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Bravísima la poesía de José Carlos Cataño

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¡¡Cuidamos tus sueños!!

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Te presentamos ahora una selección de poemas de José Carlos Cataño (La laguna, 1954), una de las voces reveladoras que compone el mosaico actual de la poesía contemporánea.  Perteneciente a ese elenco de poetas de la periferia, que siempre lleva teñido en la frente el estigma del desarraigo y la periferia, el poeta se distancia de las galerías del alma para reconstruir desde la melancolía, lo vivido por otros. Esas máscaras oblicuas hablan desde el pasado,  susurran al oído las vivencias que han permanecido intactas en el  útero extraño y la existencia es  un ave fénix que renace de las cenizas. La rosa de los vientos es  la  palabra teñida de sangre que le impele a crear,  a ahondar en el tiempo.  Y así se crea un nuevo hombre de arena de todos aquellos  alientos, de los extravíos, de esos  paisajes vistos desde el extrañamiento. El amor,  la naturaleza primigenia, el calor de la vida, la insondable muerte; todo resurge de las cenizas. El poeta parece embarcado en la ola del mundo totalmente decidido al naufragio, impelido a mirar como un espectador que contempla la obra, creada a carboncillo por otro.

Su poesía  ha pasado por diversos estadios desde que se iniciara con el libro de edición restringida, Jules Rock (1975.  Más tarde aparecieron Disparos en el paraíso (1982), Muerte es ahí (1986), El cónsul del mar del norte (1990),  A las islas vacías (1997),    En tregua (1991), El amor lejano- Poesía reunida, 1975-2005 (2006) y Lugares que fueron tu rostro (2008),  la última recopilación de su obra. 

Como narrador el poeta se inicia con la novela  El exterminio de la luz,  que obtuvo en 1974 el premio de Edición Benito Pérez Armas y que aparece escrita con el heterónimo Pórfido Santos John.    A esta obra siguieron otras como  De tu boca a los cielos (1985), donde el autor se introduce en  el universo sefardí, una territorialidad  difuminada. También cabe destacar  Madame  (1989). Por otra parte el autor ha publicado sus diarios con el título  Los que cruzan el mar, (2004), un ejercicio meticuloso donde  se destierra a sí mismo, para observarse y preguntarse desde la melancolía. Una amplia selección de sus ensayos aparece recogida en Aurora y exilio (2006).

Pero no son estas sus únicas facetas: dibujante, traductor, conferenciante, lector…  Su versatilidad  es enorme. Como dibujante ha realizado exposiciones en Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife, pero  además ha recorrido infatigable diversos lugares del planeta y en todos ellos ha dejado su impronta: ha participado en recitales, conferencias y lecturas poéticas en lugares como Sicilia, Montevideo, Serbia o México y como colaborador ha publicado en revistas internacionales, entre las que destacan: Fisura (Nueva York), Fractal (México) o Letras Libres (México) o Noak (Jerusalén).

 

 

 

 

Abandonamos, se decía.

Una isla sombreada por un volcán

Y sin adioses.

 

Y creo, creo

En la triangulación de la montaña,

De aquella montaña que dejábamos atrás,

Pareja a la triangularidad de la isla nueva

Que vela el secreto nombre del agua.

 

Por primera y última vez

Enrolados en una misma empresa

Sin nadie que supiera los motivos

Y qué importa si había alguno.

 

O nos odiaban

O ya nada significábamos

En la historia de una isla satisfecha.

 

Hacia la

Lontananza, hacia lo que el sol

Borra con el aura de otra isla,

 

Tensa, dispuesta a dar el salto

Hacia otro sol, en otro cielo

Nítido y tenso,

Para otro asalto.

 

 

 

A ciegas pintamos una isla

Y fingimos alcanzarla por mar

Como si fuera cierta.

 

La muerte se agazapa

Bajo la quilla de estas páginas.

Hinchan las velas

Los adioses del destierro.

 

No la voz, rota y recosida.

La pérdida en el eco de la nave escribimos.

 

 

 

El libro, sus letras apagadas,

Abierto lo mantiene el desamparo.

 

Pasan las páginas,

Buscan vocales

Las velas del dolor que se desplaza

Y en casa del novio no halla cobijo,

Ni aire que temple a la llama.

 

En el consuelo nos mantiene,

Pues

Errando en la lectura, torpes en la lectura,

Y aun desposeídos de fe,

Error enciende mi destello.

 

 

 

Cede  la noche y eres tú,

Por ser algo sólo eres tú

Lo que el viento devuelve

 

Y difumina,

 

Al fondo

las imágenes se desleen

Y lo imaginado

No pudo ser

 

Y difundirse. Se esfuman al fondo

Celajes y destellos,

Augurios de leve ancla

O breve paz,

Siquiera tregua

 

 

En la liviana

Nube

Que el sol borra a la aurora,

 

En cada grano de arena,

En el nervio y en la espina,

En los besos, en los ojos,

En los lances de caza furtiva,

 

En la voz volada de mi cuerpo,

 

En la sílaba al pairo

Del pensar ausente,

 

Me

Poseíste.

 

 

 

La muerte nunca muere,

Pasea

El viento por tus labios,

 

Las brasas se consumen,

 

Y rehacen.

 

 

Tu casa ahora es la celeste,

El cielo desplomado bajo el agua,

Casa del padre que apenas ha sido,

Sólo un puñado de reflejos

Traídos y llevados por el aire,

Todo el cielo amansado,

Por encima y por debajo del cielo,

Tu imagen en las olas que se vierten;

 

Todo el mar en silencio,

Las olas deshojadas, sin volumen,

Todo el mar sin sabor,

 

Entero, ignorándose.

 

Enséñame la luz.

Enséñame el valor de la luz, tú que no sabes.

 

 

 

Si me dieron la vida

Para clavarme en un quicio y girar,

Del este al oeste y vuelta a empezar,

La dulzura insoportable del filo

Apenas rozado de un comienzo

Que nunca empieza,

Líneas y más líneas los besos, los versos,

Sobre este mar oscuro conozco

En lastre tus ojos, la noche alba y vacía.

 

 

Verano de la tarde entre las zanjas sin fin,

Adormidera todo el cielo, serenidad,

Al margen de pozos inmundos.

 

El rostro entre la yesca,

El fango en todo el cuerpo.

Un olor acre al fondo de tus ojos.

 

Noche, bogando desde barlovento,

Láminas escurridas, si calmaras

Este cielo que arde así de inmenso en mi garganta.

 

  Caían de tu cuerpo cenizas como espinas,

Como barca al pairo, y las letras que caían,

Tocando fondo, hojas sin fin y sin raíces

 

Por el río a ciegas del océano.

 

Mas yo, en

Clausuradas habitaciones, pienso

Con ojos redentores.

 

 

Por salvarte del horizonte

Enterré mi cuerpo una tarde de mar en furia,

Incluso sin vestigio

De isla fatal

                    que a ti y a mí

Debió a lo lejos de iluminarnos.

 

Ausencia y temblor enhebré,

Ceguera e ignorancia en cruz,

Para hacer entera mis ojos

Tu mirada primera.

 

 

Una casa levanta y desbarata

El loco que entra y sale por la puerta,

En medio de la imagen que golpea

Al otro que lo mira

Y es de sí, sin voz ni aura,

El ignorado.

 

Que ve, bebe y se besa

En esos

Sus resplandores,

 

Cuatro sacos de cal

Para nada bruñir, la nube

Sobre un mar de brasas que se abre,

Cuatro golpes de cal,

Cuatro flores, una corona

Sin letras,

Otra vez una casa en lontananza.

 

 

Intacta sombra de volcán.

Isla en ruinas.

 

La lengua de los nuevos

Señores se decía

 

A través de la áspera cruz

En sus frentes ceñida. El

 

Humilladero,

La sombra de nosotros a merced del mar

 

Hirviente, a veces serenado,

Según la sangre fuera derramándose.

 

 

 

 

Escribir es volver, volver

A la escritura, donde

Quien vuelve muere

Y pasa inadvertido

Al mirar de otro

Que no mira, escribir

Es una espera que dibuja

Y borra por la noche la labor,

Deshaciendo la noche la labor

De bordar con letras pintadas

La noche, la escritura

Enhebra estrellas en el paño

Oscuro de un vestido que pasea

Encima de un puente o en la mirada

Que sigue la ida y vuelta de una cara

Indiferente,

Así somos el que regresa

Y el que espera esa vuelta,

El ser saqueado que a la orilla vuelve

Y la orilla ignota y saqueante,

Lo uno y lo otro,

Separados por el clavo de la conjunción,

Esto y aquello, el rostro que se apaga

Y lo que al fin nos dice y nos desliza

En el olvido,

Quebrando las costillas de la barca,

Las costillas del cielo y de la mente,

Definitivamente la ilusión

En el estallido final de la claridad.

 


Poética

BEATRICE

Pude haber optado por un tipo de experiencia más presentable, donde la audacia hubiese sido también más inteligible.
Cuna y madera, talento y principios no me faltaron. Pero prescindí, ay, de maestros, y a nadie tomé para dedicatoria, paráfrasis u homenaje, pues los pocos que despertaron mis simpatías, o estaban muertos o andaban escondidos. Y otro tanto sucedió con los temas en que me las vi. Siempre pertenecían a la otra mirada, la que despierta la sospecha de un desliz en la ciega, armoniosa enormidad del mundo que amenaza con vaciarse en el temblor de una respuesta aplazada.
La otra mirada es la mirada de los perdedores —fieles vasallos del sinsentido—, cuyo empeño queda rebasado por la ley que unos llaman dios y otros motivo de literatura, de la misma manera que la senda en el valle o la casa en el desierto son finalmente recobrados por la broza y la desolación.
Y la gente no está para lo difícil. Aplauden el estilo limpio, la intachable conducta, y eso que llaman rigor y lucidez. Aplauden la vida, el método, el triunfo.



ELEGÍA MARINA

Imperceptible, un sol
Declina por las ramas de la costa
Hasta las ondas de poniente
Que agitan los insectos.

Aquí reposa el cuerpo en la húmeda
Tierra de la memoria.

Un grito hubiera roto la distancia.

El único retorno
Murmura en lo más alto de la densa arboleda
De eucaliptos bajo el cielo cubierto. La sombra
Del volcán vertida al mar es el último mar
Que se cierra a los ojos en medio de un gran sueño.
El mar que penetraba por el borde más alto
Del sol, será el último mar
Para dorar tu frente. Como
Si el mar que terminara
________________________de un golpe
Cumpliera tu figura.



TU CASA AHORA

Tu casa ahora es la celeste,
El cielo desplomado bajo el agua,
Casa del padre que apenas ha sido,
Sólo un puñado de reflejos
Traídos y llevados por el aire,

Todo el cielo amansado,
Por encima y por debajo del cielo,
Tu imagen en las olas que se vierten,

Todo el mar en silencio,
Las olas deshojadas, sin volumen,
Todo el mar sin sabor,
Entero, ignorándose.

Enséñame la luz,
Enséñame el valor de la luz, tú, que no sabes.


IMAGEN DE NOCTURNO EN CALMA

La imagen de las ramas que acarician
La pantalla, la lámpara encendida
En el pequeño balcón de madera
A la vista de Orión
A ras del horizonte
Invisible, la imagen de las ramas
Como trazos en círculos
Con sed de transparencia, el mar a oscuras
Latiendo en otra parte, nada alienta
Ni trasciende, ningún motivo, nada
Más que las sombras
Cerrando las auroras fulminantes

Del pasado, volcando sus eclipses
En estas líneas
Que se aventuran, salen afuera, indagan
Su propia llama, así yo ahora dando
En esta distancia sostenida vueltas al aire,
Al latir de un entonces en la noche, en la imagen
Que dice no decir, no alentar nada,
Sólo la luz buscada casi abierta,
Encarnada en los trazos de estas letras,
Claros fulmíneos, sombras sucesivas,
Todo en los márgenes vertido,

La tornadiza luminosidad
Que arroja aquí hasta hoy
La lámpara encendida, aquella noche
En esta noche de ahora,
A semejanza el aire
Del aire de la noche de todos los entonces,
Violentos, como sangre que discurre
Encandilada de horror, a lo lejos,
Para hallar un sereno
Dominio de cosas próximas y no cercadas,
Flotando en paz,
Hacia todas las partes.

Extractos de los diarios

 

 

SI QUIERES pintar el mar no lo veas como movimiento. Fija la retina en las manchas azules, blancas y negras, y permite que sean las manchas las que hablen de fulminaciones. Lo que vendrá después, no le incumbe a tu mirada. Sólo la fijación, la mirada sin parpadeo.

 

EN EL rastro los Encantes encuentro por los suelos un ejemplar de la novela de Graham Greene El fin de la aventura , y sólo luego, cuando trato de enderezarle las tapas, leo la cita que trae de Léon Bloy: ?El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor?. Será por eso que uno tiene ya más lugares conocidos y menos dolor.

 

AH, LA tristeza aquella otra vez aquí, tenue y fija como un pañuelo olvidado que recuerda el viento en medio de un paisaje sin signos.

 

MATERIA de los sueños: ¿adónde vais, en qué os desvanecéis, cuál es la sustancia de aquello en donde se pierden el humo, las formas de las nubes, el sabor dulce y desconsolado de los sueños? Como si al fondo, hacia el principio de lo que fue nuestra vida, se perdieran allí como lágrimas aisladas las gotas de sangre de lo que fuimos. Y quién podría besarme en la frente que arde de fiebre para que pudiera volver a conciliar el sueño.

 

MELANCOLIA de golpe, de plomada hiriente, rueda de molino lazada al alma que te hurga en las entrañas. Y te convierte en silencio, en mirada fija y sin objeto. Ni siquiera tú eres objeto; nada. Nada yaciente y muda, nada enajenada de nada. Nada que agravan todas las cosas que pasan sin dejar huella. Nada de los huideros. Nada que es eco de las cosas que pasan de lejos y te mortifican por no aproximarse a tu escucha. Sólo estás ahí, echado en la cama, y es una tarde de domingo. Tu vida entera es tierra despejada de relieve.

EL MAR estaba esta mañana tan sombrío como una premonición, y eso que en primer plano refulgían las flores blancas de los magnolios, la espumosa vainilla de las sóforas, los paraguas de Chinas tirando a nata quemada, a suflé de azufre. Luego, cuando he vuelto la vista al mar, se divisaban puntos lumínicos entre la bruma que, en las cercanías, envolvía las instalaciones del aeropuerto.

 

LA SENSACIÓN de final, de las áreas desangeladas y limítrofes en las autopistas. Final del horizonte. A los que siguen de pie, mejor ni mirarlos.

¿ EN QUÉ piensa el aviador que surca el crepúsculo? ¿Y la gaviota que se ha alejado en busca de aire fresco y retorna a esta hora despacio y solemne a la orilla del mar? ¿Y el pajarillo veloz huyendo como siempre? ¿Tú y yo vemos lo mismo que miramos? ¿Observamos el mismo atardecer?

 

TU TIEMPO termina: así también podrías decirlo. Sobrevuelas bajíos y arrecifes. Las charcas se rebosa de recuerdos estancados. Todo lo que sigue es ya una gracia, y en tu mano está el íntimo, callado agradecimiento.

 

LA BELLEZA es severa y difícil, escribía Balzac. Así que espero a que amanezca. Que la forma del día nuevo, procedente de todos los días, se cumpla como día distinto. Asómbrate en lo mismo. Una vez más.

 
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Comentarios Bravísima la poesía de José Carlos Cataño

me gusta es diferente  y real  puntos de vista dispares ante otros que digamos  sin  yo tener ese arte eso se nace y se adquiere frente a una basta cultura  pero si  que me van con mi espiritu  son mas que versos reflexiones

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