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Sin artificio, muéstrale cómo eres

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Sin artificio, muéstrale cómo eres

 

 Mari Carmen Moreno Mozo

 

 

 

Cómo dice Aristóteles, cosa es verdadera
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenencia; la otra cosa er
por aver juntamiento con fembra placentera.

Arcipreste de Hita

(…) Cuando se está triste y se tiene la suerte de tener un hombro sobre el que
llorar, no hay que dudarlo.
Le abrazo fuertemente.
-Llora- añadió.
Y mientras lloraba, Paolo notaba que el caramelo de la suerte, encajado a un
pliegue de su pantalón, se le clavaba sobre el muslo como para demostrarle
que estaba vivo.
Anne-Laure Bondoux

 

 

1

Aquellas adolescentes que asaltábamos las calles para jugar al balón, a pillar, a un dos tres bote, hoy nos desembarazamos de la vergüenza y acusamos a nuestra ingenuidad los golpes del destino. Hoy nos tomaríamos a broma aquel inocente beso, atrevimiento o verdad, pero entonces… la burla de la pandilla escondía descaro. Siempre existía alguien al que idolatrábamos sin remedio y siempre sucedía lo mismo: el resto se reía y echaba más leña al fuego. Los dimes y diretes, eran lanzados en la espinilla del contrario, mientras surgían salvoconductos, amigas desviviéndose por otras, a las que pellizcaban para que enterrasen el disimulo y lanzasen al viento sus secretos más íntimos.
La que más y la que menos ponía la mano en el fuego mientras la otra se hundía en la desesperanza de un amor platónico, torpe y doloroso, pero que quemaba como una tea. Así intentábamos aguzar los oídos, averiguar lo que pensaban ellos, hasta el punto de ocultarnos a traición para pillarlos in fraganti.
-Así que ahora te gusta ella.
-Pues sí, desde que se ha cortado el pelo está tan mona. Se ha puesto tan guapa…y tiene muchas tetas.
-Bueno, ¿y para cuándo la bomba? ¿Cuándo le vas a pedir de salir?
-En cuanto pueda hablarle, esa no se me escapa.
-Ya… ¿Y Mónica, qué? ¿La vas a dejar o no?
-Claro que sí. En cuanto me diga ésta que sí. Pero mientras… A Mónica la tengo segura y siempre que voy con ella, mojo algo.
No daba crédito a lo que estaba oyendo, al fin Luis iba a pedirle de salir a mi amiga. Se acabaron las llantinas, la torsión de unos ojos siempre aguados, porque nunca encontraban una puerta a la esperanza. Su amiga dejaría de odiarse; le callaría la boca, al fin podría desoír las quejas que lanzaba al espejo y recogería los frutos de su tenaz transformación. Todo el esfuerzo tendría la recompensa merecida: después del corte de pelo, después de la obsesiva dieta, después del cambio de vestuario… podría mirarle a los ojos. Saldría con él.
Con impaciencia se dirigió al aula. El profesor ya estaba allí. Esperaría lo que fuera necesario, se lo diría después del examen. La buscó con la vista. Allí estaba, mordisqueando la punta de un bolígrafo, ajena a los acontecimientos que se avecinaban. No le dijo nada; cualquier insinuación por leve, podría dar al traste con todo el precalentamiento del examen.

Se sentó. Al principio no podía concentrarse en las preguntas, pero luego se relajó. Sería mejor que se tranquilizase. No podía jugársela, una cosa eran las noticias y otra muy distinta sus expectativas. Así que se olvidó, cerró los ojos y se concentró únicamente en las respuestas. En un momento dado se sintió observada y se giró. Jaime el amigo de Luis, la miraba descaradamente. Tal vez ese fuera su premio. Su amiga saldría con Jaime y ella de rebote, con Luis. No estaría mal la jugada, porque a ella Luis la atraía. Pero era un pedazo de su alma, una gema que sólo le pertenecía a ella y tanto le quemaba, que prefería ocultarla en lo más profundo de su ser, antes de lanzarla, desoyéndose a sí misma.
El timbre sonó y el profesor sentenció:
-Dos minutos. Dejad la hoja doblada por la mitad y firmad el examen. Se acabo el tiempo.
Las dos salieron juntas y por los pasillos ya no pudo contenerse.
-Tengo noticias frescas- dijo, mientras sus ojos parecían estrellas fugaces, que se colaban por la boca de su amiga. Le contó toda la conversación. Loca de alegría le puso al día, y se lo dijo bien claro: se acabó su sufrimiento, ahora le tocaba a ella.
-¿Estás segura de lo que oíste? ¿No serán imaginaciones tuyas?
-Claro que no. Quién si no tú se ha cortado el pelo últimamente. Nadie. Se acabaron las lágrimas, ahora has conseguido el pez gordo. Ten fe, por una vez, verás como todo se soluciona.

Su amiga inicio una encuesta interna intentando averiguar si alguna otra se había cortado el pelo últimamente antes de echar las campanas al vuelo. Justo cuando iba a dibujar una amplia victoria la vio, el filo de la duda la hirió. Inma pasó por su lado y ella se dio cuenta horrorizada de que ella también se había cortado el pelo. El nombre de la otra le cortó la respiración, aunque se repitió una y otra vez que la otra no tenía ni un ápice de atractivo. Se lo dije alto y claro. Ni su extremada delgadez ni sus rasgados ojos negros, podían compararse con sus piernas bien contorneadas y esa cintura, a prueba de abdominales, que había logrado después de sudar la gota gorda. Ella se merecía ser feliz por una vez, aunque sólo fuera por el esfuerzo sobrehumano, por ese obstinado celo con el que había mimado sus sentimientos. Ya no le hacían falta más corazonadas, ahora sólo era necesario esperar a que él diese el paso necesario para franquear la línea de la victoria.
Jaime se giró y al vernos, esbozo una sonrisa, la antesala del triunfo. No les haría falta ir hacia la montaña, el propio Mahoma se dirigía hacia ellas de forma milagrosa. Entonces vi las sus lágrimas y me quedé de piedra. Allí estaba Luis. sus labios carnosos herían a mi amiga, porque cuchicheaba con Verónica. Por lo visto los cuerpos de mi amiga y el suyo eran polos incapaces de atraerse. Su corazón bombeaba desproporcionadamente pero ambas sabíamos el motivo. Otra vez no, por favor. Marga cogió el vaso de coca-cola y se dirigió hacia la salida. Me hubiera encantado seguirla, acompañarla en su desesperación. Pero entonces se aproximó Jaime, un premio inesperado que yo había anhelado con casi tanta furia como ella. Esquivé la bola de desesperación que me lanzaba mi amiga. A partir de ahora, ya no le llevaría la contraría; ella sería la que asumiese plenamente las riendas de su vida, la que afrontase sus propios problemas. Al fin era libre.

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