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Bravísima la poesía de Eliseo Diego

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Yo echo los ojos bien adentro de mí mismo, cruzo el espejo, y lo sé ya de una vez por todas: poesía y vida comienzan para mí en una sola visión de dicha.

Eliseo Diego

Te presentamos una selección de poemas de Eliseo Diego, el gran poeta cubano que supo  describir con una extraordinaria clarividencia el misterio que subyace en el proceso de creación poética. Un poeta que consideraba irrenunciable su vocación y cuyo carisma fue reconocido no sólo en el mundo de habla  hispana, sino también en otros países, como Rusia, donde se le otorgó el premio  Máximo Gorki, como reconocimiento a las traducciones poéticas que realizó de los grandes autores de la literatura rusa.  El poeta recibió otros premios y galardones a lo largo de su trayectoria: nombramientos, como el de Doctor Honoris Causa de Universidad del Valle; distinciones, como la Distinción Gaspar Melchor de Jovellanos, otorgada por la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba, y premios de gran prestigio internacional – el Premio de la Crítica o el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe, Juan Rulfo.   Pero ninguno de esos premios pudo compararse a la satisfacción que sintió – como relataba a su hija, la escritora Josefina Diego- cuando le decía que los jóvenes le habían confesado que su escritura les había servido para vivir: “No a escribir, sino a vivir. Esto vale para mí más que un Nobel. Y explica la necesidad de la poesía, ¿no te parece?”. Un reconocimiento impagable para alguien que afirmaba con humildad: Soy de oficio, poeta, es decir, un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en renglones cortos que se llaman versos. Y lo hago no por vanidad o por el deseo de brillar, o qué sé yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas”.

Nacido en La Habana en 1920, pasó  una infancia dichosa en la finca Villa Berta, un lugar que aparece idealizado  en su primer libro de poemas, considerado un hito de la poesía contemporánea, La Calzada de Jesús del Monte.  Su vocación poética se fortaleció además gracias al viaje que realizo siendo todavía muy niño al Viejo Continente, donde visitó países como Francia y Suiza que afianzaron su capacidad ensoñadora y su precocidad literaria. De hecho, con tan sólo 8 años escribió sus primeros cuentos.

Aunque realizó  estudios de Ciencias Jurídicas y Comerciales en la Universidad de la Habana, estos estudios no los completaría y serían sus estudios  Pedagogía, los que le servirían para sus trabajos profesionales. Eliseo  impartió clases de Literatura Inglesa   en la Casa de las Américas y hasta 1970  condujo el Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí. Este trabajo sería completado por sus continuos viajes (visitó la Unión Soviética, Hungría, Bulgaria, Inglaterra, España, Nicaragua, Venezuela, Colombia) y sus traducciones. Esa labor aparecía plasmada en su libro “Conversaciones con los difuntos”, considerado hoy un muestrario de la literatura escrita en lengua inglesa.   

Por otra parte el poeta formaría parte del elenco de intelectuales que se constituyó en torno a Orígenes. En ese hervidero cultural se gestaron, entre otros, Lezema Lima, Virgilio Piñera, Ángel Gaztelu o Gastón Baquero.  Aparte del incuestionable valor cultural de esta Vanguardia, el grupo se caracteriza por el compromiso ético y por el deseo de  que la isla resurja nuevamente de las cenizas.  A todos ellos les mueve  una honda religiosidad, un deseo de hallar la espada encendida que guarda el camino del árbol de la vida.

 

  Eliseo escribiría su primer texto importante para la recién estrenada revista Clavileño: un artículo que lleva por título Boabdil y que apareció en agosto de 1942. Posteriormente aparecerían sus cuentos, en un volumen en prosa que luego sería conocido como “En las oscuras manos del deseo” y que publicó cuando tenía 22 años. Incluía tres cuentos. Luego esos cuentos, serían incorporados a “Prosas escogidas”, una versión ampliada. Además de estas obras, destacan  en prosa: Divertimentos (1946) o Noticias de la Quimera, ya en 1975.

Pero será su primer poemario “En la calzada de Jesús del Monte”, el libro que se ha erigido como un emblema de la poesía contemporánea. En él idealiza la finca de su infancia y muestra esas constantes que definen su diálogo con la poesía. El poema se constituye como una fuente donde mirar las imágenes traslúcidas de las cosas. El hacedor, el poeta - artesano de la palabra,  ondea la bandera de lo cotidiano, mira la vida que se adelanta ante  nosotros y sitúa su palabra, como una caricia, que fabrica una nueva realidad desnuda, imperecedera. Ese deseo de trascendencia provoca angustia, porque alcanzar la realidad velada de las cosas es imposible. Al artista le es imposible aprehender esa luz última, iridiscente.  La constatación de que existe una diáspora, un tupido velo que distancia la poesía de la vida  provoca tristeza:  

 “Increíble felicidad sería que la vida y la obra de un poeta formasen un cuerpo solo. Pero si los versos es él quien los escribe, ¿quién en cambio, va haciéndose la vida? Porque si a su mano estuviese, no hallaríamos sino azul y rosas frescas, enseñándonos muy al revés la experiencia que a menudo acaba todo en un horror de melancolía o en un terciopelo del infierno. Digamos entonces que son el azar y la voluntad quienes hacen con vida y obra lo que buenamente pueden y resignémonos a esta como a otras tantas tristezas”.

Los objetos siempre aparecen velados por el deseo y la labor del poeta es forjar un lienzo perenne que los vivifique, pese a su carácter efímero:

 

 “Y nombraré las cosas, tan despacio

que cuando pierda el Paraíso de mi calle

y mis olvidos me la vuelvan sueños,

pueda llamarlas de pronto con el alba.”

Nos hallamos pues ante el hacedor que asume su vocación con valentía, con el empeño del que se sabe impelido a crear, mientras transita por un sendero, arropado por    la fuerza de lo cotidiano. Aunque la muerte se adelante, aunque no podamos subvertir nuestro destino, el poeta sabe qué hacer con la palabra: “mi palabra escrita en letras holgadas, limpias, como una estela o huella de luz en lo escuro revelaba mi imagen al fondo del espejo y del sueño. Qué hondo estremecimiento era en el mueble, como una piedra que, lanzada dentro del lago, va allí labrando ondas cada vez más grandes, hasta hacerse infinitas”. 

Eliseo Diego defendía la necesidad de la poesía para lograr una vida mejor; aunque nunca se encuentren en el sendero, aunque exista una distancia entre lo que uno vive y ve y lo que se expresa en un poema. Él siempre prestaba el alma humildemente, se las prestaba a las cosas,  como afirma María Zambrano:  su poesía al prestar su única alma, consigue que ellas se mantengan en un claro orden,  que encuentren la anchura en el espacio y en el tiempo, todo el tiempo que necesitan para ser y que en la vida no se les concede.  Toda su vida siguió el mismo ímpeto, toda su vida fue un desafío, una lucha entre el ser y no ser, entre la luz y las tinieblas, entre “la angustiosa desproporción entre el resplandor de la experiencia y el balbuceo que intenta reproducirla”.

            Entre sus obras figuran además:

A este poemario seguirían otros:  Por los extraños pueblos ( 1985), El oscuro esplendor (1966), Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña (1967), Los días de tu vida  (1977), A través de mi espejo ( 1981), Inventario de asombros ( 1982),    Veintiséis poemas recientes  (1986), Soñar despierto ( 1988).  Póstumamente han aparecido Cuatro de oros (1990), Aquí he vivido (1999), una recopilación de su obra y Poemas al margen (2000), una  selección  de poemas que fueron desestimados por el poeta y que ha seleccionado su hija.

Voy a nombrar las cosas

 

Voy a nombrar las cosas, los sonoros

altos que ven el festejar del viento,

los portales profundos, las mamparas

cerradas a la sombra y al silencio.

 

Y el interior sagrado, la penumbra

que surcan los oficios polvorientos,

la madera del hombre, la nocturna

madera de mi cuerpo cuando duermo.

 

Y la pobreza del lugar, y el polvo

en que testaron las huellas de mi padre,

sitios de piedra decidida  y limpia,

despojados de sombra, siempre iguales.

 

 

Sin olvidar la compasión del fuego

en la intemperie del solar distante

ni el sacramento gozoso de la lluvia

en el humilde cáliz de mi parque.

 

Ni tu estupendo muro, mediodía,

terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano

mi cariño sabrá de las veredas

por donde huyen los ávidos domingos

y regresan, ya lunes, cabizbajos.

 

Y nombrare las cosas, tan despacio

que cuando pierda el Paraíso de mi calle

y mis olvidos me la vuelvan sueño,

pueda llamarlas de pronto con el alba.

 

 

Mi rostro

 

Como un extraño mi rostro se sorprende

cuando lo encuentro fugaz en los espejos,

sus labios tiemblan con angustioso dejo

como de infancia que cierta noche aprende

 

los harinados terrores del payaso.

Teme saberme tiniebla recubierto

de piel tan sólo, el instrumento incierto

donde mi  nombre suena sordo. Acaso

 

si en el retablo lejano que desdoro

estas mis cejas nocturnas elocuentes

en las diversas especies del azoro,

 

el hondo surco, esta nariz sapiente

vieran al centro de mi pausado coro

quién el tambor del pecho dobla hiriente.

 

La soledad del aguacero

 

Salta limpia la cándida humareda

que levanta la lluvia repentina,

cantando en las secretas arboledas

de los patios, quitando las esquinas.

 

Se moja el polvo qué profundamente,

se moja la confianza en los portales,

el framboyán colérico de enfrente,

los ciegos, respetuosos animales.

 

El español perdido en la bodega,

sobre sus duros sueños acodado,

carga la soledad del aguacero

mientras la sombra el interior anega

de la trastienda, y los siniestros dados

duermen en tosco túmulo de cuero.

 

Acerca de la luna

 

En fin, ella es la dueña

de las ruinas.

 

                Los tristes animales

que apenas vemos, grillos

de ojos tediosos, y pacientes

escarabajos de coraza heráldica,

 

pueblan al sol la hierba

piadosa y firme, pero temen

su lívida mirada.

 

                Pues ella

viene como quien huye, y todo

cuanto sus ojos miran

es sólo un sueño.

 

                              Ella

duerme, y no espera

otro prodigio que el silencio.

 

                              No tiene

otra promesa que su sueño.

 

 

Cartagena de Indias

                                   Ah! He was the flower of the flock,

                            was Flint.

                                         Treasure Island

 

Ávidamente solo escondiste las monedas cansadas

y las joyas crueles e inocentes como los ojos de un lagarto

entre la suave tierra madura.

 

Los mapas que ornamentan los delfines de oro,

los surtidores escarlatas, la verdinegra malla,

sostuvieron tus manos de humo.

 

Y luego lavó el mar la miseria de tu barco podrido

y en las noches elogiaron tu silencio

las blancas horcas de Cartagena de Indias.

 

Muy rápidamente atraviesa el cuerpo de un hombre

la insaciable frescuras de las inmensas aguas.

Te acompañó el escándalo de las gaviotas ávidas.

Sólo tu hambre conoce las joyas escondidas.

 

 

No es más

                                  por selvas oscuras

 

Un poema no es más

que una conversación en la penumbra

del horno viejo, cuando ya

todos se han ido, y cruje

afuera el honde bosque; un poema

 

no es más que unas palabras

que uno ha querido, y cambian

de sitio con el tiempo y ya

no son más que una mancha, una

esperanza indecible;

 

un poema no es más

que la felicidad, que una conversación

en la penumbra, que todo

cuanto se ha ido, y ya

es silencio.

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Los tiempos

 

El tiempo del Paraíso, es el suave gotear del agua,

cuando acaba de llover, entre las hojas del plátano.

 

El tiempo del Infierno es la humedad que encontramos

debajo de las grandes piedras, manchando la mañana.

 

El tiempo del Paraíso es la transparencia del agua.

El tiempo del Infierno es la transparencia de un espejo.

 

Versiones

 

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pitadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.

 

La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, del que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.

 

La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.

 

La muerte, en fin, es esa mancha en le muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror.

 

Sagitario

 

Dónde comienza el hombre,

dímelo,

dónde termina,

con la sombra debajo,

la sombra encima.

 

Y hacia dónde va el hombre,

dímelo,

flecha tendida

por el claro de luna

que la ilumina.

 

Por el claro de luna

de nuestra vida,

de una sombra a la otra

¡con tanta prisa!

 

 

 

La niña en el bosque

 

Caperuza del alma, está en lo oscuro

el lobo, donde nunca sospecharías

                            y te mira

desde su roca de miseria,

su soledad, su enorme hambre.

Tú le preguntas: ¿por qué tienes

esos ojos redondos?

                                   Y él responde,

ciego, para mirarte

mejor, llorando.

                             Y enseguida

tú vuelves: las orejas,

¿por qué son tan grandes?

                                   Y él,

para escucharte, oh música

del mundo, sólo

para escucharte.

                               Y luego

lo demás es la sombra – indescifrable.

 

Testamento

 

Habiendo llegado al tiempo en que

la penumbra ya no me consuela más

y me apocan los presagios pequeños;

 

habiendo llegado a este tiempo;

 

y como las heces del café

abren de pronto ahora para mí

sus redondas bocas amargas,

 

habiendo llegado a este tiempo;

 

y perdida ya toda esperanza de

algún merecido ascenso, de

ver el manar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

 

no poseyendo más, en fin,

que mi memoria de las noches y

su vibrante delicadeza enorme;

 

no poseyendo más

entre cielo y tierra que

mi memoria, que este tiempo;

 

decido hacer mi testamento.

Es

Éste: les dejo

 

el tiempo, todo el tiempo.

 

 

 

Locura

                    …la mayor locura… es dejarse

                    morir, sin más ni más…

       Don Quijote de la Mancha

 

Irreparable día

que con paso minúsculo y secreto

te vas como venías,

¿Por qué eres tan discreto

que no te aferras, clamas y porfías?

 

La noche siempre es una,

la que será después y la que ha sido,

la que meció la cuna

del sol recién nacido

y ha de arroparlo al fin en el olvido.

 

Mas tú eres diferente,

no tendrás ni tuviste semejantes:

ni el que besó la frente

de Horacio, ni el tunante

que hurtó a Villon de sus remotos <<antes>>.

 

¿Por qué entonces te alejas

sin un adiós ni asomo de amargura?

 

¿Por qué sin más te dejas

morir, si no hay locura

mayor que irse a dormir con sombras viejas?

 

 

La página en blanco

 

Me da terror este papel en blanco

tendido frente a mí como el vacío

por el que iré bajando línea a línea

descolgándome a pulso pozo adentro

sin saber dónde voy ni cómo subo

trepando atrás palabra tras palabra

que apenas sé qué son sino son sólo

fragmentos de mí mismo mal atados

para bajar a tientas por la sima

que es el papel en blanco de aquí afuera

poco a poco tornándose otra cosa

mientras más crece la presencia oscura

de estas líneas si frágiles tan mías

que robándole el ser en mí lo vuelven

y la transformación en acabándose

no es ya el papel ni yo el que he sido.

 

Y qué va a ser de tus recuerdos

 

 ¿Y qué va ser de tus recuerdos cuando

no tengas ya dónde encontrar abrigo?

¿El aroma feliz de aquellas cajas

Con guerreros minúsculos, herméticos,

y el eco de la voz que en la penumbra

te farfulla el secreto de las frondas?

 

¿ y qué va ser de tus recuerdos, dime?

 

De aquella niña que llegaba siempre

más pronto que la luz a tus razones

y del menudo perro que consigo

llevó a su noche el ser de la ternura.

Tú juventud es más que mi memoria,

muchacha eterna de la eterna vía:

ella perdure cuando el resto acabe.

 

Sobre una minúscula palabra

 

Leer es como vivir: corre uno el peligro de llegar al fin y no enterarse.

Así sucede ante todo con la poesía – esencia de los mejores momentos y palabras.

Está mañana me deslumbra la sorpresa de hallar en una sola el secreto de cierto poema de Bécquer cuya desolación me ha acompañado siempre.

El primer verso - ¿quién no lo recuerda?- dice: <<Cerraron sus ojos…>> Y enseguida, avanza con cuánta engañosa naturalidad: <<Que aún tenía abiertos…>>

Luego el poema adquiere la extensión maestra destinada sólo a engarzar el melancólico estribillo donde, hasta hoy, creí escondida la arrasadora tristeza que acompaña porque, al obligársenos a compartirla, es como si se negase a sí misma:

¡Y pensé: qué solos

se quedan los muertos!

 

Pero realmente el secreto está en esa minúscula palabra sobre la que nuestra atención pasa tan rápido que, ocultándose, desgarra terrible desde adentro.

Es, claro, la palabrilla aún: esos ojos aún abiertos, último asidero, ya roto, con las frágiles cosas de este mundo , de esta vida:

Cerraron sus ojos,

que aún tenía abiertos…

 

Canción para todas las que eres

 

No sólo el hoy fragante de tus ojos amo

sino a la niña oculta que allá dentro mira

la vastedad del mundo con redondo azoro,

y amo a la extraña gris que me recuerda

en un rincón del tiempo que el invierno ampara.

La multitud de ti, la fuga de tus horas,

amo tus mil imágenes en vuelo

como un bando de pájaros salvajes.

No sólo tu domingo breve de delicias

sino también un viernes trágico, quien sabe,

y un sábado de triunfos y de glorias

que no veré yo nunca, pero alabo.

 

 

Ascua

                           A Ray Bradbury

 

Todo se aviene, ves, a un punto de oro:

el mar color de bronce, el bosque oscuro

y el unicornio y leviatán fundidos

en un copo de fuego, un ascua pura

en medio del abismo.

                    Cómo pueden

 

los astronautas regresar un día

desde lo enorme a la minucia

innumerable de la hierba.

                           Quién

Sabrá el camino al tiempo del rocío.

 

INSCRIPCIÓN

Virgilio, claro poeta romano,
tú que no olvidaste nombrar a la humilde arveja
junto a los vastos dioses impávidos,
enséñanos a mirar las cosas,
la quebradiza corteza y la sombra
que apenas roza el agua;

tú que descendiste al revés del silencio, dinos
cómo conjurar a las vanas imágenes,
para que siendo
no se nos huyan como el humo,
ni con el frío dañen a los nuestros;

ayúdanos;
condúcenos al arduo trabajo, enséñanos
el rumor que ahuyenta a los pájaros salvajes,
y cómo desarraigar a la estéril avena,
y los diversos sacramentales de las aguas;
y qué signos ocultan las veloces nubes,
y las pacíficas noches qué repentinos presagios, y cuáles
la penumbra de la patria;

de modo que sea nuestra
tu lúcida vigilia, nuestros
tu coraje y tu paciencia, y la obra
como un inmaculado sacrificio que se ofrece, así
como tú ofrendaste la Eneida a las llamas.

CALMA

Este silencio,
blanco, ilimitado,
este silencio
del mar tranquilo, inmóvil,

que de pronto
rompen los leves caracoles
por un impulso de la brisa,

Se extiende acaso
de la tarde a la noche, se remansa
tal vez por la arenilla 
de fuego, 

la infinita
playa desierta,
de manera

que no acaba,
quizás,
este silencio,

nunca?

 

ASOMBRO 

Me asombran las hormigas que al ir 
[vienen tan seguras de sí que me dan miedo 
porque están donde van sin más [preguntas 
y aunque asomos de vida son perfectas 
si minúsculas máquinas que saben 
el dónde y el adónde que les toca 
y a la muerte la ignoran como a nada 
si no fuese tan útil instrumento 
con que hacer de lo inerme nueva vida. 

Pero aunque agrande su minucia viva 
el azoro redondo en que las miro 
y me apena que no se sepan nunca 
tal como son en su afanarse oscuro 
ya tan inmemorial como la Tierra 

más me asombra mi pena y me convence 
de que saberse el ser bien que la vale 
aun cuando el precio sea tan alto como 
el enorme silencio de allá afuera. 

DE DIVERTIMENTOS Y VERSIONES (Editorial Arca, Montevideo, 1967)

«

«El gallo»

¿A quién saluda el gallo cuando en el alba canta, lejano?
A la hora de los pasos ligeros, en la muerte de la noche, a quién saluda el gallo.
A quién saluda solo, en medio de toda la sombra que ha sido, a quién saluda el gallo.
Alegre, terco, lejano.

«De las hermanas»

 

Eran tres viejecitas dulcemente locas que vivían en una casita pintada de blanco, al extremo del pueblo. Tenían en la sala un largo tapiz, que no era un tapiz, sino sus fibras esenciales, como si dijésemos el esqueleto del tapiz. Y con unas pulcras tijeras plateadas cortaban de vez en cuando uno de los hilos, o a lo mejor agregaban uno, rojo o blanco, según les pareciese. El señor Veranes, el médico del pueblo, las visitaba los viernes, tomaba una tazo de café con ellas y les recetaba esta loción o la otra. “¿Qué hace mi vieja?” –preguntaba el doctísimo señor Veranes, sonriendo, cuando cualquiera de las tres se levantaba de pronto, acercándose, pasito a pasito, al tapiz con las tijeras. “Ay –contestaba una de las otras-, qué ha de hacer sino que le llegó la hora al pobre Obispo de Valencia”. Porque las tres viejecitas tenían la ilusión de que ellas eran las Tres Parcas. Con lo que el doctor Veranes reía gustosamente de tanta inocencia.
Pero un viernes las viejecitas le atendieron con solicitud extremada. El café era más oloroso que nunca y para la cabeza le dieron un cojincito bordado. Parecían preocupadas y no hablaban con la animación de costumbre. A las seis y media una de ellas hizo ademán de levantarse. “No puedo –suspiró recostándose de nuevo. Y, señalando a la mayor, agregó-: Tendrás que ser tú Ana María”. Y la mayor, mirando tristemente al perplejo señor Veranes, fue suave a la tela y con las pulcras tijeras cortó un hilo grueso, dorado, bonachón. La cabeza de Veranes cayó en seguida al pecho, como un peso muerto.
Después dijeron que las viejecitas, en su locura, habían envenenado el café. Pero se mudaron a otro pueblo antes de que empezaran las sospechas y no hubo modo de encontrarlas.

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Comentarios Bravísima la poesía de Eliseo Diego

me gusta lo que escribiste
parece estar muy bien documentado

te felicito!!
Para todas las que eres ... en título que más me ha gustado
Tienes una sensibilidad especial para escoger los poetas ... no eres una mujer al uso, mi ricitos de oro
Una buena selección ... pero breve
Te quiere.
Muchas gracias, Broeke. En realidad es una poesía preciosa, me gusta como poeta y como persona.
Un beso
Muchísimas gracias querida María. Me encanta la poesía, ya lo sabes. Pasión que compartimos, sueños donde volamos unidas.
Un beso gigante
hola:
gracias por comentar en mi blog que te gusta lo que escribo, he estado un tiempo sin escribir debido a examenes pero ya estoy de vuelta. tambien me gusta mucho tu blog!! soy una fanatica de la poesia!!

un saludo 
arancha arancha 14/12/2009 a las 22:24
Gracias Arancha, ahí has dado en la yaga, a mí me encanta la poesía.
me gusta muncho  es una poesia especial  y el broche un cuento eres genial ,

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