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La chica del accidente

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La chica del accidente

 

Me acaban de llamar del hospital. Tenían algo importante que decirme. ¿Serán buenas o malas noticias? Salgo corriendo. Ahí está Aitor, esperándome. Subo al coche, me pongo el cinturón. Voy de camino. Giro dos calles y llegó. En este momento se me nubla la vista, no veo nada. ¿Qué había pasado? Oía voces en torno mío. ¿Qué demonios había pasado? Voces clavándose y desclavándose, yo no lograba interceptar lo que decían. ¿Dónde me hallaba?

Hasta que escuché con claridad la voz de Aitor. Al principio sus palabras me suenan a susurros, apenas audibles, hasta que se altera la modulación de su voz y lo que dice se hunde hasta mis entrañas.

-¿Cómo que estabas embarazada?

-¿Qué? ¿Cómo puede sucederme esto a mí?

-Lorena, te llaman.

-¿Quién? Yo no he quedado con nadie.

-No sé… Creo que es Roberto.

-Dile que no estoy. Ya hablaré con él mañana.

Me voy a dormir. Tengo tantísimo sueño. El sueño se cierne taponando mis párpados. Mañana tal vez tenga la suficiente fuerza para enfrentarme a él. Pero no ahora, ahora… no puedo.

Despierta, miro el reloj. ¿Por qué me he levantado tan temprano? Anoche… mi cabeza era un hervidero de pensamientos inasibles, pero ahora… Debería estudiar francés. Debería esforzarme, pero… es demasiado tarde, he desperdiciado un tiempo precioso. ¿Qué voy a hacer?  

Escucho el pitido del timbre. Es para mí. Sé perfectamente que es él.

-Papá, abre. Será Roberto.

-Voy- contesta. Y después me apremia, o me doy prisa o llegaré tarde.

Mientras me preparo la mochila. Debo darme prisa o llegaré tarde, otra vez. No me apetece escuchar las recriminaciones, todas esas preguntas galopantes, sin sus correspondientes respuestas.

Bajo a la calle. En la calle está él. Tan puntual como siempre. Otra vez llegará tarde por mi culpa.

-Cariño, date prisa o no llegaremos.

Sonoro beso cruza el aire, efímero abrazo antes de salir pitando. Apenas puedo correr. La pesadilla de la noche anterior es una tenaza caliente en el estómago. Aquella chica, cuyo rostro me sonaba… y después el silencio: el accidente. Lo más extraño fue la reacción de papá, se enfado tanto. ¿A qué viene ese enfado? ¿Qué me está ocultando? Debería haberse sincerado, pero no ha soltado prenda.

-Lorena, ¿tú qué piensas?

-¿De qué?

-No has escuchado lo que te decía, ¿verdad? ¡Qué rara estás esta mañana!

-Pero, ¿qué dices? No te inventes historias. Y menos ahora que hemos llegado, así que dejemos el tema.

Entramos en clase, justo cuando se está repartiendo el examen. Intento contestarlo con celeridad, acabar el suplicio cuando antes, porque mi cabeza está en otra parte. Todo lo sucedido es tan extraño. Sé que no debería preocuparme demasiado, sé que debería pensar en lo próximo que está mi cumpleaños, y en que las clases se acaban. Y me van a dar… ¡las notas!

Después del suplicio, únicamente he suspendido una, aunque podría haberla aprobado, lo sé muy bien, no hace falta que me recuerden que ha sido culpa mía, no necesito tampoco una ración de consejos, ni siquiera necesito que me miren como si fuera un bicho extraño;  como alguien incapaz de centrar la brújula en unos estudios, que ahora no son lo que más me preocupa, aunque quizá debería replanteármelo. No quisiera tirar el futuro por la borda, pero… todos esos sueños, irreconocibles, apelmazados en mi retina, cruzando mi espacio, rompiendo la burbuja que me he construido con tanto esfuerzo.

Llego a casa corriendo. Papá está tan triste. No lo entiendo. Sé que mamá… que mamá murió y fue un golpe duro e innecesario, pero hace ya tanto tiempo de eso. Todos dicen que me yo me parezco a ella. Yo no recuerdo nada… Veintitrés años son toda una vida, sin su apoyo o estímulo. Y ahora, tal vez ella estaría feliz. Me he sacado el carnet, y ya no voy a la universidad en el autobús, ahora soy más libre pero no sé si soy más madura.

Papá… ¡ay! Continúa intrigándome, qué me regalará. Tal vez en su habitación halle esa respuesta. Allano su espacio en busca de mi codiciado tesoro, no puedo contener la impaciencia. Cuando voy a marcharme algo cae del armario, mal cerrado. Mis manos tiemblan al cogerlo. No puedo creérmelo. Son un montón de recortes de un accidente ocurrido por estas fechas, pero hace tantos años. No quiero que sigan quemándome entre los dedos. Cojo uno de ellos. Aparece una fecha 25/6/ 1988. Se habla de la muerte de una chica atropellada, se menciona otra fecha 27/9/1897. Dicen que el accidente ocurrió después de un nacimiento, mis dedos sangran. Aún no se sabe quién fue el culpable del accidente.

El nombre de esa chica, me tranquiliza. No se trata de mamá. Sin embargo, no tiendo por qué papá guardaría esos recortes. No puedo preguntárselo, me reñirá por haber entrado en su cuarto sin permiso. Me mosquea que se haya enfadado tanto cuando le he contado mi sueño.

Otro recorte. En este caso, saltan lágrimas. Me conmociona que alguien atropelle a alguien y seguidamente se dé a la fuga. ¿Podrá algún día tener limpia la conciencia? El que haga ese pacto con el diablo… desconoce su locura. ¿Cómo puede ser alguien tan insensible? Sigo leyendo, es todavía peor de lo que creía, porque la mujer estaba embarazada.

No quiero seguir leyendo. Guardo todas imágenes, las eclipso a mis ojos. La caja me ha producido un quemazón, peor que una bofetada airada. Finalmente desaparece de mi vista y me calmo un poco. Ya seguiré leyendo en otro momento, cuando recobre la cordura, tal vez cuando averigüe el secreto que esconde papá. Entonces recuerdo el diario. Me acuerdo perfectamente. Papá me dijo que escribiera un diario y que éste me ayudaría. Él también plasmo lo que sucedía, a él no le importó escribir sus pensamientos, sentimientos o avatares en el papel. Tal vez ahí encuentre las pistas, las respuestas que tanto anhelo. Tal vez si recupero esas páginas, averiguaré lo que le preocupa, cuál es la herida que supura.

Suena el teléfono. Es el hijo de Irina y de Sergio, Arturo. Dejadme deciros que Irina era la mejor amiga de mamá y que Sergio, era su primo y –curiosamente- el mejor amigo de papá.

-Dime, Arturo.

-Me han dicho que os llamara, por si queríais venir a cenar, para celebrar tu cumpleaños. No tenéis el porqué pasarlo solos.

-Se lo diré a papá. Si le parece bien estaremos allí sobre las nueve y media. Arréglate, luego nos iremos de fiesta. ¿Ok?

Voy hacia la ducha, cuando llega papá.

-Lorena, ¿eres tú?

-Sí, estoy en la ducha. Tenemos cena en casa de Arturo.

-¿Vais a salir?

-Sí, dice Arturo que luego nos iremos a la disco. Necesitaré el coche. No te importa, ¿verdad?

-Vale, pero ten cuidado.

Salgo de la ducha. Voy a elegir la ropa en el vestidor. Entre todos mis trajes encuentro uno de mamá. ¿Le molestará a papá si me lo pongo? No creo. Es precioso. Un palabra de honor, muy corto. Me lo pondré con estos zapatos de tacón alto.

Papá ha salido ya, antes de verme el vestido. En fin. Ahí está Arturo, al fin. Se me queda mirando y sé que piensa que estoy muy guapa por el sonoro beso. Ahora apremia salir, para que no tengan que esperarnos. De todas formas, en estos momentos sólo me importa el beso, la suavidad de sus labios.

Me dice que estoy preciosa y yo le cuento que el vestido era de mi madre. Estoy impaciente por llegar.

-¿Ya han llegado todos?- pregunto.

-Sí, salvo nosotros, como siempre.

Al llegar me tapan los ojos. Me dirigen, ¿a dónde? Esto no puedo creérmelo. Nunca me había imaginado que papá me haría este regalo: un coche nuevo. Reconozco que su coche me producía vergüenza y que no se lo mostraba a mis compañeros. Pero, ¿esto? ¿Me lo merezco, realmente?

-¡Felicidades!- corean. Salto encima de papá, me lo como a besos.

Todas sus preguntas son lanzadas a la vez.

-¿Qué vais a hacer esta noche? ¿Este traje no era de tu madre? Sí – corrobora- era de mamá. Ahora recuerdo. Es el traje que se puso para el bautizo de Arturo. Entonces ella tenía tu edad.

-A la discoteca nueva- le digo- Ahí es a dónde iremos después de la cena. Arturo y yo nos subimos a mi coche nuevo. Nos esperan Roberto y su novio en la puerta. Hemos quedado con todos: José, Yadhira, Jonathan, Laura… Todos acudirán a la puerta de la disco. Será mejor que nos demos prisa o llegaremos tarde.

Al fin. En cuanto entro, comienzo a bailar con Yadhira y Laura. Arturo viene con un ron-cola en la mano. Es para mí. Lo cojo, pero sigo bailando. Esta vez, él me sigue.

Un chico me empuja. Debería mirar por dónde va. Pero, bueno. Ha sido sin querer, eso creo por su mirada de disculpa.

-Lo siento. ¿Te he manchado? ¿Dónde?

Apenas me inmuto. No me gusta hablar con desconocidos, ni soporto a los pesados. Pero… debería ser menos arisca. Dice que me invita a otra copa, de lo que estaba tomando. Le sonrío y, aunque no debería, acepto la invitación.

Vamos hacia la barra. Él entra dentro y me sirve.

-Pero, ¿qué haces?

-Soy el dueño de la discoteca – dice y vuelve a sonreírme.

-¿Qué estabas tomando, preciosa?

-Un ron-cola-. Es alucinante que esté ahí hablando con el dueño, como si tal cosa.

En cuanto me sirve, me dirijo nuevamente a dónde está Arturo. Las horas pasan, me siento un poco mareada, tal vez no debería haber aceptado esa copa. Como ya son las seis nos vamos. Estoy enciendo el motor. El coche se pone en marcha. Pero, ¿por qué se me nubla la vista? Nunca me había pasado esto. Entonces lo veo con claridad, el tío, la copa…. Sé que me han drogado e intento que el coche se detenga. Freno con brusquedad. El coche que viene detrás no puede evitar el golpe. Todo se nubla y pierdo la conciencia.

Estoy en el hospital tumbada en una fría camilla. Junto a mí están Aitor, Sergio e Irina. Quieren que despierte del coma, lo desean, lo sé. Eso me emociona. Me hablan.

-Despierta, Carla- Esa es la palabra que les recorre la espina dorsal. Dicen que llevo tres semanas en coma.

-Despierta, por favor. Estás embarazada. Si no despiertas, ese niño no verá este mundo.

Es terrible. Mi boca está seca, ni siquiera puedo mover la lengua. Hago esfuerzos sobrehumanos para incorporarme sin éxito.

Aitor me coge la mano, una y otra vez… Parece imposible sentir ese contacto y no poder moverla. Lo intento, desesperada. ¿Embarazada? Tengo que hacerlo. Del esfuerzo sobrehumano una gota de sudor resbala por mi mejilla. Finalmente un dedo se desentumece. Aitor se da cuenta de que estoy empezando a reaccionar, aunque aún no puedo articular palabra.

-No podría seguir sin ti, no podría.

Esa es la llave. Son unas palabras las que hacen palanca, las que consiguen que se desentumezcan mis miembros. Abro los ojos. Irina sale corriendo, en busca del médico.

Me hacen una ecografía para saber cómo está. Aitor me apretuja, mientras intento reírme, aunque apenas puedo mostrar emoción alguna. No recuerdo lo que sucedió esa noche. En esa historia hay un agujero negro. Sé que salía una chica joven, Lorena. ¿Quién sería la chica del accidente?

Finalmente comprendo. Esa chica era yo misma. Ella sabía mi nombre real, Lidia. En el periódico ponía Carla.

En ese momento entra el médico.

-Es una niña dice y está bien.

-Aitor, ¿qué te parece si le ponemos Lorena?

Lucía, 2º B

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Comentarios La chica del accidente

me involucré en la historia... que tensión
que interesante historia, en serio
bell Pez 31/05/2011 a las 02:35

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