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Bravísima la poesía de Beatriz Hernanz

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Beatriz Hernanz  ( Pontevedra, 1963)

Escribir es descifrar la secreta arquitectura de la penumbra. Es invocar a la dulce daga del tiempo, habitar extramuros de la pena y no tener más que los afectos como equipaje hacia la muerte.

Beatriz Hernanz ( Pontevedra, 1963)

 

Esta doctora en Filología Hispánica (Universidad Complutense de Madrid)  es un ejemplo a seguir para todos aquellos amantes de la filología. Su trayectoria abarca diversas ramas que oscilan desde su propia producción poética a su labor como profesora, crítica literaria, investigadora, gestora, etc. En definitiva su currículo es un repertorio de todos esos palos filológicos, que pueden ser abordados,  cuando se siente la suficiente curiosidad literaria, cuando se navega con acierto y profesionalidad por todos sus puertos.  

Como docente ha trabajado en diversas universidades  y no sólo como profesora,  también en cargos de dirección académica (Escuela Superior de Arte Dramático de la Universidad de Kent). Sus colaboraciones en universidades, centros, organismos que gestionan becas y periódicos son numerosas y ofrecen todo ese rico periplo del que se alimenta el buen filólogo, el que verdaderamente se entusiasma por la investigación literaria y se compromete con la enseñanza. Por ese motivo la vemos en los Cursos del Escorial, en la Universidad Carlos III, en el Instituto Cervantes, etc. En todos esos organismos ha colaborado con prestancia. Es lógico además que haya abordado con seriedad  estudios filológicos de Teatro Clásico  y que como poeta se preocupe  por investigar a poetas trascendentes (Machado, Alberti) o por traducir a los foráneos (.Montale, Cummings y Swzymborska). Pero además es lógico su compromiso con las jóvenes promociones y de ahí la dirección de becas de instituciones como Endesa y hoy la Fundación Carolina. En la actualidad la actualidad compagina la dirección de becas de la Fundación Carolina con la colaboración crítica en El Cultural, del periódico El Mundo.

En cuanto a su trayectoria poética de la que te ofrecemos una pequeña selección, ha publicado La lealtad del espejo (Premio Barcarola de poesía, Albacete, 1993), La vigilia del tiempo ( Accesít del premio Adonais, Madrid, Rialp. 1996), La epopeya del laberinto ( Palma de Mallorca, Calima, 2001) y La piel de las palabras ( Palma de Mallorca, Calima, 2005).

Ella misma esboza el contratiempo de la vida a través de su obra. Para Beatriz, escribir es “navegar en la penumbra”. Nuestro equipaje son los afectos que se pliegan a nuestra piel para protegerla, pese a que sepamos adónde se dirige el barco, pese a que el aterriza es ineludible, esa muerta hosca y solitaria. Por supuesto que aparece el dolor y el desamparo, pero también el optimismo, pues las afinidades electivas están ahí, ya que los deseos nos hermanan. Retrocedemos innecesariamente para alcanzar las prendas del pasado e intentar taponar las heridas. Pero eso es imposible, únicamente nos salva de la muerte, ese bálsamo amargo, que beberemos en el futuro, el reconocimiento de los seres queridos, esas huellas que como nosotros se dirigen a la misma encrucijada.

Aghata

Vivo
Una luna de alfanje corta el valle de Morna.
La húmeda niebla envuelve
el asiento trasero del destino.
Una hoguera de almendros
esclarecía el desamor.
El viento se acerca,
como una presencia
infinita.
La carretera serpea en la distancia,
como los cuerpos olvidados que van a dar al mar.
El fósforo de la tarde se dilata en los campos,
y el mar hace creer en otra vida.
Suenan, a lo lejos,
los tambores de la playa,
una pavana ausente,
el agua desamparada.
Las palabras comen de tu mano,
como gaviotas de fuego,
como úlceras de la madera.
Tañedor de cuerpos,
tu tez se ilumina en la brisa y en la pena,
aldaba de la lluvia.
Pero la isla se cierra, como un amante,
sobre sí misma.
Recordó la noche en que casi perdió la razón.

 

 

   

Inventaré palabras nuevas
para hablar con tus silencios.

Un enjambre de verbos incide en la dulce luz
que robo ilesa de tus ojos.

Una infancia llena de oscuros secretos,
de palabras afrutadas,
de verbos ensimismados en el tiempo.
-El miedo también es un camino,
un corredor de sombras
que apura el opio perfumado del olvido-.

Tus uñas obscenas,
ácidas de noches lentas,
Descienden por mi cuerpo,
arañan
la transparencia súbita de enero,
una carne de luna
alegre en la derrota,
- nunca es para siempre -
con la complicidad de las fronteras.

Al norte del futuro hay una palabra
que espera ser escrita,

Tal vez pueda sobrevivir a tanto olvido hacia dentro.

 

Qué hay detrás de tantas vidas perdidas

la nitidez del engaño,

el hielo oscuro del infinito,

el terciopelo ausente de las caricias.

 

Raptada por el invierto,

qué fiebre cultivaré con elevación.

 

Delfos sólo trajo la mansedumbre,

el espejo encubierto de las montañas.

Necesito el reposo de las tinieblas,

-el cielo cada vez está más alto-,

las lámparas inquietas ribetean

las sombras familiares y sumisas.

 

Llevo un abrazo olvidado en mi seno,

pero un crespón de cenizas abriga mis entrañas.

 

 

 

Un bosque de cuchillos ciñe un traje de novia.

Es la patria del juego y la ignominia

que habita en los suburbios calcáreos de la memoria.

Los pájaros siempre son una despedida,

silente y pálida,

como ciertos atardeceres en el mar.

 

Crece un muro con la lumbre del abandono,

con las palabras del fango,

-tinta de la sangre o de la piedra-.

Las manos viven dentro del espejo,

desatan sin asombros la crueldad del estigma

negro, de mares de furia estéril.

 

El velo está roto y en silencio.

Los puentes se extienden como tigres

en el ocaso.

Pálidos musgos y pianos enredan un aire antiguo.

En la selva cantan los muslos tristes de una muchacha.

 

 

                       “Hay soledad, y amor, y estoy con vida”

                                         F. Brines

Olvido en los pliegues transparentes de la astucia,

oscuras amapolas de silencios, un sigilo de espadas,

en la delgada ausencia como un racimo de gaviotas.

 

Con la ternura sin leyes, su hambre de pan agranda

los cimientos del mar, el maleficio del vielito.

 

Mañana me perderé, vencida de verde olvido.

-Ataúdes sin sueño, mis zapatos heridos de distancia-.

 

Bebo mudos pétalos de sombra, soltando,

a flor de muerte,

desolados relámpagos de carne en las bridas de la prudencia.

 

Toma un cuerpo, prisionero del miedo,
y arrebátale la soledad, sin límite de lunas.
Devuélvele la confianza al pulso de sus noches,               
entablando batalla contra desengaños y adioses.
En la estación de los besos, no habrá ganador.
Ya no sabrá a insomnio de trenes el rayar del alba.

 

NANA niña, nana.

La nieve envejecida de la plaza.

Amaina el frío invierno

en la luz cansada de diciembre.

Se duerme tu nombre, niña,

en una ciudad de silencios de agua.

 

Nana, niña, nana,

el tiempo se disfraza con tu infancia.

Y con calma trágica,

Detiene a aquel gato rubio y solo,

Domestica tus sonrisas,

deshila los volcanes más huraños.

 

Nana, niña, nana.

El mar está elocuente esta noche.

 

Con su camisa blanca,

canta, aterida, la sirena

en la raíz de las sombras,

-camelias de sangre y de relámpagos-.

 

Nana, niña, pena.

Niña, nana, agua.

 

 

Unas manos que huelen a crepúsculos,
-de nuevo el verde olvido de la noche-,
la oblicua soledad llena canastos ateridos,
la oscuridad de todo gesto y sus meandros,
grietas en las ásperas flores de la duda.
              
Con sus manos recorría la lluvia y sus acacias,
las angostas colinas de la luz,
crucigramas sin destino en los rumores de su piel.
Con cintura huérfana de frágiles bellezas
abrazó la herrumbre de todos los silencios.
              
Salteador de eternidades, tus súbitos volcanes
perfilan camino largo en versos y sortilegios,
hasta llegar al alba en las vísceras de la ternura.

 

 

 

Desde hace muchas lunas oigo de nuevo el mar.

Huyen deprisa las palabras,

como sonámbulos perfiles de caballos,

en la plata fatigada de los libros.

El tiempo se llena de una redonda transparencia.

 

Todo tú sabes e irrevocable temblor de lluvia,

a una ráfaga pálida de espadas,

afilado jaguar en la raíz del espejo.

 

 


Vendrá, vendrá el amor, -seguro      laberinto-.
Descorriendo sombras, jarcias escarlatas,
como julio mil espejos entreabiertos,
-dulces añicos de luz atrapados por la brisa-.
              
Huele a sol. La calle, cómplice y ensimismada,
nos conduce por los recodos verdes de la dicha.
              
Azul, demasiado azul en el lento horizonte,
impulso de mar hacia los estambres de la noche.
              
La calle, sabia; el paso confiado, sutilísimo,
hacia la ribera irresistible del sueño
-celeste llave de luna y de cometa -.
              
Con vértigo restaurado, pude leer su voz,
cerrado abanico, cercando al insomnio
en la palidez oculta de unos brazos.

 

 

La tristeza se viste del      color de los deseos desterrados.
Es el feroz desnudo de aquella casa,
cargada de inviernos, vacía de muertos,
amueblada de infancia.
-Cruel inventario de derrotas soleadas-.
              
Un hombre solo, pálido de quemadas cercanías,
acuña penas, como monedas o sorpresas,
naufraga en la espesura violeta del olvido.
Por el pecho de un árbol
va el eco absurdo de cenizas sin horario.
              
Con rencor de escarcha mordió la noche su intruso amor,
callado y libre,
alto como las sienes fatigadas del silencio.

 

 

Treinta pétalos vacíos para tapar el      olvido.
Nos depara tosca nube el insomnio,
solitario infierno que anticipa la memoria.
Habito
en el suburbio amargo de la nada,
en la intimidad del desamparo,
en el cristal de los signos sin infancia.
Es el sonido que alumbra
la incesante tiniebla,
la agonía del agua,
el hábito inasible del miedo.
En las grietas del verbo
se repite la desidia de la espada.
Con prisa inútil
se desangra en música el intolerable infinito.

 

 

El dolor escoge sus ciudades,
el asedio aplaca sus heridas,
el amor persigue sus batallas.
              
En el feudo de tus manos,
-crisol de cenizas y llantos-,
perdura el olvido y sus cautelas,
languidecen augurios delicados.
              
Dilapido ausencias, transijo con la nada.
Pájaros lentos ofrecen su cuidado.
Dreno los aljibes oscuros de la sed,
la oblicua noche del regreso,
las imposturas del tiempo,
la quemazón de los retratos.
              
Te miraré otra vez, en otra noche
de desamparado rasgo.
Se columpia sin prisa la ternura,
me pruebo otra tristeza con la distancia de un presagio.
              

     

Paredes de luna detienen      todos los relojes.
En los bosques más cansados de tus ojos
anidé mi palabra, con inhóspito sigilo.
Pronuncio espejos con las manos delgadas de tristeza.
Es el limo de los verbos y la espuma de la carne,
un sol de sílabas y claveles de bolsillo.
Con duda maestra navegué en silencio por tu ombligo.

Se deshace el mundo y su      trampa de almanaques
en tu frente pálida de heladas profecías.
Alargas los parques con tristeza milenaria,
-te vistes tu traje de navajas-.
              
Como caravanas de espejos, andando voy a cuatro labios
por las veredas más delgadas de tus ojos.
Secas sílabas se agazapan como escamas luminosas:
              
Hay palabras afiladas que despueblan
un pecho de niño ahogado en silencios.
Soy un astro demente que se mira en la luna risueña de tu piel.

 

Inventa la tarde la fiesta      convulsa de las sombras.
En los charcos de luz taconea lascivo el tiempo.
Geometría de sol. La calle, incensario de rumores,
-cómplice piel de granito que flagelan tus pisadas-.
              
La hora es alta y rayada de serenos eslabones.

Te vistes con la desnudez de todos los espejos,
sin más abrigo que un festín de claridades.
              
Limpia de ligaduras, me arrojo por la escalera de tus ojos.
En mis párpados madura un motín de encrucijadas.

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