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ANTONIO BUERO VALLEJO, Un soñador para un pueblo

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Textos teatrales

Recoge Buero Vallejo en esta obra un hecho histórico: el conflicto entre Esquilache, un político ilustrado y honesto que desea que España sea reformada de acuerdo con los ideales europeos, y los oscuros intereses de quienes desean que el pueblo continúe en la ignorancia y la rutina. En la conversación de Esquilache con el rey se justifica el título de la obra.

Un soñador para un pueblo

EL REY.- ¿Tú, aquí?

ESQUILACHE.- A los pies de vuestra majestad.

EL REY. – (Le ayuda a levantarse.) ¿Ocurre algo en Madrid?

ESQUILACHE. –Ha corrido la primera sangre, señor. A esta hora, son ya muchos los incidentes.

EL REY. – (Sonríe.) Viva el Rey, muera el mal gobierno, ¿no? La fórmula es conocida. Pero yo no te quiero como víctima, Leopoldo. Mis ministros hacen lo que yo mando. Aclararme mientras se les ataca me ofende: es suponer que soy tonto y no sé elegirlos. Pero tú y yo sabemos que no carezco de cierta inteligencia… (Ríe y le da un golpecito en el hombro.)

ESQUILACHE. –Vuestra majestad me abruma con sus bondades.

EL REY. (Apoya la escopeta contra la pared.) La medida es justa: debes, pues, lograr que se cumpla. Pero sin violencias, ¿eh? Con toda la dulzura posible.

ESQUILACHE. –Sí, majestad.

EL REY. Los españoles son como niños… Se quejan cuando se les lava la basura. Pero nosotros les adecentaremos aunque protesten un poco. Y, si podemos, les enseñaremos también un poco de lógica y un poco de piedad, cosas ambas de las que se encuentran bastante escasos. Quizás preferirían un tirano; pero nosotros hemos venido a reformar, no a tiranizar. (Lo mira fijamente.) Naturalmente, esa resistencia no es espontánea. La mueven quienes se resisten a todo cambio. Y también, ambiciones aisladas. ¿Me equivoco?

ESQUILACHE. – No, majestad. Sin duda, muchos nobles mueven los hilos.

EL REY. – ¿Nombres?

ESQUILACHE. – Confieso mi torpeza… Aún no lo he puesto en claro…

EL REY. – Quizá yo sepa algo más que tú de todo eso… Bien. Yo volveré a Madrid el veintidós, como de costumbre. Pero tenme informado hasta entonces. (Saca su saboneta y mira la hora.) ¿Algo más?

ESQUILACHE.- (Titubea.). Confieso a vuestra majestad que estoy terriblemente perplejo.

EL REY. – Lo estudiaremos juntos.

ESQUILACHE.- Señor; hace tiempo que me atormenta la evidencia de que reputación de un ministro debe ser intachable en bien de su propio trabajo. Pero…, vuestra majestad lo sabe… Mi esposa y mis hijos…

EL REY. – ¿Cuál es tu ruego?

ESQUILACHE.- (Resuelto.) Suplico a vuestra majestad que revoque los cargos que por su real bondad gozan inmerecidamente mis hijos mayores. Y en cuanto a mi esposa…, ruego a Vuestra majestad que me permita separarme de ella. Vuestra majestad puede creerme: no existe ya solución mejor. (Baja la cabeza.)

EL REY lo mira, desciende de las gradas y da un paseíto. Sonríe.

EL REY.- ¿Quién es doña Fernandita?

ESQUILACHE.- (Se sobresalta y va a su lado.) ¡Reconozco la mano de la marquesa! ¡Juro a vuestra majestad que nos ha calumniado! Es una muchacha de nuestra servidumbre, una criatura limpia y pura que…

EL REY.- ¿Estás seguro?

ESQUILACHE.- (Vacila.) Señor, yo…

EL REY.- ¿La quieres?

ESQUILACHE.- (Después de un momento.) Señor, soy un anciano.

EL REY.- Pero, ¿la quieres? (ESQUILACHE baja la cabeza. El REY sonríe y pasea.) ¿Sabes por qué eres mi predilecto, Leopoldo? Porque eres un soñador. Los demás se llenan la boca de las grandes palabras y, en el fondo sólo esconden mezquindad y egoísmo. Tú estás hecho al revés: te ven por fuera como el más astuto y ambicioso, y eres un soñador ingenuo, capaz de los más finos escrúpulos de conciencia.

ESQUILACHE.- Perdón, señor.

EL REY.- ¿Perdón? No. España necesita soñadores que sepan de números, como tú… (Baja la voz.) Hace tiempo que yo sueño también con una reforma moral, y no sólo con reformas externas. Más adelante si Dios nos sigue ayudando, te necesito para esa campaña y si quieres iniciarla tú con un ejemplo de rectitud tan atrevido, te doy desde ahora, en nombre de mi país las gracias. (ESQUILACHE se inclina. El REY saca su saboneta.) Un minuto de retraso. (Va a recoger su escopeta.) Y el Rey debe enseñar también a los españoles la virtud de la puntualidad. (Suspira y sonríe.) Y ahora, a fatigarme con la caza. Es una cura que le impongo a mi pobre sangre enferma… Pero en Madrid creerán que lo hago por divertirme. No te preocupes demasiado por lo que de ti digan: ya ves que es inevitable. (Se lleva levemente la mano al corazón.) Nuestro juez es otro. (El rey va a salir por la abertura de los tapices.  ESQUILACHE se arrodilla. El Rey se vuelve y le envía una penetrante mirada.) Tienes miedo, ¿verdad?

ESQUILACHE.- Quizá es que estoy viejo, señor.

EL REY.- Dios te guarde, Leopoldo. (Sale.)

(ESQUILACHE se levanta despacio y, pensativo, se cala el tricornio; sube las gradas y sale por el mismo sitio. El foco de luz se amortigua hasta desaparecer y una claridad suave, crepuscular, vuelve a la escena. Se oye el lejano pregón del CIEGO.)

CIEGO.- (Voz de.) El Noticioso para hoy, veintidós de marzo… Con todas las ceremonias que se celebrarán en la Pascua de Nuestro Señor…

(Entretanto, el giratorio se desliza y presenta el gabinete de ESQUILACHE. El marqués, sentado a la mesa, firma con aire cansado documentos que CAMPOS, a su lado, recoge. El MAYORDOMO, en pié junto a la puerta del fondo.)

ESQUILACHE.- Firmar y firmar… (Arroja la pluma.) A veces me parece como firmar en la arena.

CAMPOS.- Muy cierto, excelencia.

ESQUILACHE.- ¡No me dé siempre la razón! ¡Discuta!... (Se levanta y pasea. Un silencio.) Y usted, ¿qué hace ahí como un pasmarote?

ANTONIO BUERO VALLEJO, Un soñador para un pueblo, 1958.

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