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La casa de los miedos, Ricardo Alcántara.

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El dinero si se gasta te quedas sin él; la imaginación si la usas, se siente más contenta y crece más. Es un don que todos tenemos pero que no se potencia en todas partes. En algunos, se considera que es compañera poco grata y no se le da todo el espacio que merecería”.

Ricardo Alcántara

Ricardo Alcántara se ha ganado a pulso su reputación dentro del difícil mercado de la literatura infantil y juvenil. Lo ha hecho poco a poco, con valentía y constancia, desplegando el músculo de la imaginación y soplando sus historias, una y otra vez, hasta que éstas han tenido el reconocimiento que se merecían.

Uruguayo de nacimiento, este escritor iniciaría sus estudios de psicología con apenas de 17 años, pero pronto descubriría que su verdadera vocación era la escritura y que nada le haría más feliz que inventar historias, así que decidió descubrir hasta dónde podría llevarle su corazonada.  Con el dinero que ganó en un premio de literatura se compró un billete para España y no se amedrentó ante las dificultades a las que tuvo que enfrentarse al llegar a Barcelona. Trabajó duro, como artesano, cocinero… pero no se rindió, y al fin consiguió publicar su primer libro en la editorial La Galera.  Poco a poco le llegaron los reconocimientos, como el  premio Serra d´Or, un galardón que nunca antes había ganado una obra que no estuviera escrita en catalán. Ese fue su primer éxito, pero no el único, pues a partir de ese momento ha recibido otros: el Premio Austral infantil por Un cabello azul, el Apel.les Mestres por Carne y Uña , el prestigioso Lazarillo que obtendría su obra Un cuento grande como una casa, etc.  Además varias de sus obras han figurado en la isla de honor de la CCEI, e incluso, han traspasado fronteras para formar parte de exposiciones, como es el caso¿Quién quiere a los viejos?, que fue seleccionada para la exposición The White Ravens 1997 que organizaba anualmente la Biblioteca Internacional de Munich.

Seguramente si le preguntásemos cuál es el secreto de su éxito, cómo consigue iluminar sus historias, ensancharlas para que entren por el ojo de la cerradura y sean leídas, disfrutadas y apreciadas por sus jóvenes lectores, él nos diría que no hay truco, que el truco es el trabajo y el deseo de contagiarles a los niños el gusto por la fantasía, el amor por la literatura y sus emociones.  Al fin y al cabo –afirma- “hay una parte emocional que sigue siendo igual, los niños siguen sintiendo exactamente los mismos temores y las mismas necesidades”. Lo único válido es desplegar la batuta de la imaginación, hacerla sonar y dejar que la caja de resonancias de las palabras, nos embriague con su música.

   

La casa de los miedos es el último libro que me he leído de este autor, una historia publicada en Ala Delta Azul, la colección de Edelvives para niños a partir de 8 años; un libro que ahonda en uno de sus temas habituales: como gracias a la valentía y el apoyo de otros, podemos superar los miedos y terrores que nos paralizan.

Es evidente que aunque la historia se centre   en un niño, los temores pueden asaltarnos a cualquier edad, en cualquier recodo del camino pueden salirnos al paso, y es cierto además que se vencen más fácilmente si nos apoyamos en otros, si nos dejamos ayudar o reconfortar, si nos sacudimos esa hosquedad que hace que nos embocemos en nosotros mismos. La cita del libro ya es por sí misma suficientemente explícita: “Los miedos son tan endemoniados que, para superar algunos, es preciso estar solo; en cambio, otros solamente se vencen estando acompañado”.

Julián, el protagonista de nuestra historia, es en apariencia un niño sin problemas. Sus padres están muy contentos con su comportamiento: saca buenas notas, es ordenado y obediente y apenas sale a la calle, siempre está concentrado en su cuarto, casi como “un hombre en miniatura”, afirma su madre muy contenta. Pero sus padres no se dan cuenta de que su comportamiento esconde un sinfín de miedos, dudas y terrores. En realidad a Julián no le gusta cómo es, es más admira a Alberto, un chico que va a su mismo colegio y que es el cabecilla de la clase: parlanchín, decidido, un as jugando al fútbol… En cambio, él es incapaz de trabar amistades, vive en su mundo y no  quiere crecer, porque todo le produce miedo e inseguridad.

 El escritor consigue llevarnos a su terreno, y para ello sitúa en un aprieto a su protagonista. Nos cuenta la fascinación que provoca en el niño el parque de atracciones, en concreto el “tren fantasma”.  Siempre que puede se dirige a verlo, pero el pánico es tal, que es incapaz de comprar una entrada y subir; hasta que un día se pone a llover y no tiene más remedio que comprar una entrada para resguardarse de la lluvia. Es justo en ese momento cuando coincide con Alberto y su hermana pequeña, que se sienta a su lado.  

Para que haya historia, tiene que ocurrir algo que  aliñe con la salsa necesaria la aventura. En este caso el tren sufre una avería y los tres se queda atrapados en su interior, en esa cueva de Ali- Babá, están solos y totalmente a oscuras. 

Julián se ve obligado a afrontar sus miedos de golpe, mientras que Alberto se marcha en la primera ocasión que tiene, confiándole a su hermana. Poco a poco el chico consigue explotar la burbuja que lo había aislado del resto y con la ayuda de la niña y de un autómata contrahecho supera sus miedos, incluso el más terrorífico: el monstruo de las siete bocas.

 Ricardo Alcántara lanza a los protagonistas a una trepidante aventura, en la que aparecen espejos deformantes, ríos y precipicios que hay que superar, puertas que se desvanecen a las primeras de cambio, un conejo que nos resulta muy familiar. Con una sensibilidad exquisita y un lenguaje sencillo pero muy metafórico, el autor consigue que el lector se identifique con el protagonista, que vea la luz al final del túnel, no en vano el autor conoce los mecanismos de la psicología y sabe aplicarlos con sencillez y eficacia. Mientras el lector joven sigue a Julián por ese extraño tren fantasma lleno de sobresaltos, los adultos sonreímos ante cada nuevo reto, ante cada nuevo descubrimiento. Reconocemos las influencias: los cuentos maravillosos, las fábulas didácticas, los relatos de monstruos que se metamorfosean, etc.  Descubrimos a su vez algo que ya deberíamos saber: que el miedo puede eclipsarse si nos sentimos reconfortados, apoyados por los seres que queremos, si sabemos sacar nuestro coraje interno.

No es la primera vez que el autor aborda este tema con tacto y delicadeza, ya ha aparecido en otros libros suyos como en Gustavo y los miedos, o en ¡Huy qué miedo!, que ahonda en el miedo al que es diferente. Como siempre, Ricardo pulsa las cuerdas de sus conocimientos de psicología infantil, pero esos conocimientos saltan con gracia, nos conducen sin demora a la salida, gracias a esas botas de siete leguas: su prodigiosa imaginación.

Aghata

 

Fue entonces cuando se oyó un enorme estrépito y la tierra empezó a temblar como si un volcán hubiese entrado en erupción. De pronto, a un par de palmos delante de ellos, el suelo comenzó a abrirse y a separarse, a lo que siguió un nuevo estruendo ensordecedor. En cuestión de minutos los tres amigos se encontraron ante un profundo abismo que provocaba náuseas. No podían andar y sentían vértigo al acercarse al borde.

-¡Vaya! Mientras estuve en el almacén, todo esto cambió mucho- reconoció el robot.

Los tres se miraron desconcertados. No tenían ni idea de cómo se las ingeniarían para salir de allí. Sin duda, la situación era más que delicada.

-De aquí solamente podríamos salir volando- aseguró el robot tras echar un vistazo.

A Julián se le iluminó la cara.

-¡Claro!- exclamo-. ¡Eso mismo! ¡Saldremos volando!

-Pero ¿cómo?- se extraño la niña.

-Construiremos un par de alas- explicó él.

-¡Aaah!- dijo ella, sin mostrarse demasiado convencida.

-Claro que no sé si conseguiré hacerlo- reconoció Julián, al caer en la cuenta de que no era demasiado habilidoso con los trabajos manuales.

El robot trató de animarle:

-Inténtalo.

-¡Claro!- le apoyó Nena.

-Bueno. Voy a ver- asintió el niño, y se puso manos a la obra.

Entre los tres recogieron ramas, hojas secas, plumas, lianas, raíces, todo lo que les pudiera servir para fabricar un par de alas.

Julián se concentró en la tarea. Nena y el muñeco lo ayudaban en todo lo que podían. Un buen rato más tarde, ya tenían las alas que necesitaban.

-No han quedado iguales- dijo Julián.

-Son muy parecidas, ya verás cómo sí servirán- dijo el robot.

Aunque había trabajado sin descanso, Julián no parecía fatigado. Tenía ganas de sacar a sus amigos de allí cuanto antes y llevarlos a un sitio seguro, así que les indicó:

-Yo me pondré las alas y emprenderé el vuelo.

-Así se habla, compañero- le apoyó el robot.

Julián se sentía confiado. Había comprobado que, prestando atención a sus miedos, no llegaba a ninguna parte; pero si no pensaba en ellos y se centraba en sus objetivos, casi seguro salía victorioso.

-Nena, tu irás atada a mi espalda y en medio colocaremos al robot- explicó Julián.

-¡Anda!- exclamó, sorprendida con el plan.

Ajustaron a toda prisa los preparativos para el arriesgado vuelo. Nena subió sobre la espalda de Julián, prendida  a su cuello con ambas manos y rodeándole la cintura con sus piernas; luego, el robot ocupó su sitió. Para evitar que se soltaran, Julián los ató con una liana e hizo un par de nudos contra su pecho. Luego se sujetó un ala en cada brazo. Al parecer, estaba a punto para levantar el vuelo.

-¿Estáis bien?- quiso asegurarse.

-Si…- respondió el muñeco, con tanto miedo que casi no le cabía en el cuerpo, pero esforzándose para que el niño no lo notara.

Nena no respondió. Miraba las alas de Julián y luego el abismo que había delante de ellos y que era necesario sortear, y no le salían las palabras.

También Julián observó con atención lo que tenía delante. Entonces, se concentró en lo que tenía que hacer, pensó sólo en ello y, sin prisa, comenzó a mover los brazos para notar el efecto de las alas. Así continuó un rato, para ir ganando confianza, para acostumbrarse a las alas y para que éstas se adaptaran a los movimientos de su cuerpo.

La brisa iba y venía, jugaba con su cabello y le rozaba el rostro, como animándole a ir tras ella.

Julián se dejó convencer. Batió con fuerza las alas y respiró hondo para llenar de aire sus pulmones. Después, cogió carrerilla y se lanzó.

Julián se sentía liviano como una pluma y logró volar al primer intento. Lo hacía tan bien como si lo hubiera practicado toda su vida, como si en realidad fuese un niño con corazón de pájaro.

-¡Lo has conseguido!- exclamó el robot, tan feliz que, de estar en tierra, se habría puesto a  dar saltos de alegría.

Pero como no era la mejor ocasión para dar saltos ni para moverse más de la cuenta, se conformó soltando su chorro de voz para demostrar su felicidad.

Nena, que estaba con los ojos cerrados, no acababa de creerse que aquello fuese verdad.

-¿Volamos?- quiso saber.

-¡Sí!- le dijeron sus amigos.

-¡Aaah:..!- suspiró la niña y, no sin esfuerzo, se animó a abrir los ojos.

Se vio muy arriba, como los globos que escapan de la mano de su dueño, volando plácidamente. Aquello le pareció más bonito que el más fantástico de todos los sueños.

Se sentía tan afortunada que se apretó con más fuerza a sus amigos. Estaban tan unidos como si ya no fueran a separarse nunca más, como si de alguna manera se hubieran vuelto uno.

Sobrevolaron el abismo sin prisas, al igual que aquel que anda sin rumbo fijo, y llegaron al otro lado sin sobresaltos ni contratiempos.

Julián tendió las alas, tal como había visto hacer tantas veces a las gaviotas en la playa, y planeando suavemente se posó sobre el suelo.

-¡Ha sido el mejor vuelo de toda mi vida!- afirmó el robot, dando muestras de lo impresionado que estaba.

-¿Ya habías volado antes?- le preguntó Julián.

-No, por eso digo que ha sido el mejor sin temor a equivocarme- respondió él.

La casa de los miedos, Ricardo Alcántara.

Ed. Edelvives.

 

 

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Comentarios La casa de los miedos, Ricardo Alcántara.

Yo le tengo miedo a volar........
tu a qué le tienes miedo?
Aghata:
"Julián se sentía confiado. Había comprobado que, prestando atención a sus miedos, no llegaba a ninguna parte; pero si no pensaba en ellos y se centraba en sus objetivos, casi seguro salía victorioso".
Amiga me encanto el relato que has hecho de ese escritor.
Por un momento volví a sentirme niño otra vez.
Saludos.
Sergio.
serge serge 16/06/2010 a las 17:02
Un lindo texto se nota que te gusta leer. Muchas gracias por tus comentarios.
Besitosss.
Paloma
Coincidimos Brooke. De hecho, cuando fuimos a París fuimos en autobús. Tengo pánico a las alturas, tampoco me gustan las aglomeraciones, hacen que sienta claustrofobia.
En fin, cada cual tiene tus miedos
Un beso gigante
Gracias Lucy. Es un libro extraño, a mí me impresionó grátamente.
Besos
Te lo recomiendo Serge, seguro que te gusta... Está muy bien escrito y te mantiene en vilo.
Besos
Hola Aghata, me ha encantado la presentación que has hecho y la manera en que has comentado mi libro. Comentarios como el tuyo animan a seguir adelante en este apasionante trabajo de inventar historias.
Un abrazo grande y hasta pronto
Ricardo Alcántara 
ricardo alcántara ricardo alcántara 29/06/2010 a las 16:57
Muchísimas gracias, Ricardo.... por leerlo y por tu amable comentario. Un gran libro, el tuyo.... Me alegro de que te haya llegado esta reseña... porque a veces no es fácil contactar con el autor para que la lea.... Te agradezco además el entusiasmo por la literatura, y por supuesto el acercarte a los niños y adolescentes con ese saber hacer, una lupa gigante que nos conduce hacia el territorio de la fantasía, pero también nos ayuda a sacar nuestros demonios, o miedos más íntimos.
Felicidades
Es cierto, no siempre las reseñas llegan a nuestras manos, pero esta vez he tenido mucha suerte.
Siempre digo que la vida me brindó uno de los mejores regalos: darme el don de inventar historias y poder plasmarlas en el papel. Eso me hace feliz, le da un sentido a mi vida, me sirve de motor. Como tú dices, en el territorio de la fantasía no hay trabas ni imposibles y podernos enfrentarnos a nuestros demonios más temibles.
Un fuerte abrazo.
Ricardo
ricardo alcántara ricardo alcántara 07/07/2010 a las 19:34

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