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Bravísima la poesía de Jesús Aguado

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Jesús Aguado

 

 TAGS:undefinedLa poesía de Jesús Aguado

Por     eso    las    palabras     nos
escriben,/    es      decir,         nos
tornean,    nos      labran,       nos
dibujan.

Leer la poesía de Jesús Aguado es como asistir a un baile de disfraces. En cada uno de sus libros el poeta se coloca una máscara distinta para bailar con la realidad sin aprehender del todo sus múltiples facetas. La realidad es multiforme y como tal  se reinventa a sí misma en cada uno de sus actos. La observamos ir y venir, nos dejamos mecer por el oleaje de las palabras y sentimos como van y vienen los recuerdos, las historias de amor, los reencuentros. Oímos a los otros, los viajes hacia el alma, los latigazos que intentan zaherirnos, las preguntas patéticas sobre el sentido de la vida; todos esos compañeros de baile se inclinan ante nuestros ojos, pero cuando vamos a descubrirles el rostro que se oculta detrás de su máscara, desaparecen, se zambullen en el tiempo.

Aguado se embauca en el canto de sirenas, cohabita con los presentimientos, forja mapas distintos, construye caminos y deshace otros. En ese insistente juego de azar en el que participa cada jugador es un poemario distinto. Él lanza los dados, palabras que se adhieren como alfileres a la piel de una realidad desnuda. Poco a poco se va desembarazando de la realidad en esa catarsis con los otros; es ahí donde el peso se aligera, donde las experiencias son sujetadas por alfileres visibles, atraídos por la herradura del lenguaje poético.

Gracias a ese juego continuo que abre las puertas a tantas experiencias inéditas, el poeta ha conseguido abrirse un hueco en la poesía contemporánea. Nacido en Madrid,  ha residido en otras ciudades españolas como Sevilla, Málaga, Barcelona o Huelva, pero también vivió durante una temporada en La India, concretamente en Benarés. Galardonado con el premio Hiperion en 1990, por el libro Los amores imposibles; su obra  poética es ingente y de temática variada. Se inicia en 1984 con Primeros poetas. A ésta obra le seguirían entre  otras: Mi enemigo (1987), Semillas para un cuerpo ( 1988), Libro de homenajes ( 1993), El placer de la metamorfosis (Antología 1984-1993), 1996; El fugitivo (1998), Piezas para un puzle (1999),    Los poemas de Vikram Baru (2000),       Lo que dices de mí ( 2002), Heridas (2004), La astucia del vacío ( 2005),  Mujeres que sueñan (2007), Verbos, (2009).

 Aghata

Los búfalos

 

Saber lo que es la vida no es distinto

que contemplar a un búfalo zambullirse en el agua.

Esa tensa fruición con que husmean en el aire

cuando se sienten cerca del río se parece

a la furia grosera de los dioses cuando crean un cuerpo,

otro mundo finito al que entregarse.

(Los dioses sueñas con búfalos, con tener sus fronteras

de piel firme y lustrosa, sus ojos delatores de una muerte

serena, su pasión por la lluvia y los lagos. Ellos quieren saber

lo que es el tiempo que se acaba desde uno de sus seres

perfectos).

           He mirado

Muchas tardes la larga procesión de búfalos

dirigirse a mis ojos para bañarse en ellos:

les llamaban mis lágrimas, lo más vivo de mí.

 

 

 Lo que veo pasar me ve pasar...

Lo que veo pasar me ve pasar
y por eso estoy vivo.
Lo que veo
detenido me ve quedarme quieto
y por eso no muero.
En mis ojos,
los ojos de los árboles y el río
se miran para ser y darme el ser.
No espejos sino luz.
No parentesco
o relación sino lo mismo.
No
el tiempo desplegándose despacio
para extender su red
sino la araña
devorando a la araña para hacerse
tan grande como el tiempo y devorarle.

Lo que veo pasar me deja ciego
y por eso estoy vivo.
Lo que veo
detenido me aparta de mis ojos
y por eso no muero.

!Sigo aquí!

 

Las tijeras

 

Hacía trampas siempre jugando al póker o al amor:

le gustaba perder.

Recuerdo haberla sorprendido escondiéndose un as

-que le hubiera otorgado una escalera máxima-

Y sacándose un cinco una vez que ya había

puesto en la mesa el resto.

No quería deberle nada a Dios.

Vencer o ser feliz, me aseguraba,

era hacer teología; vivir era otra cosa:

se parecía más a unas tijeras que a un collar de zafiros.

Intenté hacerle trampas yo también:

para que no rompiera con mis besos

le oculté que su cuerpo me hacía muy dichoso,

puse cara de azufre (de diablo), cerré las puertas con violencia

y procuré mostrarme incoherente.

Se percató de mi farol, me hizo apostarlo todo

y, tan parsimoniosa como la misma muerte,

me enseñó su jugada: estaba despedido.

 

 Tus  palabras...

Tus  palabras:   me    envuelven  en  una
placenta  y  me   colocan  delicadamente
en   tu  interior  para  gestarme.

Me     trasladan,    las   traslado,    vamos
abriendo   surcos    desde   dentro  hacia
afuera.

Una  flecha que viaja  por el  interior  de
una diana: para ella  acertar consiste  en
encontrar   la   salida   (y  sólo tiene  una
oportunidad, un tiro):  para  ella la diana
es un laberinto. Así  que  finge  dormirse
hasta   que la salida, que  coincide con  el
centro,    pasa    distraída    por    su  lado.
Entonces sí: se alza, se tensa y le dispara
por   la   espalda.

Todo   recién   nacido  lleva   tatuado  un
laberinto   y  una   diana  que  la vida   se
encargará de ir haciendo visibles trazo a
trazo.

Vivir    es   reparar   los   efectos    de  esa
emboscada      original    que     supuso   la
muerte  del  centro, es  hacerle  el  boca a
boca   al   centro    hasta   que    vuelva   a
respirar.  Pero  el   centro  no   es Dios (el
centro   no  es  el   Centro)   sino    tú,   yo,
cualquiera   de   nosotros.

Cuando  te   tanteo  en  la oscuridad   mis
manos      recorren      las     paredes       del
laberinto.   Y   el   modo   en  el    que    tus
gemidos    rebotan,   se  amplifican   o     se
duermen  por  sus corredores me  enseña
las        dimensiones    y      el     dibujo   del
laberinto.

Cuando   me  lames  en la oscuridad    una
diana  se pone a rodar  cadera  abajo,    un
blanco     en    movimiento   al    que     sólo
puede  acertar  una flecha  perfectamente
inmóvil.

Tus    palabras  son  un  líquido cálido:     al
bucearlas   me   duermo.

Al   hablar  desenrollas   los  caminos     del
mundo     para    que    yo     los       explore.
Cuando  callas    los    vuelves  a     enrollar,
pero  queda   una tenue   huella de       cada
uno   de  ellos gracias  a  la cual        siempre
puedo   reconstruir   algunos.

Me    has   enseñado a  ser peligroso    para
mí    mismo  y a   ser inofensivo  para     los
demás.

Después  de  muchos  abrazos   no    somos
una   pareja    sino   un    atlas.   Si    alguien
quiere  saber dónde  se encuentra o   hacia
dónde   queda  el  lugar    al    que      planea
viajar,   sólo  tiene  que abrirnos  y    poner
un   dedo sobre el punto de destino.

Si   no   fuera   por   lo  que dices de mí,     y
porque  me   llevas  en   tu  interior   como
una  madre al  feto,  mi laberinto     estaría
en    ruinas:  cascotes  en   vez de      muros,
montones     de     piedras      en    vez      de
elegantes  revueltas,  ratas  comedoras  de
ojos    en  vez  de   minotauros,     polvo   en
suspensión  en  vez  de corrientes   de  aire
fresco   filtrándose  por  las  grietas.

El     cordón     umbilical:    el    hilo    de    la
madeja.

Dejarse nacer en  otro es   un   acto  de   fe,
una   locura. Y  también: un  pacto  con  el
silencio    que    fuimos      para       que     no
irrumpa  en  el   silencio que seremos.

Sólo  soy   una    sombra   proyectada  en  la
pared:   existo   porque  tú   eres  cuerpo   y
bombilla.     Existo      porque      nada       se
interpone   entre   nosotros.

Tus  fluidos  me   escriben, me   dibujan   el
modo de   salir.  Dibujo   que  he   de   beber
para   que   tenga   sentido.

 

 

De lo que Chantal se llevaría a una isla desierta

 

Chantal se llevaría un detector de mentiras. Lo primero que haría con él nada más llegar sería aplicarlo a la propia isla desierta; con ello comprobaría si realmente era una isla y si realmente estaba desierta (o, lo que es lo mismo, si yo no estaba emboscado, para reírme de ella, detrás de algún arbusto). En seguida, porque el viaje habría sido agotador, le haría pasar la prueba a las ganas de  dormir, y luego, por ese orden, a la noche y a las estrellas, al aire cálido, a la arena seca del claro del bosque; entonces, por fin, se acostaría. Cuando estuviera bien segura, transcurridos unos meses, de que ninguno de los seres de la isla le mentían sobre su naturaleza, buscaría otros a los que someter con el detector. Así, tendría que dejarse interrogar el ser y la nada, la sensación de furia irracional, la aurora boreal y la noción de infinito. Por último, sentaría ante los claves y el bloc de notas  a la verdad en persona. Pero ésta, astuta como el propio diablo (si es que no es uno de sus disfraces), ante la primera pregunta soltaría tal carcajada que el detector de mentiras saltaría por los aires en mil pedazos. Mas la verdad, algo que no había previsto al reírse de aquella manera, sería expulsada a patadas de la isla por una pareja de tigres copulando, por la brisa del amanecer, por la belleza imposible de los ojos de Chantal.

 

Todo lo que decimos...

Todo      lo      que         decimos
inaugura                   distancias,/
estructura de modo distinto lo
que somos/ y nuestra relación
con lo que existe,/   cambia  de
decorado y cambia de   guión,/
modifica    el    sentido   de     las
leyes/    y   nos    hace    asumir
actitudes y fines/ que antes  ni
siquiera imaginábamos.

Por     eso    las    palabras     nos
escriben,/    es      decir,         nos
tornean,    nos      labran,       nos
dibujan./       Para     ser       más
exactos:  las palabras,/  lejos de
ser  pasivos  instrumentos/   en
nuestras   manos,  son  gigantas
poderosas/     desde aquí puedo
ver      el      grosor       de       sus
músculos,/                 sus         ojos
inyectados,     la determinación/
que    demuestran   sus   gestos)
que    nos   usan/ como  materia
prima para hacerse sus casas.

Las   palabras   nos   hablan,   las
palabras/  nos  habitan.   Por eso
decir    lo    que    nos     dice/    (o
hablar  lo  que   nos  habla, callar
lo   que   nos   calla,/   escribir   lo
que   escribe   nuestra   vida)/ es
mucho   más   que   un   acto/  de
aceptación      de    la   existencia;
es/     poner     una  semilla  en la
palabra/   para   que  diga  lo que
somos;   es/ seducir la  palabra y
penetrarla/     para      que      nos
alumbre   y  nos  lleve a su casa:/
y   nos  lleve a una casa que es la
nuestra.

Frente   a    todos    aquellos/ que
están    donde    no    están     y  no
están    donde    están,/   frente  a
todos   aquellos   que   al  vivir/en
una    casa    ajena    en    realidad/
habitan   una   cárcel,/   la   poesía
y   el   amor    nos    hacen/   libres
para   elegir   una     casa      y    un
mundo/   y    nos   dejan   abiertos
para   ser   elegidos/  por la casa y
el mundo que elegimos.

Y   cuando  afirmo    «todo   lo   que
decimos»   quiero/   decir   la   que
decimos    con    sentido:/    aquello
que      se    dice    por     medio    de
nosotros/    (la   poesía   y  el amor,
la luz/   y   los   bosques   y  el mar,
la   nada   y   el  olvido...),/   aquello
que    bautiza    las    medidas      del
mundo/   (rediseña   la   planta   de
la  casa),/   aquello   que   le   da    al
mundo      otra      apariencia/      sin
por      ello      impedir       que     siga
intacto/,     aquello,    en    fin,     que
afirma   la   que   es/    en     vez    de
destrozarlo,      de    ignorarlo,/     de
pasar     a    su    lado     con    los ojos
borrándose.

 

 

COMO el que se emborracha con su yo

y, perdido el sentido

                                  después de muchos tragos,

a todo llama yo,

a una serpiente, al polvo, a sus sandalias,

al vendedor de dhal y al Soberano,

a la estatua de Durga

                                      y hasta a la misma Durga,

a todo llama yo tambaleándose,

sordomudo funámbulo 

                                          que acabará aplastando

su yo contra el yo- suelo.

Vikram Babu pregunta:

¿cuánto bebes?

 

COMO el que pierde el juego sin parar

y apuesta a su mujer

                      y luego a un hijo

y luego sus tesoros

y luego varias vidas venideras

y, cuando no le queda nada, apuesta

también lo que no es suyo:

                                                 el Universo, el Nombre,

el Hilo de la Araña y las Tijeras.

Vikram Babu pregunta:

                                        ¿por qué juegas?

 

COMO  aquel que repite

la palabra elefante sin descanso

millones y millones de veces,

                                                   muchos días

sin apenas comer,

la palabra elefante,

                                la palabra elefante.

Al final ya no sabe lo que dice

y, aunque le llama Dios a esta ignorancia

y le visita el éxtasis

y talla toscamente exvotos de elefante

y viajan desde lejos a postrarse a sus pies,

un día paseando por el bosque

se cruzan un elefante verdadero

y se queda parado buscando en su memoria

y antes de que recuerde

                                          qué es aquello que ve

le tumba el elefante de un trompazo

y le cubre de estiércol

                                       y muere el maestro

de vergüenza allí mismo.

Vikram Babu pregunta:

                                          ¿no es gracioso?

 

COMO el que mata a un niño y lo desuella

y machaca sus huesos

                                      y quema sus tendones

y da a comer sus vísceras a un perro

 

y, orgulloso, convoca

a padres, familiares y vecinos,

les explica con lujo de detalles

su cruel comportamiento

y luego les invita a que entre todos

armen de nuevo el puzle de ese niño.

Vikram Babu pregunta:

                                          ¿eres así?

 

COMO  el que acecha a un tigre

disfrazado de tigre:

aterrado, al toparse con él pierde sus armas,

pero el tigre se alegra de encontrar compañero

y le obliga a seguirle

                                    y a integrarse en el grupo.

Al poco experimenta grandes cambios:

se endurecen sus músculos, se vuelve más flexible,

saborea con gusto la sangre de las víctimas.

Ninguno en la manada sospecha la impostura.

Pero al cabo de un tiempo

                                          la piel de su disfraz

le parece gastada

                                 y sucia y vieja,

y para obtener otra vuelve a acechar un tigre,

le muerde la garganta hasta matarle

y le arranca su piel

                               y se viste con ella.

Luego vuelve a la cueva satisfecho

Y a sus crías reparte lengüetazos.

 

Vikram Babu pregunta

                                            ¿no da miedo?

 

COMO un año de fuerte sequía que provoca

una hambruna.

                            Los muertos

se hacinan en las calles y en las piras.

Por un grano de arroz se matan los hermanos.

Los búfalos se dejan morir en las cunetas

y los monos se beben su sangre a dentelladas.

 

Y los dioses ajenos a tamaño desastre

(en sus altares nunca falta leche o guirnaldas),

se juegan los monzones a los dados.

 

La hambruna pasará,                

                                     Y seguirán los dioses

ociosos y lejanos como globos

que una niña soltará descuidada.

 

Vikram Babu pregunta:

                                      ¿y si nos los comemos?

 

 

No estés triste‚ mi amor...

No estés triste‚ mi amor‚
y si lo estás‚
que tu tristeza sea un modo de vengarte
de Dios y de las flores‚ de la alegría inútil
que debe ser la vida según ellos‚
y no estés triste nunca
por las cosas que pasan o no pasan‚
sino solo por esto: porque contempla la tristeza
desde lejos a Dios y a las flores y al tiempo
y nos lleva al lugar donde amar es posible.

 

Hija

me sonríes con todo

con tus pies y tus manos con el aire

con tu boca que sigue succionando

cuando duermes

con tu madre diáfana regalo de la luz

con tu madre de piel y aroma y tiempo

con tu llanto

ese monte que escalas despacio y desde cuya

cima

te arrojas hacia el sueño como un gorrión al agua

me sonríes

y entonces yo que te he estado esperando

como esperan las vías al tren que las hará

destino y música

paralelas de pronto en su infinito

te sonrío

y en mis brazos salimos

dos nacidos jugando a inventarse la vida

a acariciar al gato que persigue

la pelota de lana de algún mundo

dos nacidos que inventan el juego de la vida

y sonríen

mientras pasan las nubes

y la lluvia descansa de ser lluvia

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Comentarios Bravísima la poesía de Jesús Aguado

Tienes toda la razón ... es un baile ... una filigrana ... un hilo de oro ... un corazón desbordado ...
Me ha encantado "Los Búfalos" ... quizá por mi admiración hacia los indios norteamericanos
Delicado y ... delicioso
Besos como siempre querida amiga ...
A mí también encanta ese poema. En realidad me gusta mucho, muchísimo la capacidad de renacer, cual ave fenix, después de las cenizas de cada nuevo proyecto. Cada uno de sus libros, tiene una voz propia, pero auténtica. Algo que no siempre es fácil de conseguir.
un beso gigante.
[...]e un poco de elegía tímida, porque ya casi nadie escribe así, con la muerte en los talones. La poesía de Aguado tiene estas cosas, y también India y disfraces. IMAGEN: lasafinidadeselectivas.blogspot.com Nacho S. (@nemosegu) Almacenado en: Jesús Aguado[...]

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