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Bravísima la poesía de Víctor Botas

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Te presentamos en este caso una selección de poemas  de Víctor Botas (1945-1994), uno de los poetas más laureados de su generación; entre otras razones, por su gran capacidad para revitalizar el clasicismo y conseguir que los tópicos ancestrales, se amolden a la visión contemporánea de la vida. Sin perder el tono elegíaco, festivo o trascendente retoma  los clásicos, los vivifica y consigue que los sintamos coetáneos a nuestra cosmovisión.. Botas lo logra gracias a la elasticidad con la asume el juego traslaticio, la desmitificación de los mitos y  el aproximamiento a la realidad. Sus obsesiones íntimas, sus preguntas, sus territorios íntimos se fusionan a ese espejo clásico, nunca  inamovible. Así hallamos el tiempo que corre veloz y alcanza a la muerte; la fugacidad de lo bello, los desengaños de amor que persisten, los recuerdos  voraces y temblor al contrastar el pasado con el presente y el oscuro futuro.  

Debemos hacer hincapié además en un hecho, las referencias clásicas no se circunscribes únicamente a la poesía, vuelve también los ojos hacia la historia, los personajes, las vidas pretéritas que retornan conformando un fresco casi visual, plástico y emotivo de las raíces de la cultura y de sus manifestaciones artísticas y vitales. Tampoco podemos olvidar que Víctor nunca se abstrae de su propia vida, así los sentimientos, las emociones, personas y entornos asoman una y otra vez y de ahí el guiño del lector, el reconocimiento de su propia identidad, el sentimiento de que su poesía es también un trozo de sí mismo, un mosaico de sus propios anhelos y pisadas.

Destaca sobre todo como poeta, aunque también sea reconocida su producción novelística. Como poeta se inicia con Las cosas que acechan (1979), un libro donde se nota la influencia de Borges, así como el preludio de sus motivos (el amor sobre todo en su vertiente desengañada, la mitificación de la poesía frente a la vida, la preocupación por el fluir del tiempo), temas que serán reiterados en sus obras posteriores. Después de este bautizo literario, su obra va consiguiendo ganarle el pulso a la forma, consiguiendo el tono preciso (festivo, elegíaco, introspectivo), según la obra. Surgen así Prosopón, Segunda mano, Aguas mayores y menores  Historia antigua),  Historia antigua, Arcana Imperii, Retórica. y Las rosas de Babilonia, libro que sería publicado posteriormente, supervisado por José Luís García Marín. Posteriormente aparecerían las recopilaciones de toda su producción: Poesía (1979-1992), que salió a la luz en 1994  y Poesía completa, ya en 1999.

En cuanto a su trayectoria narrativa el autor publicó tres novelas y una recopilación de relatos. La primera,  Mis turbaciones (1983),  presenta claros tintes autobiográficos. En ella es continua la metaficción, y la obsesión por el erotismo, temas sustanciales  también de su poesía.  Después escribiría Rosa rosae, una recreación desmitificada de la Roma clásica, aunque no exenta de guiños hacia la actualidad y Yanira, narración breve con tintes detectivescos, que vuelve  a centrarse en el mundo latino. En cuanto a la recopilación de relatos, conocida como El humo de Vesubio, ésta nos ofrece una galería de cuentos de fantasmas incardinada en autores emblemáticos, como Thomas Mann o Henry James.

Aghata

 

 
   

 

  Nieve

 

Fue una mágica hazaña en los perdidos

Campos de la niñez. Y una batalla

blanca en la adolescencia. Hoy es un poco

de frío en los zapatos y un engorro

y una ilusión en manos de mis hijas

y un ansia de calor. Mañana, nada

más que un peligro azul a cada paso

o el momentáneo adorno de mi tumba.

También es la sorpresa que me impone

Pensar en estas cosas. Y el tiempo,

que me tuerce y me gasta.

 

[Con indecisa pluma voy poniendo]

 

Con indecisa pluma voy poniendo

     
 

indecisas palabras. (Quiero darte

     
 

un poco de mi espíritu). Es difícil

     
 

llenar tanto papel con unas líneas

     
 

capaces de emoción. A cada paso

     
 

se bifurca el camino y aparecen

     
 

otros nunca pensados; sólo uno,

     
 

que no sabré encontrar, es el preciso.

     
 

Escribo, pues, errando las ideas

     
 

y sus vanas palabras. (Se parece

     
 

bastante este oficio a esa otra busca

     
 

más rica, que es la vida. La ventaja

     
 

de la ficción consiste en que, si quiero,

     
 

rompo la hoja. Puedo repetirme).

     

 

 

Estás entre las cosas que me acechan]

 

Estás entre las cosas que me acechan;

     
 

en el mar de esta tarde no esperada

     
 

que hoy es una tristeza y un fracaso;

     
 

en la luz del otoño y su arboleda

     
 

de rumores y sombras; paseando

     
 

por Roma, perdida entre la música

     
 

antigua de las fuentes; en el cuerpo

     
 

de una mujer que se peinaba cerca

     
 

de la arena y del mar; en cierto rito

     
 

de un día ya lejano; en el insomnio,

     
 

que es donde yo me escucho; en esas cosas

     
 

—una mirada, un hábito, un acento—

     
 

sin ninguna importancia, que nos pasan

     
 

y que no se resignan al olvido.

     

 

 

Pitonisa

 

La temerosa noche me concede

     
 

de su cóncava esfera los secretos

     
 

que destila al girar. Todo es concreto

     
 

para mí. Todo es claro. Pero adrede

     
 

el futuro al profano muestra oculto

     
 

en oscuros rituales, ya que nada

     
 

bajo la luz del sol o la callada

     
 

luna, ha de ser hecho sin el culto

     
 

debido y el respeto que tan sólo

     
 

el talismán y el rito nos dispensan

     
 

desde la antigüedad. En esta inmensa

     
 

caverna en que me hallo, cumplo sólo

     
 

mi papel en la farsa. No sería

     
 

nadie sin esta púrpura en mis hombros.

     

 

 

Nefertiti

Si el tiempo nos hubiera tolerado

compartir una sola de sus muchas

horas innumerables ( te propongo

una esquina cualquiera de una tarde

con palmeras y anónimos jinetes

y fragantes jazmines y pequeños

que juegan por las calles o, quién sabe,

cualquier otro lugar –estoy pensando

en una ceremonia, por ejemplo,

o en una ciudad gris, en donde poco

a poco voy muriéndome), sin duda

te habría dedicado unas palabras,

homenaje a tus ojos. No te importe:

desde esta noche última, te envío

lo que no pudo ser y, no sin cierta

nostálgica ternura, te acaricio.

Venus de Cnido

 

Las manos de la diosa

     
 

no prodigan

     
 

calor.

     
 

Vale mil veces

     
 

más la humilde ternura de esas otras,

     
 

comunes y encontradas

     
 

en la noche del puerto,

     
 

que toda la destreza de Praxíteles.

     

 

 

[¿De qué modo decírtelo?]

 

¿De qué modo decírtelo?

     
 

¿Compararé tus ojos a las quietas

     
 

estrellas de la noche? ¿O, utilizando

     
 

resabiadas metáforas de Oriente,

     
 

diré que hay en tus labios imposibles

     
 

y blancas margaritas, que tu talle

     
 

es una esbelta palma? Mentiría

     
 

de una manera estúpida: bien sabes

     
 

que eres poquita cosa y, desde luego,

     
 

nada del otro mundo. Sin embargo,

     
 

cuando no logro verte, algo me pasa

     
 

que no puedo aguantarme ni yo mismo.

     

 

 

Abu-Simbel

 

Antigua y tan secreta

   
 

como los ojos ciegos

   
 

del futuro (tendrían

   
 

idéntico mirar), le fue poniendo

   
 

sobre la frente pálida al sereno

   
 

coloso de Ramsés

   
 

sus dedos de basalto

   
 

la gran noche.

   

 

Descendimos entonces

   
 

la lenta escalinata, con las manos

   
 

ya unidas.

   

 

Ahora estoy recordando una sonrisa

   
 

y el calor de unos labios en la sombra.

   

 

 

Epitafio (a C. Pontuleno)

 

A C. Pontuleno,

   
 

que vivió cinco años,

   
 

once meses y veintinueve días,

   
 

de sus padres, Délfico

   
 

y Pontulena Prepusa

   

 

 

Debéis guardar silencio: Se ha dormido

     
 

tan dulcemente el Tiempo entre mis brazos.

     

 

 

Q. Popidius Felix, tonsor

 

Esta mañana, un viejo

     
 

peluquero charlaba

     
 

con alguien, apoyando

     
 

la espalda, ya vencida,

     
 

en su pared (los brazos

     
 

en jarras y la blanca

     
 

bata a medio desabrochar: era caliente

     
 

la tarde y no corría

     
 

ni un tanto así de brisa).

     
 

Aquella escena

     
 

trivial, seguramente

     
 

(pensé) va repitiendo

     
 

otra que bien podría

     
 

tener su sitio exacto diecinueve

     
 

siglos atrás: en la mañana

     
 

final de un veinticuatro

     
 

de agosto, en una calle

     
 

de Herculano.

     
 

No obstante,

     
 

debió haber diferencias: la colilla

     
 

que yo tiré al pasar,

     
 

justo a su lado.

     

 

 

Satiricón

 

Oh Trimalción, tan rico. ¿Qué sería

     
 

de ti sin tus copiosas

     
 

yugadas en Sicilia? ¿Qué sin tantos

     
 

esclavos del Oriente?

     
 

Una boca

     
 

(no más) entre las muchas

     
 

que alimentan los públicos

     
 

graneros del Estado (ruin bazofia,

     
 

turba ignorante y sádica).

     
 

Debieras

     
 

honrar como merece al gran Petronio

     
 

Arbiter, que te quiso

     
 

para siempre dejar

     
 

gozando de un barroco

     
 

e incesante banquete,

     
 

por encima

     
 

el versátil humor

     
 

de la Fortuna.

     

 

 
         
         
         
         
         
         
         
         
         
 
         
         
         
         
         
         
         
         
         

Marcial. Epitafio (otra versión)

 

Os encomiendo, padres, a la pequeña Erotion

     
 

que hacía mis delicias, para que

     
 

no sufra, temerosa, ante las negras

     
 

sombras ni me la asuste —pobrecilla—

     
 

la insólita mirada de Cerbero.

     
 

A punto estaba

     
 

de cumplir seis inviernos. Que, contenta,

     
 

juegue en tan venerable compañía,

     
 

balbuciendo mi nombre, como ayer,

     
 

con boquita aún torpe.

     
 

Suave césped

     
 

cubra sus blandos huesos. Y tú, tierra,

     
 

—ella lo fue contigo— sele leve.

     

 

 

John Donne. Soneto X

 

Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya

     
 

erróneamente dicho poderosa

     
 

y temible; pues esos que has borrado

     
 

no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta

     
 

de aniquilarme a mí. Si el reposo

     
 

y el sueño son tan gratos, cuánto más

     
 

no debes serlo tú: así se explica

     
 

que los mejores antes den contigo

     
 

libertad a sus almas y a sus huesos

     
 

descanso. Azar, reyes, suicidas,

     
 

son tus amos, habitante de pócimas,

     
 

enfermedad y guerras. Y más diestros

     
 

que tú son los hechizos. Menos humos,

     
 

que veremos tu fin; tu muerte, Muerte.

     

 

 

Imposible

 

       Sería

     
 

muchísimo mejor que no fumara

     
 

tanto,

     
 

me dicen

     
 

ceñudos los doctores.

     
 

Imposible

     
 

seguir tan buen consejo:

     
 

este humo

     
 

que vuela entre mis dedos (no comprenden

     
 

nada) es la

     
 

contestación de un conformista,

     
 

la sola valentía que aún me queda.

     

 

 

Aeropuerto

 

Como el árabe aquel

     
 

que el otro día estaba,

     
 

anacrónico y alto, haciendo cola

     
 

para tomar el vuelo

     
 

de Londres, y olvidaba

     
 

(es posible) las viejas caravanas

     
 

y la antigua

     
 

libertad del desierto que, no obstante,

     
 

su ropa a mí me trajo

     
 

a la memoria,

     
 

así nosotros

     
 

de una manera u otra

     
 

nos iremos marchando por la puerta grande

     
 

(o quizá pequeñita)

     
 

de la muerte.

     
 

(Ya sé,

     
 

ya sé que me repito; no lo hago

     
 

más que para ir acostumbrándome).

     

 

 

 
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         
         

 

 

Una vez más el tema (el viejo tema) de la rosa

 

Tu lejana quietud y esa apariencia

     
 

que la tarde te ofrece de indecisa

     
 

roja gota de sangre, de algún modo

     
 

que no acierto a entender, me están pidiendo

     
 

que hoy me dirija a ti, precario adorno

     
 

de un jardín que no es mío. Pese a todo,

     
 

pese a la fiel cancela que te aparta

     
 

de mí, sé que me perteneces. Nunca

     
 

quien así te preserva podrá darte

     
 

lo que yo te estoy dando: que la breve

     
 

humedad de tus pétalos resista

     
 

más que las firmes rejas que te guardan.

     

 

 

Horacio I, XI (Glosa)

 

No es solución, amigo Horacio, eso

     
 

(tan sobadito ya) del carpe diem,

     
 

y después que te quiten

     
 

lo bailao. Créeme, no es una

     
 

solución.

     
 

A no ser, por supuesto, que se trate

     
 

tan sólo de olvidarse de ese ciego

     
 

futuro que ahí está,

     
 

esperando a la vuelta de la esquina.

     

 

 

Retórica

 

La silenciosa plata de la luna

     
 

allá arriba, en la noche.

     
 

Los graves ojos verdes de Atenea,

     
 

según nos cuenta Homero.

     
 

La rosa y la belleza aterradora

     
 

de una mujer. El tiempo

     
 

y las aguas inquietas de los ríos.

     
 

Los dientes y las perlas.

     
 

Una luz en un cuarto, proyectando

     
 

la sombra codiciada e inalcanzable.

     
 

Los jardines. Las fuentes. Las gacelas

     
 

gráciles como el viento, como tu

     
 

grácil paso esquivo de gacela. Esa guirnalda

     
 

de delicados pétalos dolientes

     
 

que te ciñe las sienes. Aquel pájaro

     
 

que canta en una jaula

     
 

hasta la muerte. La vida —ah de la vida, nadie

     
 

me responde— también igual que un río

     
 

que va a dar a la mar, que es el morir.

     
 

Retórica

     
 

sobada. Persistentes

     
 

metáforas eternas con que urdir,

     
 

siglo a siglo un poema —el único

     
 

poema— que un puñado de fatuos va tramando.

     

 

 

Palabras para una despedida

 

El ciego Amor se me posó en los ojos

     
 

y te vi como sólo puede él ver a sus hijos:

     
 

coronada en la noche de fragantes guirnaldas

     
 

y danzando en silencio a la luz de la luna,

     
 

en un temblor de sistros que agitaban tus manos.

     
 

Tú misma te encargaste de romper el hechizo;

     
 

tú misma, tú, esa magia, ese encanto, los dones

     
 

que el azar impasible así nos ofrecía,

     
 

como quien te regala sin motivo una rosa.

     
 

Y el dios loco escapó: huyó espantado y solo,

     
 

hacia alguna otra parte, los párpados sellados.

     
 

He aquí tu grandeza, tu miseria, tu sino.

     
 

Tu victoria también sobre un dios inocente:

     
 

durante un breve tiempo las divinas miradas

     
 

se fijaron en ti y me fueron dictando

     
 

cosas que están aquí, que aquí se quedan —quietas—

     
 

y me salvan de ser tan sólo un pobre imbécil,

     
 

y a ti (no, no es necesario que me agradezcas nada)

     
 

de ser sombra y ser polvo y ser nadie y olvido.

     

 

 

Anales

 

El 2 de septiembre del año 31 antes de Cristo

   
 

Octavio (aún no era Augusto

   
 

—lo sería

   
 

en enero del 27)

   
 

borra del mar de Actium,

   
 

bajo un sol impasible,

   
 

el gran sueño imperial de Cleopatra.

   

 

En Mühlberg, Carlos V, el 25

   
 

de abril de 1547,

   
 

desde el lecho doliente de un ataque de gota,

   
 

humilla al luterano

   
 

Juan Federico de Sajonia,

   
 

y Witemberg

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