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El canto a Teresa de Espronceda: máxima expresión del dolor romántico.

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Espronceda

Nunca entiendo del todo porque en los libros de texto aparece la archiconocida “Canción del pirata”,  adalid de la libertad romántica, es cierto. Pero, ¿quién no se inclina sobrecogido ante el Canto a Teresa, una elegía perfecta, escrita de puño y letra por el amante por antonomasia?

 La muerte de su amante, Teresa Mancha es sentida por una voz desgarrada que siente como  el dolor se enquista en sus costados,   ante un mundo desorbitado y vacuo, que lo mira con una frialdad sobrecogedora.  El poeta intenta refrenar su dolor, utiliza para ello una estrofa clásica: la poderosa octava real.

 

                                                                        Bueno es el mundo. ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno

                                                                         como de Dios al fin obra maestra,

                                                                         por todas partes de delicias lleno,

                                                                         de que dios ama al hombre, hermosa muestra!

                                                                         ¡Salga la voz, alegre, de mi seno,

                                                                         a celebrar esta vivienda nuestra!

                                                                         ¡Paz a los hombres!¡ Gloria en las alturas!

                                                                          ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!

                                                     ( María, por D. Miguel de los Santos Álvarez)

 

¿Por qué volvéis a la memoria mía

tristes recuerdos del placer perdido,

a aumentar la ansiedad y la agonía

de este desierto corazón herido?

¡Ay!, que de aquellas horas de alegría

le quede al corazón sólo un gemido,

¡y el llanto que al dolor los ojos niegan

lágrimas son de hiel que el alma anegan! (…)

 

¿Quién pensará jamás, Teresa mía,

que fuera eterno manantial de llanto,

tanto inocente amor, tanta alegría,

tantas delicias y delirio tanto?

¿Quién pensará jamás llegase un día

en que perdido el celestial encanto

y caída la venda de los ojos,

cuanto diera placer causara enojos?

 

Aún parece, Teresa, que te veo

aérea como dorada mariposa,

ensueño delicioso del deseo,

sobre tallo gentil temprana rosa,

del amor venturoso devaneo,

angélica, purísima y dichosa,

y oigo tu voz dulcísima, y respiro

tu aliento perfumado en tu suspiro.

 

Y aún miro aquellos ojos que robaron

a los cielos su azul, y las rosadas

tintas sobre la nieve, que envidiaron

las de mayo serenas alboradas,

y aquellas horas dulces que pasaron

tan breves ¡ay! como después lloradas,

horas de confianza y de delicias,

de abandono, y de amor, y de caricias.

 

Que así las horas rápidas pasaban,

y pasaban a la par nuestra ventura;

y nunca nuestras ansias las contaban,

tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura,

las horas ¡ay! huyendo nos miraban

llanto tal vez vertiendo de ternura,

que nuestro amor y juventud veían,

y temblaban las horas que vendrían.

 

Y llegaron en fin: ¡oh!, ¿quién impío,

¡ay!, agostó la flor de tu pureza?

Tú fuiste un tiempo un  cristalino río,

manantial de purísima limpieza;

después torrente de color sombrío,

rompiendo entre peñascos y maleza,

y estanque, al fin, de aguas corrompidas,

entre fétido fango detenidas. (…)

 

Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído

O mujer nada más y lodo inmundo,

hermoso ser para llorar nacido,

o vivir como autómata en el mundo;

sí, que el demonio en el Edén perdido

abrasara con fuego del profundo

la primera mujer, y ¡ay! aquel fuego

la herencia ha sido de sus hijos luego (…)

 

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento

un pesar tan intenso…! Embarga impío

mi quebrantada voz mi sentimiento,

y suspira tu nombre el labio mío;

para allí su carrera el pensamiento,

hiela mi corazón punzante frío,

ante mis ojos la funesta losa,

donde vil polvo tu beldad reposa.

 

Y tú feliz, que hallaste en la muerte

sombra a que descansar en tu camino,

cuando llegabas mísera a perderte,

y era llorar tu único destino;

cuando en tu frente la implacable suerte

¡grababa de los réprobos el sino…!

¡Feliz la muerte te arrancó del suelo,

y otra vez ángel te volviste al cielo. (…)

 

¡Oh! ¡Cruel! ¡Muy cruel!... ¡Ah! Yo entretanto

dentro del pecho mi dolor oculto,

enjugo de mis párpados el llanto

y doy al mundo el exigido culto,

yo escondo con vergüenza mi quebranto,

mi propia pena con mi risa insulto,

y me divierto en arrancar del pecho

mi mismo corazón pedazos hecho.

 

 

Gocemos, sí: la cristalina esfera

gira bañada en luz: ¡bella es la vida!

¿Quién a parar alcanza la carrera

del mundo hermoso que al placer convida?

Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?

                                                                             El diablo mundo

 

 

 

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Comentarios El canto a Teresa de Espronceda: máxima expresión del dolor romántico.

Es un placer admirar la belleza, aunque sea una expresión de intenso dolor. He perdido a alguien que, parafraseando a Buesa, sin ser ni mi novia, ni mi esposa ni mi amante, es la que más me ha querido, y con eso tengo bastante.
Héctor Héctor 13/01/2013 a las 15:52

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