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Apuntes de Historia: Persia

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Persia

A mediados del primer milenio a. de C. se constituyó en la meseta de Irán el imperio persa. Grandes figuras del mismo fueron Ciro, su fundador, perteneciente a la familia de Aqueménidas, y Darío I, con quien el imperio alcanzó su culminación. Tanto la civilización egipcia, como Mesopotamia, serían incorporadas a su dominio. Era, por tanto, el imperio de mayor extensión territorial de cuantos se habían creado hasta ese momento.

En realidad el imperio persa era una amalgama de culturas y pueblos. En la cumbre se hallaba el gran rey, dueño absoluto del poder. Residía en una corte suntuosa y estaba aislado del pueblo por una etiqueta muy elaborada. El territorio del imperio estaba dividido en satrapías, a cuyo frente se situaba el sátrapa o gobernador. Unos emisarios del monarca (llamados los ojos y los oídos del rey) vigilaban por todo el imperio la gestión de los funcionarios.

En cuanto al arte, este está totalmente al servicio de los monarcas. Destacan sus impresionantes palacios de gran belleza (Susa, Persépolis). Además son una exquisitez extrema los bajorrelieves de ladrillos esmaltados (como el friso de los arqueros del palacio de Susa).

Pero, quizá la aportación más destacada de esta civilización  fue la religión. Eran politeístas. Primero se adoraban las fuerzas de la naturaleza, después se superpuso la reforma de Zaratustra  (siglo VI a. de C.). De tendencia monoteísta, Zaratustra explicaba que existía un combate entre dos espíritus, benefactor uno, destructor, el otro. Todo hombre debía intervenir en la lucha, para contribuir al triunfo final del dios creador. Al final de su vida era juzgado, recibiendo un premio o un castigo, según su conducta.

El lujo de la corte persa: un festín, según la Biblia (Esther, I)

“Sucedió que en tiempos del rey Asuero ( Jerjes I), que reinaba desde la India hasta Etiopia, en total ciento veintisiete provincias, por aquellos días, cuando se sentaba el rey Asuero sobre el trono de su reino en la acrópolis de Susa, en el año tercero de su reinado, celebró un convite en honor de todos los príncipes y servidores, reuniendo a los jefes del ejército de Persia y de Media, a los sátrapas y a los nobles. Ante ellos desplegó la brillante riqueza de su reino y el esplendor de su dignidad. Al cabo de cierto tiempo, el rey dio a todos los habitantes de la acrópolis de Susa, desde el más importante al más insignificante, un convite  por espacio de siete días en el patio del jardín del palacio real. Lino de color blanco y de color violeta pendía  sujeto por cordones de seda marina y púrpura roja a anillas de plata y columnas de mármol: divanes de oro y plata descansaban sobre un pavimento de piedra esmaltada, mármol, alabastro y piedras preciosas. “

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