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Apuntes de filosofía, Hume

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Resumen de Hume

A través de sus obras –como el Tratado de la naturaleza humana-, el empirista Hume reflexiona sobre la razón con el fin de cuestionar el carácter universal de las leyes científicas y su repercusión. Recuerda que para los racionalistas las matemáticas eran modelo de conocimiento verdadero, ya que operaban con la razón. Además entendían las ciencias de la naturaleza, como aquellas centradas en la observación de la realidad y observaban a su vez que la metafísica abarcaba los principios de la realidad y cómo el hombre había llegado a descibrirlo. El autor critica el racionalismo, ya que –según su postura- la razón no es el fundamento de los enunciados en los que basamos la experiencia. En realidad no niega que los conocimientos basados en la experiencia sean válidos, pero rechaza que la razón sea el único fundamento en el que deben regirse nuestras verdades. Plantea además- entre otras cuestiones-  la inexistencia de la sustancia material o espiritual; para él  los cuerpos son agrupaciones de sensaciones y el yo, un conjunto de estados de conciencia.

Para explicar el problema del conocimiento parte de dos principios: la observación y la experiencia, como fuente de conocimiento y el rechazo de las hipótesis que no se apoyen en la experiencia, ya que ésta la que regula nuestra mente. Primero debería averiguarse cómo la razón establece los conocimientos verdaderos a través de la información que nos llega de esa experiencia. Llama percepción a los contenidos del entendimiento y distingue dentro de las percepciones, las impresiones de las ideas. Se diferencian porque una impresión es más vivaz e intensa que una idea. Las ideas –por el contrario- son siempre menos intensas que las percepciones, una copia o derivación de las mismas. Realiza además diversas clasificaciones de las percepciones: las divide en simples o complejas; o bien, en impresiones de sensación o impresiones de reflexión. Para interpretar la experiencia, les otorga un valor muy importante a la asociación de las ideas.  La naturaleza humana posee la tendencia a asociar las ideas entre sí, como si se tratara de un principio de atracción semejante al de la gravitación universal. Sus relaciones se basan en leyes como la semejanza, la contigüidad o la relación entre causa y efecto. A estas leyes se le añade el poder de la imaginación que combina aleatoriamente las ideas y que, en muchas ocasiones, sigue la fuerza de la costumbre.

 A partir de esa asociación entre ideas entendemos su postura sobre, muchos conceptos de la tradición filosófica, como la idea de sustancia o la de sujeto, que el autor critica al no proceder directamente de la experiencia y no poder ser reducida a una impresión vivida o a una percepción. Nos explica  que el conocimiento fluye tanto de las impresiones de los sentidos, como de las ideas, copias o representaciones de esas impresiones. Se pregunta qué ideas son ciertas, puesto que, cuando una idea se refiere a una impresión, podremos verificarla si sabemos la impresión que la ha ocasionado. De ahí que cuando las ideas se refieran al futuro, no podamos certificar su veracidad, puesto que desconocemos cuáles han sido las impresiones que las han producido. Tampoco admite las ideas innatas porque, si no existen impresiones, no podemos forjárnoslas. En definitiva las ideas no son otra cosa que  copias de impresiones generadas por nuestra memoria (al recordar una impresión) o por nuestra imaginación (si concebimos distintas impresiones o diferentes ideas).  Las operaciones de la imaginación no son aleatorias, obedecen a leyes de nuestra mente  que se basan en la asociación de ideas, como sucede con la semejanza, la contigüidad en el espacio y en el tiempo o la causalidad. Pero la imaginación no sigue estrictamente esas leyes, a menudo deviene en error y de ahí que la razón deba analizar las ideas y sus asociaciones para evaluar cuáles proporcionan un conocimiento válido y cuales –por el contrario- son meras disquisiciones de la imaginación. Si no existe una impresión sensible de la idea, tendremos que rechazarla, puesto que se tratara de un producto de nuestra imaginación. Por ese motivo, muchos de los conceptos de la metafísica no pueden legitimarse, ya que no tienen un significado real.

Es necesario tener en cuenta además una serie de combinaciones que dependen de principios como la semejanza, la contigüidad en el tiempo o el espacio y, finalmente, la causa-efecto.  Esta última relación (causa-efecto), es criticada, porque, cuando asociamos las conexiones entre los hechos a través de lo que hemos experimentado, no podemos asegurar que esto sea verificable. Si el origen de nuestro conocimiento reside en la experiencia, al percibir determinadas cualidades de un objeto –color, olor, tamaño- no podemos deducir cuál es su esencia, porque esa esencia no puede ser percibida por los sentidos, ya que la esencia sería la suma de todas sus cualidades. Si aceptamos esto, el límite de nuestro conocimiento sería la experiencia sensible.   No se puede establecer  una demostración de la relación causal, no es posible derivar el efecto de la causa, como si fuese una demostración que no admite contradicción. Lo ejemplifica con las bolas de billar.  La relación de causalidad ni se apoya en la experiencia ni deriva de las impresiones. Se trata de una relación influida por la costumbre que depende de la probabilidad. No existe nada en la causa que nos haga deducir el efecto, como si de una deducción formal se tratase.

Establece Hume dos tipos de conocimiento: las relaciones de hechos y las relaciones entre ideas. En las primeras, la conexión se produce mediante juicios de hecho o sintéticos, o sea, los que concibe el sujeto. Por su parte, en las relaciones entre ideas, la conexión se lleva a cabo, mediante juicios analíticos, aquellos en los que lo que se predica del sujeto está incluido en sí mismo, de forma que si afirmamos lo contrario, nos contradecimos.  Así, mientras las relaciones entre ideas encierran una argumentación evidente y necesario –por ejemplo, los axiomas matemáticos-, las cuestiones de hecho, son probables y en su dominio no existe un conocimiento cierto, ahí sitúa los hechos de la experiencia y las situaciones cotidianas.  Muchos de los razonamientos basados en cuestiones de hecho parecen fundamentarse en la causalidad. Pero esta causalidad, no puede fundamentarse en la experiencia, sino en la costumbre. Es justo ahí, en esa dicotomía entre relaciones entre ideas y cuestiones de hecho, donde sitúa los conceptos de razón o demostración.  La razón, apoyada en nuestra capacidad de análisis, engloba las operaciones del intelecto. Si traspasamos sus límites, ese conocimiento es incierto. De ahí que cuando hablábamos de que algo es causa de un determinado efecto, estamos afirmando que entre esa causa y su efecto, existe una relación de semejanza: siempre que se da esa causa, se produce idéntico efecto. Pero ya hemos  dicho que esta concepción es errónea, que no existen argumentos racionales para sostener el principio de la causalidad, fruto de nuestra memoria y de la costumbre.

La causalidad no es un conocimiento necesario, sino más bien una cuestión de hecho, una relación que posee un carácter de probabilidad. Elimina así las ideas vigentes que habían establecido ya Aristóteles y los escolásticos. Critica a los racionalistas que pensaban que era posible conocer sin atender al mundo exterior,  sin tener en cuenta los datos de la experiencia sensible. Hume había intentado aplicar el método de la física de Newton a los asuntos humanos, para crear una ciencia de la naturaleza humana. Su conclusión es negativa, porque no existe una razón válida que infiera la causalidad; es la costumbre y no la razón, la que nos guía la vida práctica. El autor rechaza pues las ideas que habían establecido sus predecesores como Aristóteles o los escolásticos.

Finalmente Hume se refiere a la idea del yo, como una serie de impresiones e ideas. Es la imaginación y la propia memoria la que nos ayuda a reconstruirnos.  Niega –desde su empirismo- la existencia de la libertad, tal y como la concebimos. Según él, siempre que hablamos de libertad, entendemos que se trata de ausencia de coacción externa; sin embargo –como contrapartida- siempre que realizamos un acto por propia voluntad, estamos obedeciendo unos impulsos internos que no dominamos. Postula que la razón no puede mover la voluntad, ni ser el fundamento de la moral, pues la moral depende del sentimiento y éste a su vez está supeditado al placer y el dolor. La razón nos permite analizar los hechos y sus consecuencias, pero no nos insta a aprobarlos o desaprobarlos. Es el sentimiento de agrado o desagrado que provoca en nuestro espíritu el que en definitiva decide. Este planteamiento vuelve a oponerse al racionalismo, para el cual la razón era que decidía lo que estaba bien o mal. Según Hume, la razón se limitaría a informarnos de las consecuencias de nuestros actos, facilitándonos la tarea de decidir qué medios son los más adecuados para obtener tal o cual objetivo. Este es el sentido de la tesis humana, según la cual, la razón solo puede ser la esclava de las pasiones.

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Comentarios Apuntes de filosofía, Hume

me gusta para pasar a leerlo otra vez es interesante

"... la razón solo puede ser la esclava de las pasiones..."

Vaya, tiene miga, ¿eh?... solo esta frase, ya daría para un debate.
Interesante y entretenido tu post. Gracias.
Un beso.

pd./  Andaba perdido esta temporada, pero como ves ya he regresado. Será un placer continuar leyéndote.

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