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Apuntes de literatura española: El ideario ilustrado

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El ideario ilustrado

 

El siglo XVIII o Ilustración  se caracteriza ante todo por el vitalismo, el deseo de crear un orden nuevo, de trasformar la médula herida de la sociedad. Una transformación que ya se había iniciado a finales del siglo XVII, cuando comienzan a alzarse grupos minoritarios de intelectuales, científicos y políticos con el ceño fruncido, descontentos con la situación política (Carlos II).  Es una situación que llega hasta la Guerra de la Independencia, cuando los ideales se frustran y todos los impulsos se liquidan.   

La situación política está dominada por la monarquía absoluta y centralista (abolición de los fueros, unificación de la corte castellana). El poder del rey se fortalece al máximo, él dirige las instituciones sociales a través de su círculo de confianza. Hombres todos ellos fortalecidos por su sólida formación intelectual y que pertenecían a la alta burguesía. Sus familias provienen de sectores acomodados (comerciantes, militares, burócratas de la Administración central), que han podido estudiar en universidades españolas y burócratas, que tienen don de gentes y han viajado por Europa, en viajes incluso subvencionados por el Gobierno central.

Ellos traen el conocimiento que se publica en Europa: la ciencia y la literatura, la educación extranjera, los libros), aunque la censura inquisitorial ponga trabas, en general estos libros penetran, pese a las amputaciones que se les practica a aquellos que suponen un ataque a la religión, la moral o la política.

Muchas de estas ideas son de procedencia francesa. Sistemas y técnicas para mejorar la economía, la agricultura; ideas que manifiestan el “afrancesamiento del siglo”, una Europa fascinada por el pensamiento, la poética, la lengua y el arte. En definitiva, el dominio francés es aplastante.

La ideología de este período se fundamenta en la secularización de la cultura, que hunde sus raíces en el Renacimiento, aunque posteriormente había sido enterrada por la Contrarreforma. Lo importante es el afán científico, porque las ciencias facilitan el dominio del mundo y amplían la conciencia de ese dominio. Ahora lo importante es el anhelo de soberanía del hombre, un anhelo terrenal, en un mundo, que se desembaraza de las supercherías, y gira en torno a sí mismo. De este modo se disocia todo lo que presente un aura de sobrenatural y se prioriza la razón, ella es la que tiene la última palabra, hacia ella se dirigen todos esfuerzos y ella es la que tiene la última palabra.

 El ilustrado pretende que se disipen las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la Razón.  Se duda de las revelaciones, las tradiciones sin fundamento y se rompe con la idea de que la escolástica es el núcleo del que debe partir el conocimiento supremo. Ahora es el momento de separar Estado e iglesia, de que la realidad se fundamente en la experiencia y en el estudio enciclopédico.  Los ilustrados pretenden emancipar a los sectores sociales, liberarlos del control eclesiástico, (aunque en España es un proceso lento, pues la Iglesia tiene sus mecanismos de protección, como la Inquisición.  

Por otra parte los propios reyes entienden que su poder ha sido sancionado por Dios, pero determinado por intereses socio-políticos, que deben revertir en el beneficio del Estado. Al instaurarse un Derecho natural de Estado, se genera una conciencia de su soberanía y se busca un sólido proyecto, encaminado al bien del pueblo. De ahí la fórmula del Despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. La palabra clave, es el “reformismo”, el deseo de reconstrucción interior, la búsqueda del progreso de la sociedad.

En esta búsqueda el pensamiento se apoya en el poder y genera cierto triunfo, aunque para ello se deba expulsar a los jesuitas, pues ellos obedecen a un extranjero (el Papa) y monopolizan esa Enseñanza que los ilustrados pretenden renovar. Sucesivamente se inicia su periplo. Son expulsados de Portugal, de Francia, de España.

Se constata por lo tanto que los ilustrados no dirigen su lucha contra el poder político establecido  -al que apoyaron-, sino contra otros poderes, como la nobleza y la iglesia. Se quejan los ilustrados de la deplorable situación cultural del pueblo, pero esto no significa que sean unos revolucionarios, ni que se produzca una lucha de clases entre la burguesía y la aristocracia. Nada de esto sucede, estos hombres aceptan el Antiguo Régimen, con todos sus coletazos aristocráticos, incluso ellos mismos ambicionan esos títulos nobiliarios por su prestigio.

Pero cuentan con una terca enemiga, la Inquisición que los persigue. Esta institución castiga la tenencia de libros prohibidos, controla sus escritos. De hecho, cuando se produce la desgarro de la Revolución Francesa, muchos ilustrados abrazan el silencio, el mutismo, ninguno de ellos alza su voz a favor de una Revolución tan potente y descontrolada.

Ya es común que el mapa de los ilustrados españoles señale tres territorios de adscripción.

Por una parte, se citan a los tradicionales como Cadalso o Forner. Ellos están en contra de las modas extranjerizantes, aunque defiendan la necesidad de reformar.  Después, suele abrirse un amplio espectro de ilustrados cristianos, curiosamente la mayoría. En ese foco situamos, por ejemplo, a Feijoo. Finalmente se constata la presencia de algunos grupos revolucionarios, cuya influencia es casi nula en el contexto de la sociedad.

En la última década – la época de Carlos IV y de la génesis del liberalismo- la vinculación entre los ilustrados y la monarquía cambia. Las nuevas generaciones ( Quintana, el último Jovellanos…) defienden un nuevo patriotismo, donde ya no se adula a los borbones, sino al pueblo español y a su deseo de hallar la libertad. Se expresa así la idea de que España es monárquica pese a que tenga un mal rey; por eso mismo debe luchar por gobernarse, por darle empuje a su pueblo.

Pero, tras la Revolución Francia, el terror cunde y se produce una involución en la política ilustrada.  Las crispaciones entre los liberales afrancesados y los conservadores se multiplican, hasta resquebrajarse esa burbuja de estabilidad interna. Por otra parte es constante la persecución de los ilustrados y muchos ellos deberán exiliarse, es el primer exilio en masa de la modernidad.  

 

 

Así si repasamos las constantes del siglo se observa como al principio todo son tanteos. Feijoo o Luzan, son los máximos representantes de esa nueva telaraña, del impulso del nuevo espíritu. Hasta mediados de siglo, el equipo ilustrado no asumirá el poder, será entonces cuando comiencen los lentos cambios. No fueron logros desdeñables, pero muchos de ellos se perdieron debido a la Revolución Francesa.  Los gobernantes se asustaron y lo que había tenido un signo esperanzador, tuvo un apéndice marcado por la revulsión total, la regresión e involución ante el terror a que sucediese lo mismo.

En el campo literario, los frutos de la nueva mentalidad fueron tardíos. Las obras representativas de la lírica y del teatro  – por ejemplo-  no se producen hasta las últimas décadas, incluso algunas se desarrollan en pleno siglo XIX, cuando ya Europa había abrazado el romanticismo.  Aún así debemos desterrar los prejuicios ante este siglo más importante de lo que parece. El afán por la sencillez, la búsqueda de un objetivo marcado por la claridad, así como el teatro neoclásico sentaran precedentes ( Generación del 98, teatro burgués).

La concepción de la literatura se desmitifica de sus raíces, se amplia para que tengan cabida todos los saberes. De hecho “literatura” o “literato” se entienden como sinónimos de cultura y culto. Para los ilustrados, la literatura significa cultura y sabiduría, un conjunto de saberes diversificados que hacen referencia a todos los campos del saber: ciencias, artes, política, erudición, filosofía.

Este sincretismo tiene su forma canónica en la Enciclopedia Francesa de Diderot, D´Alamber…, en ella se sistematiza todo el saber. Se trata de una obra burguesa, que se contrapone a la Suma Teológica de Santo Tomás, al incrustar principios que ya habían germinado durante el Renacimiento: racionalismo, positivismo, utilitarismo. A través de estos principios se difunde el racionalismo de Espinosa y Descartes, el experimentalismo de Bacon, el empirismo de Locke, la física de Newton, etc.  Los ilustrados confían en la armonía, para ellos “el mundo esta bien hecho”, según palabras de Leibniz.

La enciclopedia germina las nuevas teorías y doctrinas, erosiona los fundamentos religiosos y políticos y prepara el aluvión de la Revolución Francesa de 1789.

El arte y la ciencia aproximan sus finalidades y esto implica lógicamente una despersonalización de la labor creadora. El arte torna menos subjetivo, menos personal, más uniforme y universal.

La crítica enciclopedista inspirada en nuevas doctrinas, fue minando progresivamente los fundamentos religiosos y políticos en que hasta entonces destacaba la organización de la sociedad y prepara así el camino de la Revolución Francesa en 1789. Se frena así la libertad artística, los gustos personales y se huye de todo lo que ahonde en la subjetividad, en el intimismo.

Es la idea del arte útil, el que persigue una utilidad y una enseñanza, tan vapuleado posteriormente. El concepto de el arte por el arte, rara vez tendrá sus defensores, pues la creatividad artística nunca se aísla de las preocupaciones humanas. El arte es otro pilar para el compromiso, aporta sus valores en esa búsqueda de reinserción social. Ahora le toca el turno a la literatura comprometida, no exenta de responsabilidad pública.

El arte se pone al servicio del progreso, la virtud, la búsqueda de la felicidad o el trabajo. El modelo del hombre no es el heroico o el discreto ( como defendía Gracián), sino el práctico: aquel que estimula el conocimiento en aras de la verdad. Por ese motivo los ilustrados intentan borrar cualquier síntoma de superstición o falseamiento social, porque ellos son el síntoma de la ignorancia. De ahí el rechazo de la magia o de los falsos saberes, como la astrología, la quiromancia; supercherías llenas de veneno para el pueblo. 

Los ilustrados defienden su concepción optimista.  El viejo concepto de que el hombre es un lobo contra el hombre, sólo sirve para mostrar la degradación a la que hemos llegado; pero ahora debemos resarcirnos y para ello es básica la reeducación, que se difundan las virtudes de la convivencia. Surgen conceptos como urbanidad, al que el propio Feijoo dedica un largo discurso.

El progreso implica pues un objetivo: perfeccionar la condición humana. Por eso se confía en la educación cívica y progresiva, capaz de ayudar al individuo y proporcionar una sociedad más sabia y feliz. Nos encontramos ante la utopía del progreso indefinido, que sólo se consigue si la mediatizamos a través de la razón.

El equipo ilustrado se pone manos a la obra. Se ocupa de las actividades económicas, para aplicar sus teorías a la práctica. En educación, en las artes, en las ciencias, en el estudio de la historia. En todos esos campos se rastrea aquello que sea útil socialmente, lo que aporte comodidad y facilite el culto a la vida. De ahí la veneración de los ilustrados por los trabajos útiles, la república y el empuje que se le da a los trabajos sobre economía: de hecho, esa reforma es el corazón de las posteriores, porque de ella depende la mejora del Estado.

Aparecen algunos temas reiterativos como el elogio del trabajo, la afirmación de los placeres del cuerpo, la búsqueda de la felicidad, mediatizada a través del epicureísmo o la defensa del espíritu. De ahí la defensa a ultranza de la naturaleza y del placer que reportan las escenas campestres.  La felicidad debe vehicular el bienestar material.

Por eso es necesario un pacto social, hay que convencer a los hombres de que es mejor perder una parte de su libertad antes que permanecer expuestos a las injusticias o los apetitos foráneos. Es verdad que el ser humano es por naturaleza libre pero, puesto que tiene que vivir en una sociedad, debe procurar que esta priorice la integración de todos los individuos y de la felicidad, que es un derecho de los hombres. Conceptos como tolerancia, beneficencia o virtud social se repiten una y otra vez, y el hombre se resigna a delegar su libertad como ser humano en los gobernantes, ellos tienen la obligación moral de conseguir que se desarrollen sus derechos naturales.  Ellos deben garantizar la libertad personal, de movimiento, de comercio, de industria y al mismo tiempo el derecho a la igualdad ante la ley o la enseñanza. La política, como contrapartida, será patrimonio del rey y de sus hombres de confianza. En definitiva existe la tolerancia pero no la libertad de pensamiento o religión. Es el sistema del Despotismo Ilustrado centralizado.

Se defiende la virtud, pero en general no es una virtud necesariamente religiosa, sino una virtud laica y ciudadana. Señalamos además que en este siglo surge el concepto de patriotismo y nación, como una fuerza moral que asegura la cohesión y la conservación de cada pueblo.

Todo lo dicho con anterioridad no significa que estos hombres fuesen fríos o que careciesen de sensibilidad artística. El ilustrado se apoya tanto en su razón como en su sensibilidad. Las dos conforman los polos de la dialéctica dieciochesca.  Por eso constatamos la existencia de comedias sentimentales y neoclásicas o de lírica discursiva.

El ilustrado es un hombre partido por dos, un hombre en realidad frustrado pues percibe la incompatibilidad existente entre el laicismo que preside las nuevas ideas y sus arraigas y tradicionales creencias religiosas, un hombre que ve como los grandes ideales estoico-cristianos son desdeñados en una Europa laica que se va alejando de la tradición.

 

Temas y motivos literarios:

a)      La naturaleza. El naturalismo como ideal. El hombre es naturaleza y la domina. La naturaleza se muestra como bella y noble y el hombre expresa en ella lo mejor de sí mismo. El tema de la naturaleza se vehicula a partir de  diferentes motivos: uno de ellos es el mito del buen salvaje, el del hombre primitivo, cuya bondad era elogiada. Otro aspecto es la experiencia del viajero ilustrado, el descubrimiento de nuevas culturas que muestran nuevos avances. Estos motivos conducen a otro, el viejo mito de  la Edad de Oro. Se piensa que llegará un día en el que los hombres, perfeccionados por la razón y la naturaleza, y unida la familia del género humano en sentimientos de paz y amistad, lograrán establecer el  imperio de la inocencia y se dará cumplimiento a los altos fines de la creación humana ( Jovellanos)

 

b)      El tema del hombre de bien, tema específico del siglo XVIII. Esbozado por Luzán y después por Cadalso en sus Cartas marruecas. Es la virtud y su código moral los únicos que pueden dar al hombre la felicidad y convertirle en un hombre de bien. Este hombre de bien es generoso, tiene una tendencia racionalista en lo religioso, subordina el yo a la sociedad y concibe la felicidad como meta alcanzable por todos los hombres a través de la tolerancia y la compresión mutuas. Es la amistad verdadera, la fraternidad que aparece en  Noches lúgubres. Por eso son también amigos los personajes de las Cartas marruecas, pese a sus diferencias de edad, religión o educación. Su virtud es una virtud moral, cívica, social. No basta  ser bueno para sí y para unos pocos, es preciso serlo para el total de la nación. Alcanzar todos estos valores es  más importante para Cadalso, que adquirir un conocimiento científico o literario.

 

 

c)       El tema del filósofo. Este  es el hombre que actúa e con el instrumento de la razón y la crítica, el máximo representante del  ilustrado.

 

d)      El tema de la alabanza de la ciencia, las artes y las instituciones; o sea, la  importancia del pensamiento pragmático.  La poesía se dedica, por ejemplo, a cantar los avances técnicos y científicos, porque los hombres están entusiasmados por el progreso y prefieren la aventura del saber a la épica guerra. Por otra parte, es importante el idealismo que considera la cultura como fuente de felicidad.

 

 

e)      El tema del vulgo: este tema barroco por excelencia se renueva y amplia. El vulgo ignorante no es sólo el pueblo, sino también la nobleza, el clero, los profesores universitarios y todos aquellos que no han entrado en los presupuestos ideológicos del Siglo de las Luces. Este vulgo es la  preocupación constante de los ilustrados y ven en él a un hermano menor de edad, que es preciso proteger, una  fuente de supersticiones, carente de razón. Unos, la mayoría, confían en la posibilidad de promocionarlo y educarlo; otros, como Sarmiento, creen que la necedad es imposible de curar. Cadalso, por su parte, piensa que lo más prudente es no remover sus creencias pues, si el vulgo se metiese a filósofo y quisiera indagar en la razón de cada cosa, podría llegarse a una desestabilización político-social.

 

f)       Junto a esto está el tema de la crítica de la nobleza ociosa que encontramos representados en autores como  Feijoo, Cadalso, Jovellanos o  Meléndez Valdés. No es un ataque al estamento social como tal, sino a los que no son dignos de él, a su degeneración. De ahí que sea más importante la nobleza de mérito, que la hereditaria. Es necesario pues que se eduque a conciencia a  la nobleza.

 

g)      La mujer: la  elevación del nivel de vida, el deseo de comunicación, la intervención de la mujer en la vida social, son temas afines. La mujer es la destinataria y la heroína de las novelas y de ella habla los periódicos. Es preocupación importante en Cadalso, Jovellanos, Iriarte, Moratín. Feijoo llega incluso a defender la igualdad de la mujer y del varón (aunque esto sea únicamente una teoría, como demuestran las comedias del siglo). Moratín reconoce el derecho de la mujer a una educación libre y honesta. Es preocupante su vocación religiosa, pues ella es necesaria para la formación de la familia, un núcleo social esencial.  En el amor la mujer aparece por primera vez como sujeto activo, y en la sociedad como portadora de la ideología básica para la educación de los hijos y el ambiente familiar. La mujer  se convierte así en un nuevo público y no sólo es lectora sino que se dan algunas escritoras de cierta importancia: Beatriz Cienfuegos, Josefa Amar.

  

h)      El tema de las corridas de toros: se ataca la crueldad y  barbarie de la fiesta nacional

(Cartas marruecas).

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