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Batalla naval de Salamina entre griegos y persas, según Esquilo.

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Batalla naval de Salamina entre griegos y persas, según Esquilo.

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Así retrata el dramaturgo Esquilo, la batalla naval de Salamina  (480 a. de J. C),  entre griegos y Persas. Esquilo, testigo ocular de la batalla, nos cuenta lo sucedido.

 

Mas cuando el día, sobre un corcel de brillante blancura,

iluminó todo el paisaje con la claridad del sol,

el estrépito de la gente de la Hélade resonó como un alegre

cántico lleno de júbilo y las sonoras voces

encontraron eco en las rocas.

El temor entró de pronto en los corazones de los persas

que se miraron sorprendidos, porque no sonaba a fuga

el sublime canto de batalla entonado por los hijos de Hélade,

no, sino que era un grito audaz de ardiente valor que incitaba al combate,

a lanzarse al inflamado estruendo de la guerra.

Inmediatamente, las olas fueron golpeadas por frenéticos

remos a un ritmo medido;

y he aquí que ellos aparecieron de pronto ante nuestras miradas.

Al frente, en bien cerrada fila, avanzaba primero,

el ala derecha, tras ella, en orgullosa hilera,

toda la flota; alrededor resonaba al mismo tiempo

la múltiple exclamación: <<¡Adelante, hijos de Hélade, a la batalla,

liberad a  la tierra de los padres, de los hijos, de las esposas,

liberad la vieja sede de los dioses de la patria, liberad

las tumbas de los antepasados! ¡Ahora nos lo jugamos todo en el combate!>>

También entonces, contra nosotros, exhalados por lenguas persas,

resonaron gritos que no tardaron en llegarnos a los oídos.

Un barco metió el espolón en otro;

fue un barco de Hélade el que inició el ataque

y le rompió a uno de Tiro todos los adornos del timón.

Entonces cada jefe arremetió contra un barco enemigo.

Al principio el ejército persa se mantuvo en las olas,

pero cuando en estrecho cerco se fue cerrando el enjambre de quillas,

ninguno ya podía ayudar a otro,

y con sus propios espolones armados de metal

se golpeaban, deshaciéndose las filas de los remeros

y los barcos de Hélade se lanzaron concienzudamente al ataque

en un cerco feroz, golpeando los casos de los navíos,

 y ya no se podía ver el mar,

y los cadáveres cubrían los arrecifes y las playas.

En confusión se daban ahora los barcos a la fuga,

Todos los que quedaban del ejército persa.

Pero los otros los golpeaban y los embestían como a atunes

o como a peces de otras clases, rompiéndoles

tablas e hileras de remos; gritos de terror

cruzaban como un aullido temeroso la extensión del mar

hasta que la negra noche nos quitó de los ojos la visión del enemigo.

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