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Argumentación: características y elementos lingüísticos.

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EL TEXTO ARGUMENTATIVO. ESTRUCTURAS Y CARACTERÍSTICAS.

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Teniendo en cuenta que argumentar consiste en influir sobre un receptor, colectivo o individual para que desarrolle una conducta determinada o para convencerle de que las aseveraciones o aserciones que se defienden son ciertas,  su función textual está íntimamente relacionada  con el deseo  de modificar las convicciones y creencias del receptor, de forma que este adopte una postura, afin a la asumida  por el emisor.

Esto signfica que, partimos de una serie de premisas, en ocasiones implícitas, pues se basan en presuposiciones o implicaciones. Para lograr que los argumentos consigan la efectividad es necesario que exista una buena cohesión gramatical. Además de la conexión estructural y de las ideas es importante la adecuación al destinario y al soporte argumentativo. Por ejemplo, si el artículo está adscrito a un periódico es necesario que tenga sus típicas características: brevedad, concisión, adscripción a la actualidad, ya que la familiaridad con estos requisitos implícitos  repercutirá en la capacidad persuasiva. Por eso, en ocasiones, el orden de la argumentación y las conclusiones se disponen  de un modo regresivo, o sea, que comienzan por las conclusiones, para llegar a las premisas. Obviamente la colocación de las tesis y los argumentos influirá en la efectividad y para ello es necesario tener en cuenta la intención comunicativa porque  de donde situemos el climáx dependerá la efectividad del texto. Si colocamos la tesis al principio, por ejemplo, lograremos impactar al destinario, que entenderá que estamos seguros de nuestras aseveraciones y eso repercutirá en su fuerza persuasiva. 

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Las diferentes estructuras textuales que pueden aparecer en un texto son las siguientes:
a) Analizante o deductiva: La idea central aparece al principio del texto y se irá desarrollando progresivamente.
b) Sintetizante o inductiva: La síntesis queda al final del texto, como síntesis lógica de las explicaciones, demostraciones o matizaciones que aparecen al principio del texto.
c) Encuadrada o circular: A partir de una idea principal o tesis se realiza una explicación que la confirma y, finalmente, se vuelve a la tesis a modo de conclusión o colofón. En ocasiones la tesis inicial se modifica con matices para corroborarla, refutarla o matizarla.
d) Estructura en paralelo: Se muestran una serie de premisas y argumentaciones de las que deriva una conclusión que suele aparecer implícita en el discurso. También puede aparecer cuando hay dos tesis enfrentadas o cuando la tesis aparece a mitad del texto y luego al final hay otra.
e) Estructura interrogativa: una pregunta inicial se responde de varios modos a lo largo del texto o varias preguntas iniciales se contestan con una sola respuesta.
f) Elipsoide o repetitiva: El avance del texto se realiza en torno a una idea con constantes giros y matizaciones. Normalmente la progresión temática en este caso es de tema constante ya que la idea inicial se repite a lo largo de todo el texto, aunque se exprese de formas diferentes.

El emisor intenta que el receptor comparta las premisas. Entre estas premisas podemos encontrar hechos, constatados por el emisor, fruto de la observación metódica de la realidad. Estos hechos normalmente son ciertos, aunque, en ocasiones, se basan en hipótesis o pueden ser posibles o probables. También es cierto que el emisor puede partir de verdades constatadas por la observación directa del contexto social, político, económico, artístico, etc.; no obstante a veces sus verdades, tienen una cierta validez, aunque se basen en presunciones o valores abstractos (por ejemplo, aserciones en torno a la libertad del ser humano y sus implicaciones sociales). Logicamente  se puede valer de las constantes jerarquías sociales y sus implicaciones inmediatas, normalmente presentes en la sociedad y asumidas en unos roles sociales determinados.


Existen además una serie de topoi o sensus communis, que focalican la realidad y se basan en jerarquías, comparaciones o valores consagrados: Entre estos lugares comunes o topoi normalmente inalterables, ya que son admitidos por el tejido social se haya el topoi de la cantidad, que implica que se prefiere aquello que es mayoritariamente aceptado por un amplio sector de la sociedad o por su utilidad pública. Se asume aquí también el topioide la cualidad que implica jerarquizar en un lugar destacado aquello que consideramos de mayor valor o cualidad, aunque sea minoritario.Focalizamos aquí los tópoi del orden y de lo existente. El primero potencia  lo que figura en primer lugar, por ejemplo, la valoración de las conductas legisladas por consenso, frente a las adscricpciones individuales, sean del tipo que sean. Lo existente, por su parte,  supone priorizar lo que puede ser captado por el consenso social, frente a las abstracciones o aquellos supuestos utópicos o que implican una valoración  imaginable pero que no puede ser demostrada.

Los argumentos son diversos y dependen de la eficacia comunicativa y pragmática: Los que se basan en la asociación, tienen en cuenta que un hecho implica un efecto determinado y se basa en unas consecuencias lógicas. El emisor también puede basar su argumentación en un soporte prestigioso, es decir, en alguien que por sus cualidades, actos o juicios, sea considerado un experto, o bien, una persona que se ha ganado el consenso social, por ejemplo, por su comportamiento ético. En ocasiones, una opinión general, asumida de forma consensuada por el conjunto social y según el campo de adscripción del que dependa puede adquirir ese prestigio, avalada por el juicio común de la sociedad.

Los argumentos asociados que reiteran una idea o tesis de forma reincidente pueden apoyarse en ejemplos, incluso, estos ejemplos pueden servir para contraargumentar o refutar una tesis, considerada errónea. Por supuesto, aquí también entrarían las comparaciones o el sentido metafórico de una serie de ideas, que conforman una asociación implícita, extraible de lo dicho por el locutor del texto. Si atendemos a aquellos argumentos basados en disociaciones, dicotomías o contrastes, entendemos que pueden basarse en los contrastes entre algo individual y su repercusión social, en el carácter teórico y su asunción práctica, o bien, en la implicación subjetiva u objetiva de nuestras opiniones. 

Finalmente encontramos una serie de pseudoargumentaciones que oscilan entre la insistencia en el carácter ridículo de las opiniones contrarias y su reducción al absurdo, o bien se pbasan en su sentido metalingüístico, lo que supondría la explicación clara y eficaz de lo que queremos decir. Incluso podemos disociar el todo de sus partes, o viceversa. 

Estos textos tienen además unos elementos lingüísticos reincidentes, estructuras, clases y funciones que se repitne de forma continua: verbos causales o de consecuencia  (causar, hacer, motivar, suscitas) y los dicendi argumentativos –admitir, alegar, aludir, asegurar-. Si atendemos a la estilística verbal, comprenderemos que sean frecuentes las formas que indican permanencia  y objetividad, como el presente habitual o gnómico o el uso del indicativo, cuando se pretende una presunción real o verosímil que suele estar relacionada con un profundo conocimiento de lo acaecido y que es habitual cuando el emisor se erige como agente explícito de lo enunciado, ratificando su punto de vista.

No obstante, si el emisor desea contraargumentar o refutar suele utilizar los tiempos imperfectivos o el modo subjuntivo porque estas herramientas van a permitirle presentar los hechos de forma incierta o ambigua. Curiosamente si lo que pretende es hacer partícipe al interlocutor, suele ser habitual la directa apelación, consecuencia de ese deseo de implicación directa. 

Las marcadores de orden también contribuyen en grado sumo a jerarquizar los argumentos y van acompañados habitualmente de nexos, conjunciones o locuciones en los que son patentes las relaciones de causa y consecuencia y que en consecuencia sirven para la ligazón o trabazón de las ideas entre sí. Son habituales, marcas como porque, en cuanto, en vista de que, consecuentemente, etc., que expresan las relaciones implícitas dentro del texto. Obviamente a estos elemeentos se les añaden las marcas tipográficas como  las comillas, la cursiva, la negrita, las citas, las notas a pie de página que informan acerca de los agentes implicados o de  aquellos elementos utilizados diestramente por el emisor.

Los elementos retóricos  más adecuados a este tipo de discurso son aquellos que muestran una finalidad persuasiva o pragmática; figuras utilizadas desde el clasicismo como herramientas eficaces de la Oratoria. Es común la “captatio benevolentia”, para lograr esa  la complicidad del público que conlleve su adscripción a las ideas mostradas, la “expositio” de hechos que puedan valorarse como juicios, su “argumentatio”, a favor y en contra; la “peroratio” o transición, cuya característica es la capacidad de síntesis de lo expuesto previamente y, por supuesto, la “conclusio” o conclusión final de la argumentación.

En cuanto a las figuras retóricas, propiamente dichas,  todas ellas deben estar focalizadas a la persuasión.  El emisor puede fingir o simular defender la idea contraria (mediante adscripciones del tipo vale, de acuerdo, es cierto, evidente, etc (simulatio). También es habitual que vele su opinión, ocultándola, de manera que sea el alocutor o destinatario el que sobreentienda aquello que no aparece de forma explícita (disimulatio). Asimismo puede optar por aludir a alguien pero sin mencionarlo (sujeción), lanzar preguntas que responde él mismo (sujeción), dejar patente aquello que en apariencia pretende ocultar (preterición), cuestionar preguntas, cuyas aseveraciones están implícitas o se sobreentienden (interrogación retórica),  exponer evidencias o ajustar matices al patrón del texto. Además el autor puede implicar o interpelar directamente al auditorio o receptor, mediante el apostrofe, retrasar el rema o consecuencia para mantener la atención o utilizar los eufemismos, es decir, aludir a algo que tiene un carácter negativo, con lexías que no lo son, u bien, lo contrario, aludir a algo con un significado de polaridad negativa (disfemismo). Y no solo eso son frecuentes las antífrasis (que consiste en burlarse de forma exagerada del contrario), las lítotes, cuya afirmación se basa directamente en la negación de lo contrario, la diseminación y posterior recolección, consistente en la reiteración de  un significado o una serie de planteamientos e ideas mediante sinónimos  que finalmente condensan lo expuesto debido a su repetición o el uso de los paralelismos que reformulan la idea de forma continuada. Entre otros mecanismos menos frecuentes pero no por ellos menos eficaces podemos citar  las  deprecaciones o súplicas, si el emisor muestra de forma clara que solicita un bien para sí mismo; la imprecación, si aparece el vituperio hacia un sector, organismo o persona determinada o la inclusión del auditorio en las personas gramaticales presentes en la comunicación para lograr la adscripción ineludible.Tampoco es frecuente la execración porque implica directamente un mal para uno mismo. 

 

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