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Baltasar Gracián: El Criticón

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Baltasar Gracián: El Criticón

Baltasar Gracián, El Criticón

 

¡Muda te quedas después de leer estas palabras tan certeras!

Creyeron vanamente algunos de los filósofos antiguos que los siete errantes astros se habían repartido las siete edades del hombre, para asistirle desde el quicio de la vida hasta el umbral de la muerte. Señalábanle a cada edad su planeta, por su orden y su puesto, avisando a todo mortal se diese por entendido, ya del planeta que presidía, ya del triste de la vida en que andaba. Cúpole, decían a la niñez la Luna, con el nombre de Lucina, comunicándole con sus influencias sus imperfecciones, esto es, con la humedad de su ternura, y con ella la facilidad y variedad, aquel mudarse a cada instante, ya llorando, ya riendo, sin saber de qué se enoja, sin saber con qué se aplaca, de cera a las impresiones, de masa a las aprensiones, pasando de las tinieblas de la ignorancia a los crepúsculos de la advertencia. Desde los diez años hasta los veinte, decían presidirle el planeta mercurio, influyendo docilidades, con que se va adelantado ya muchacho, al paso de la edad, en la perfección; comienza a estudiar y a aprender, cursa las escuelas, oye las facultades y va enriqueciendo el ánimo de noticias y de ciencias. Pero descárase Venus a los veinte y reina con grande tiranía hasta los treinta, haciendo cruda guerra a la juventud, a sangre que hierve y a fuego en que se abrasa, y todo esto con bizarra galantería. Amanece a los treinta años el Sol, esparciendo rayos de lucimientos, con que anhela ya el hombre a lucir y valer, emprende con calor los honrosos empleos, las lúcidas empresas, y cual sol de su casa y de su patria, todo lo ilustra, lo fecunda y lo sazona. Embístele Marte a los cuarenta, infundiéndole valor con calor; revístese de aceros, muestra bríos, riñe, venga y pleitea. Entra a los cincuenta mandando Júpiter, influyendo soberanías, ya el hombre es señor de sus acciones, habla con autoridad, obra con señorío, no lleva bien el ser gobernado de otros, antes lo que querría mandar todo, toma por sí las resoluciones, ejecuta sus dictámenes, sábese gobernar; y a esta edad, como a tan señora, la coronaros por reída de las otras, llamándola el mejor tercio de la vida. A los sesenta anochece, que no amanece , el melancólico Saturno; con humor y horror de viejo, comunícale su triste condición, y como se va acabando querría acabar con todos, vive enfadado y enfadando, gruñendo y riendo,  y a lo perro viejo royendo lo presente y lamiendo lo pasado, remiso se sus acciones, tímido en sus ejecuciones, lánguido en el hablar, tardo en el ejecutar, ineficaz en sus empresas, escaso en su trato, asqueroso en su porte, descuidado en su traje, destituido de sentido, falto de potencias, y a todas horas y de todas las cosas quejumbroso. Hasta los setenta es el vivir; y en los poderosos hasta los ochenta, que de ahí en adelante todo es trabajo y dolor, no vivir, sino vivir. Acabados los diez años de Saturno, vuelve a presidir la Luna y vuelve a niñear y a monear el hombre decrépito y caduco, con que acaba el tiempo en círculo, mordiéndose la cola la serpiente; ingenioso jeroglífico de la rueda de la humana vida.

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