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La aventura de “Clavileño”

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La aventura de “Clavileño”

Este episodio sucede en la segunda parte, durante la estancia de Don Quijote y Sancho con los duques. Para burlarse de ellos, los convencen de que el gigante Malambruno ha encantado a la duquesa y a las demás mujeres, haciéndoles crecer largas barbas; a fin de deshacer el encantamiento deberán montar a Clavileño, un caballo de madera con el que podrán volar.

Llegó en esto la noche y con ella el punto determinado en que el famoso caballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote, pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que  Malambruno no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los salvajes dijo:

-Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

-Aquí- dijo Sancho- yo no subo, porque no tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche que será señal de haber dado fin a su viaje. (…)

 Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a descubrir y dijo:

-Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la total ruina de Troya, y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en su estómago.

-No hay para qué- dijo la Dolorida- que yo le fío y sé que Malambruno no tiene nada de malicioso ni de traidor; vuestra merced, señor don Quijote, suba sin pavor alguno y a mi daño si alguno le sucediese.

Pareciole a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su seguridad sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar, subió sobre Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba, y como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y poco a poco llegó a subir Sancho, y acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si fuera posible, le acomodasen de algún cojín o de alguna almohada, aunque fuese del estrado de su señora la duquesa, o del lecho de algún paje, porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.

A esto dijo la Trifaldi que ningún juez ni ningún género de adorno sufría sobre sí Clavileño, que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho y, diciendo <<a Dios>>, se dejó vendar los ojos y, ya después de vendados, se volvió a descubrir y,, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres de sendas avemarías, porque Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se viesen. (…)

Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

-¡Dios te guíe, valeroso caballero!

-¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

-¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta! (…)

Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñéndole con los brazos, le dijo:

-Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

-No repares en eso, Sancho. (…) Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

-Así es verdad- respondió Sancho-, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le están haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura que el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le falto requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.

-No hagas tal- respondió don Quijote. (…)

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que recibían extraordinario contento; y, queriendo dar remate a la extraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, sólo por los aires, con extraño ruido, y dio con don Quijote y con Sancho panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya habían desaparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el mismo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto número de gente, y creció más admiración cuando a un lado del jardín vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

<<El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña dolorida, y compañía, con sólo intentarla. Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas ya quedan lisas y mondas. >>

                                                                                                        (CAPÍTULO XLI, 2ª PARTE)

En este episodio se hace referencia a un hecho de la mitología griega, narrado en la Iliada de Homero y en la Eneida de Virgilio: el caballo de Troya. Explica en qué consistió.

Durante la guerra de Troya, la ciudad de los troyanos fue cercada por los griegos. Estos idearon una estratagema para entrar en el recinto; construyeron un gran caballo de madera hueco y lo ocuparon soldados griegos liderados por Odiseo. El resto de la armada fingió que partía y los troyanos aceptaron el caballo como ofrenda de paz. Un espía griego convenció a los troyanos de que el caballo era un regalo a pesar de las advertencias de algunos que desconfiaban. Los troyanos hicieron una gran fiesta y, cuando los griegos salieron del caballo, la ciudad entera dormía a consecuencia de lo que habían bebido. Entonces los guerreros griegos abrieron las puertas de la ciudad para permitir la entrada al resto de las tropas y Troya fue devastada.

La dueña Dolorida no permite a don Quijote mirar en el interior de Clavileño. ¿Qué motivo le da para ello?

Antes de subir a Clavileño, don Quijote recuerda el episodio de Troya y quiere comprobar que no hay nada extraño en el interior del caballo. La dueña Dolorida se lo impide, aduciendo que Malambruno es de fiar y que no estará tramando ninguna estratagema maliciosa; en realidad se lo impide porque en el interior del caballo han colocado cohetes, a los que prenderan fuego más tarde, cuando culmine el <<viaje>> de don Quijote y Sancho con el <<vuelo>> de Clavileño.

Explica qué significa <<ponerse a mujeriegas>> (sobre el caballo): Significa <<con las dos piernas sobre el mismo lado>>

Da un sinónimo que pueda sustituir a las siguientes palabras del texto:

pavor: temor, miedo, espanto.

 altercar: discutir, replicar…

tentar: tocar, palpar…

saeta: flecha.

recio: fuerte, intenso, vigoroso…

engendrar: producir, originar, formar, gestar…

pláticas: palabras, charlas, conversaciones, diálogos…

hincada: clavada, hundida…

ínclito: ilustre, afamando, distinguido, insigne.

fenecer: fallecer, morir…

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