maratón de literatura

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Dentro del realismo objetivo algunas obras se caracterizan por una visión satírica de la realidad. Una de estas novelas – Cinco horas con Mario (1966) – de Miguel Delibes.

Se nos narra un largo soliloquio de una mujer ante el cadáver de su marido, que acaba de morir. En ese tiempo, delimitado por un prólogo y un epílogo que abren y cierran la novela, Carmen evoca los años vividos con Mario. En un monólogo interior  doloroso y amargo de la protagonista, ésta crítica duramente a su marido, impotente interlocutor y pone de manifiesto todo el mundo fatuo, vacío e hipócrita que subsiste en gran parte de la burguesía española. El tema está claro: el contrapunto entre la mentalidad reaccionaria de Carmen y la liberal de Mario.

Cada capítulo de los que componen el soliloquio de Carmen va encabezado por unas líneas de la Biblia – libro que acostumbraba a leer su marido- que dan pie a la crítica desordenada y acerba de la protagonista. Es solamente el recurso técnico del autor que sirve además para acentuar  más la mentalidad huera e hipócrita de Carmen (sus ideas y  concretamente su falta de religiosidad se oponen al verdadero mensaje bíblico).

Así en la obra encontramos:

Los juicios superficiales sobre las personas: <<… A Josechu, a bueno, no le gana nadie, de una familia de aquí, de toda la vida, figúrate los Prados, conocidísimos, que hizo la guerra en primera fila, honrado a carta cabal>>.

La irresponsabilidad de Carmen frente a la honestidad  y la dignidad de Mario: <<.. Al fin y al cabo si él era el jefe de mesa o como se llame, a ti que te iba ni te venía, con su pan se lo coma, él era el responsable, ¿no? Bueno, pues tú que nones, que a contar, uno por uno y a contar>>.

La ignorancia de la protagonista, que le lleva a hacer interpretaciones simplistas de determinados conceptos, <<… que si tú dices << no me gusta pero acepto la decisión de la mayoría “, pues todos contentos, fijo, que después de todo, esa es la democracia si no te he entendido mal>>.

La tremenda simpleza de Carmen al confundir la honestidad de Mario con la intransigencia cerril que ella le atribuye << y a ti lo que te gusta por vivir es meter bulla, desafiar a la ciudad, aquí estoy yo, y aunque todos digáis blanco, yo digo negro, pues porque sí, porque se me antoja, que te tengo muy calado>>.

Las increpaciones de Carmen nos revelan cualidades de su marido; por ejemplo, su inteligencia frente a la <<miopía mental de su mujer, <<… pero si te has pasado la vida diciendo que República y Monarquía no son más que palabras, y que tanto daba la una como la otra y que lo importante es lo que hubiera debajo>>.

El sentimentalismo, falso e hipócrita, pura sensiblería  << para haberle dado algo, acuérdate de su padre, una hemiplejía, que se pasó media vida en un sillón de ruedas, pobre señor, todo porque una criada le soltó cuatro frescas>>.

El egoísmo y la ingratitud: <<… que esa es la herencia que me dejas, tú dirás, ahora, si no fuera por papá, una pensión, a ver, la viudedad ni para el piso, que esa es otra cosa que está mal, yo misma lo comprendo>>.

La ramplonería hiriente: <<… porque ¿ quieres decirme dónde has ido tú?, coche todo el mundo y tu mujer, a patita, eso, que no tienes ni dónde caerte muerto, ¡válgame Dios!, una cubertería de alpaca a todo tirar, que hasta vergüenza me da el decirlo>>.

La vanidad ridícula e irritante; tras la que, a veces, se esconden tremendos prejuicios: <<… porque había otros hombres, Mario, y tú lo sabes, que no me faltó donde elegir, y aún les hay si me apuras, que después de casada no me hubieran faltado proposiciones>>.

Los convencionalismos absurdos: por ejemplo, en las opiniones de la viuda sobre los hombres: <<… vosotros a descansar, que eso es lo que explotáis los hombres; la bendición, un seguro de fidelidad, como yo digo, habéis comprado una fregona, una mujer que de dos os saca cuatro, ¿ qué más vais a pedir? Así es muy cómodo, que, mientras, vosotros, ¡hala!, todo el monte es orégano, lo que os da la gana>>, o estas otras, sobre la experiencia sexual de los hombres <<… Como eso de que llegaste virgen al matrimonio tan virgen como yo, mira guapín, eso se lo cuentas a un guardia (…), los hombres, todos iguales, ya se sabe>>.

La protagonista no sólo se nos revela por el contenido de sus ideas sino también por la expresión. Carmen utiliza, en su monólogo, los recursos propios del nivel coloquial, pero su léxico vulgar e impreciso  y su sintaxis incorrecta reflejan su ramplona personalidad. Hay así una perfecta adecuación entre fondo y forma:

Expresiones populares ( palabras y locuciones) que a veces rayan en la vulgaridad: <<que rey ni qué niño muerto>>, <<no te daba ni frío ni calor>>, <<buscarle las vueltas>>, <<con su pan se lo coma>>, <<que diga misa>>, <<tener un poquito de correa>>, <<le soltó cuatro frescas>>, <<Mario, tonto del higo>> << que timidez ni qué ocho cuartos>> <<¿ es que crees que me chupo el dedo>>, etc.; <<lechazo>> <<trepe>>, <<proporciones>>.

Léxico impreciso: <<si él era el jefe de mesa o como se llame>>, <<en blanco o como se diga>>, etc.

Sintaxis incorrecta: <<lo que te gusta por vivir es meter bulla >>, etc.

Pueden verse otras características del nivel coloquial:

Ordenación subjetiva de los elementos oracionales: <<Te digo mi verdad, pero el que no la reconozcas es lo que peor llevo>>.

Interrogaciones retóricas: <<¿quieres decirme dónde has ido tú, cariño?

Oraciones suspendidas. <<si yo te contase, que éste es el chiste, pero como una es una mujer de su casa>>.

Sintaxis sincopada: <<Porque no me digas a mí, que a Josechu, a bueno, no le gana nadie, de una familia de aquí, de toda la vida, figúrate los Prados, conocidísimos, que hizo la guerra en primera línea>>.

Superación de los elementos oracionales al faltar los elementos conectores: <<tú dirás, ahora, si no fuera por papá, una pensión, a ver, la viudedad ni para el piso, que esa es otra cosa que está mal, yo misma lo comprendo>>.

Utilización de comodines: <<Bueno, pues tú que nones>>, << y que tartamudeaba al hablar y todo>>, etc.

Carácter apelativo y expresivo de muchos elementos:

Indicadores apelativos: <<Mario, cariño, tú dirás, convéncete>>, etc.

Indicadores expresivos: <<coche todo el mundo y tu mujer a patita>>, <<mira guapin>>, etc. También hay muchas exclamaciones: (hala, ¡válgame Dios!, etc.)

Los recursos narrativos que destacan en toda la novela son el monólogo interior y la reiteración.

El monólogo interior se caracteriza por el uso de la segunda persona. El lector puede aproximarse al personaje-narrador y, al mismo tiempo, observarlo críticamente. Con la segunda persona se consigue casi la identificación lector-personaje de la primera y el distanciamiento crítico de la tercera.

Otro elemento es la reiteración. La repetición de elementos léxicos produce una intensificación del significado y de las estructuras sintácticas origina un continuo movimiento que constituye el verdadero ritmo narrativo de la novela << y dale con que a contar y a contar  y si no contamos…>> (reiteración léxica); <<¿ a santo de qué…? ¿a qué ton dar la nota? ¿ a qué ton dar la campanada?, etc.

El reino de los cielos es semejante a un rey… qué rey ni que niño muerto, una cosa que me he preguntado mil veces. Mario, cariño, si a ti la Monarquía no te daba ni frío ni calor, ¿a  santo de qué armaste el trepe que armaste con Josechu Prados? Porque no me digas a mí, que a Josechu, a bueno, no le gana nadie, de una familia de aquí, de toda la vida, figúrate los Prados, conocidísimos, que hizo la guerra en primera fila, honrado a carta cabal, ¿a qué ton dar la nota? ¿Por qué buscarle las vueltas? Al fin y al cabo si él era el jefe de mesa o como se llame, a ti qué iba ni te venía, con su pan se lo coma, él era el responsable, ¿no? Bueno, pues tú que nones, que a contar, uno por uno y a contar, que ni sé cómo tuviste valor después de la prueba de confianza,  tú dirás, que si te eligieron fue como persona representativa, pero tú ya fuiste a regañadientes, Mario, y con ganas de alborotar, eso no hay quien me lo saque de la cabeza. Y si a Josechu le da por decir que el noventa por ciento de <<síes>>, el cuatro de <<noes>> y el seis de abstenciones, en blanco o como se diga, pues bueno, él era el jefe, ¿no?, que diga misa si quiere, ¿qué te importaba a ti al fin y al cabo? Pero no, es lo mismo que el lechazo de Hernando de Miguel , o la gresca con Fito, el espíritu de la contradicción, cariño, es tu sino, porque si, en definitiva, aquello no te gustaba, que tampoco había para tanto me parece a mí, pudiste decirlo de buenas maneras, con educación , pero nunca pasar a mayores, haciéndoles cara, que si tú me dices <<no me gusta pero acepto la decisión de la mayoría >>, pues todos contentos, fijo, que después de todo, esa es la democracia, si no te he entendido mal. <<No puedo prestarme a eso>>, así, a boca llena, con mayúsculas, hijo, como en tus libros, para que se oyera bien, que se entere hasta el apuntador, que si no dices a voces, revientas, como yo digo, y dale con que a contar y a contar, y si no contamos, no hay acta, el chantaje, qué bonito, que siempre has sido un hombre disparatado, Mario, y a ti lo que te gusta por vivir es meter bulla, desafiar a la ciudad, aquí estoy yo, y aunque todos digáis blanco, yo digo negro, pues porque sí, porque se me antoja, que te tengo muy calado. Y no es eso, Mario, calamidad, que para vivir en el mundo hay que ser más flexible, tener un poquito de correa, que mucho predicar la tolerancia y después hacéis lo que os da la realísima gana, porque, después de todo, si tú hubieras sido un republicano de toda la vida, un republicano cien por cien, vaya, me lo explico, pero si te has pasado la vida diciendo que República y Monarquía no son más que palabras, y que tanto daba la una como la otra y que lo importante es lo que hubiera debajo, ¿a qué ton dar la campanada de no firmar el acta? ¿Por qué hacerle un feo semejante a Josechu Prados que nunca tuvo con nosotros más que atenciones? No tiene sentido, convéncete, que aquello fue garrafal, que dice Vicente Rojo que el pobre Josechu llegó al Círculo descompuesto, blanco como la pared y que tartamudeaba al hablar y todo, para haberle dado algo, qué horror, acuérdate de su padre, una hemiplejía, que se pasó media vida en un sillón de ruedas, pobre señor, todo porque una criada le soltó cuatro frescas. Hay que andarse con más cuidado, Mario, tonto del higo, que por las bravas no se va a ninguna parte, convéncete, y hay que vivir en el mundo, que Josechu, muy buena persona, pero también tiene su orgullo, a ver, somos humanos, y te la guardó, acuérdate de lo de la casa, por las buenas un alma de Dios, pero no se te ocurra llevarle el contrapelo, si es de cajón. ¿Sabes lo que dijo la otra noche Higinio Oyarun y mira que ha llovido? Pues dice que dijo, Josechu, ¿comprendes?, que eras un puritano pero que aquel día no te partió la cara, como te lo digo, en atención a la amistad que sus padres tuvieron con los míos, date cuenta, el bochorno, que no sé cómo te las arreglas, pero, por fas o por nefas, te has cargado a la ciudad entera, cariño, que esa es la herencia que me dejas, tú dirás, ahora, si no fuera por papá, una pensión, a ver, la viudedad ni para el piso, que esa es otra cosa que está mal, yo misma lo comprendo. Me haces gracia con eso de que con la verdad por delante se va a todas partes, me río yo, que contigo no hay razones, porque ¿quieres decirme dónde has ido tú, cariño?, coche todo el mundo y tu mujer, a patita, eso, que no tienes ni dónde caerte muerto, ¡válgame Dios!, una cubertería de alpaca a todo tirar, que hasta vergüenza me da el decirlo. ¿Crees tú que eso es vida? Con la mano en el corazón, Mario, ¿crees tú que habrá muchas mujeres que hubieran aguantado este calvario? Te digo mi verdad, pero el que no lo reconozcas es lo que peor llevo, que en veintitrés años de matrimonio, que se dice pronto, no hayas tenido ni una sola palabra de gratitud, porque había otros hombres, Mario, y tú lo sabes, que no me faltó dónde elegir, y aún les hay si me apuras, que después de casada no me hubieran faltado proporciones, y si yo te contase, que éste es el chiste, pero como una es una mujer de su casa, una mujer como debe ser, vosotros a descansar, que eso es lo que explotáis los hombres; la bendición, un seguro de fidelidad, como yo digo, habéis comprado una fregona, una mujer que de dos os saca cuatro, ¿qué más vais a pedir? Así es muy cómodo que, mientras, vosotros, ¡hala!, todo el monte es orégano, lo que os da la gana. Como eso de que llegaste virgen al matrimonio tan virgen como yo, mira guapín, eso se lo cuentas a un guardia, una bolas así, y venga <<no me lo agradezcas, fue ante todo por timidez>>, ¡qué timidez ni qué ocho cuartos!, como si no nos conociéramos, los hombres, todos iguales, ya se sabe, que tú, dale, con que tus torpezas eran la mejor demostración, música celestial!, que lo pasa es que entre una perdida y una decente todavía hay distancia, y, en el fondo, todavía queda algo digno en vosotros y es lo que sale cuando os casáis, ni más ni menos. ¡Virgen tú! Pero ¿es que crees que me chupo el dedo, Mario, cariño? Y no es que yo vaya a decir que tú seas un vicioso, que eso tampoco, pero, vamos, algún desahogo de vez en cuando…

Miguel Delibes

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