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Ánimo: Escribid una redacción que haga temblar los corazones.

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Subamos la temperatura: Dos grandes historias de Lafcadio Hearn

Lafcadio Hearn

 

Hace más de setecientos años, en Dan-no-ura, en el estrecho de Shimonoseki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heike o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heike, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tenno. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados... En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heike, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heike. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales revolotean sobte la playa o chispean sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi o fuegos demoníacos; y, cuando arrecian los vientos, intensos alaridos provienen del mar, como el clamor de una batalla.
En otra época, los Heike estaban aún más inquietos que ahora. Por las noches, se encaramaban a las naves e intentaban hundirlas, y acechaban a los nadadores para arrastrarlos al fondo. Para aplacar a esos muertos se construyó un cementerio cerca en la playa, en cuyos monumentos se inscribió el nombre del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí se realizaban regularmente budistas consagradas a esos espíritus. Una vez edificado el templo y erigidas las tumbas, los Heike causaron menos problemas que antes, pero no dejaron de hacer cosas extrañas, en ocasiones, demostrando que aún no habían hallado la paz perfecta.
Hace uns siglos vivía en Akamagaseki un ciego llamado Hoichi, famoso por su destreza en la recitación y en la ejecución del biwa. En la infancia le habían enseñado a tocar y recitar, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hoshi profesional, debía ante todo su fama a su modo de recitar la historia de los Heike y de los Gengi, y se cuenta que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura <<ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas>>.
En los inicios de su carrera, Hoichi era muy pobre, pero encontró un buen amigo que le brindó ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hoichi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se alojara en el templo, oferta que él aceptó con gratitud. Hoichi recibió una habitación dentro del edificio y, a cambio de comida y alojamiento, sólo debía deleitar al sacerdote con su música en las veladas en que no tuviera otros compromisos.
Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar una ceremonia budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito y Hoichi quedó sólo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había en su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte trasera del Amidaji. Allí aguardó Hoichi el regreso del sacerdote, e intentó aliviar su soledad con la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como el interior aún estaba demasiado sofocante, Hoichi se quedó fuera. Al fin oyó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás- Alguién cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él... pero no era el sacerdote. Una voz profunda pronunció el nombre del ciego con la voz cortante de un samurai interpelando a un subalterno.
-¡Hoichi!
El sorprendido Hoichi no respondió en seguida y la voz lo llamó una vez más, áspera y perentoria:
-¡Hoichi!
-¡Hai!-respondió el ciego, amedrentado por esa voz amenazadora-. ¡Soy ciego!¡ No sé quién me llama!
-¡No hay nada que temer¡-exclamó el desconocido con voz más mensurada-. Acampó en las cercanías de este templo y me envían con un mensaje. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, se aloja en Akamagaseki, con muchos y nobles servidoras. Deseaba comprobar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia. Coge tu biwa y acompáñame al palacio donde aguarda la augusta asamblea.
En aquellos tiempos, nadie desobedecía a un samurai sin un buen motivo. Hoichi se calzó las sandalias, tomo su biwa y siguió al desconocido, quien lo guió con destreza, aunque obligándole a caminar muy deprisa. Lo llevaba con mano ferre y su andar rechinante mostraba que estaba completamente armado. Quizá fuera un centinela de palacio. Hoichi perdió su temor y pensó que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un “hombre de altísimo rango” pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyo de la clase superior. El samurai no tardó en detenerse; y Hoichí advirtió que habían llegado ante un amplio portal, lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.
-Kaimon¡- gritó el samurai. Se oyó un ruido metálico y ambos pasaron. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.
-¡Acercaos-gritó el samurai- Traigo a Hoichi.
Hubo correteos, susurro de mamparas, rumor de puertas correderas y murmullo de voces femeninas. Por el lenguaje de las mujeres, Hoichi supo que eran criadas de un señor de alcurnia, más no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo de hacer conjeturas. Alguien le ayudó a subir varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar sus sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y bruñidos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó, por pisos de esterilla de superficie asombrosamente amplia, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda evocaba el sonido de las hojas de un bosque. También oyó un gran murmullo de voces que cuchicheaban en lenguaje cortesano.
Le dijeron que se acomodara a gusto y Hoichi descubrió que le habían preparado un almohadón. Una vez que se instaló y afinó su instrumento, la voz de una mujer, quien, supuso Hoichi, sería la Rojo, o matrona a cargo del personal femenino – lo interpeló con estas palabras:
-Recítanos la historia de los Heike, acompañándote con tu biwa.
La recitación completa del poema habría requerido muchas noches; Hoichi, pues, se aventuró a preguntar.
-Siendo la historia tan larga ¿qué parte desea mi augusta audiencia que recite?
La voz de la mujer respondió:
-Recítanos la historia de la batalla de Dan-no–ura, que es una historia de profunda piedad.
Hoichi elevó la voz y entonó el canto del combate en el mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el hogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido de acero sobre los yelmos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, oía voces elogiosas que murmuraban.
-¡Qué artista maravilloso¡¡Jamás, en nuestra provincia oímos cantar de ese modo¡¡No hay en todo el imperio un interpreté como Hoichi¡
Esto le infundió nuevos ánimos. Tocó y cantó aún mejor que antes; y lo rodeó un profundo susurro de asombro. Mas cuando llegó al adverso destino de las bellas y los débiles, al estremecedor exterminio de las mujeres y los niños, y al salto de muerte de Nii-no- Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concursantes lanzaron un trémulo y prolongado grito de angustia al que siguieron gemidos y sollozos tan intensos que el ciego sintió temor de la violenta pesadumbre que había suscitado. Los llantos y gemidos continuaron largo rato. Pero gradualmente cesaron los lamentos; una vez más, en el hondo silencio. Hioichi oyó la voz de la mujer que, según él creía era la Rojo.
Ésta le dijo:
-Aunque nos habían asegurado que eras muy hábil en la ejecución de la biwa, y que tu canto era incomparable ignorábamos que alguien tuviera tanta destreza como la que has demostrado esta noche. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Más desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que emprenda su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue a por ti, irá a por ti. Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaseki. Como él viaja de incógnito, ordena que nadie se entere de lo que ocurre. Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.
Hoichi manifestó su gratitud y la mano de la mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde le mismo samurai que lo había traído aguardaba para conducirlo a su casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y se despidió de él.
Hoichi manifestó su gratitud y la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada de palacio, donde el mismo samurai que lo había traído aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la vereda de la parte trasera del templo y se despidió de él.
Hoichi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, supuso que él dormía. Hoichi pudo descansar durante el día y no mencionó su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurai volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hoichi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, descubrieron accidentalmente su ausencia en el templo; cuando Hoichi regresó al amanecer, el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en tono de amable reconvención:
-Nos has causado gran ansiedad, amigo Hoichi. Salir a ciegas y a solas a horas tan avanzadas es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición ¿dónde has estado?
-¡Perdonadme, querido amigo!- respondió evasimente Hoichi –Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.
La reticencia de Hoichí causó más asombro que aflicción al sacerdote: le parecía poco natural y le despertaba sospechas. Temía que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No hizo más preguntas, pero ordenó a sus servidores del templo que vigilaran los movimientos de Hoichi, y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.
A la noche siguiente observaron que Hoichi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar a la carretera Hoichi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez...un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues la carretera estaba en pésimas condiciones. Los hombres recorrieron las calles y preguntaron en todas las casas que Hoichi solía frecuentar, pero nadie lo había visto. Al fin, cuando regresaban al templo por el camino de la costa, les sorprendió el sonido de su biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos “fuegos demoníacos” –habituales en ese lugar en las noches tenebrosas- todo era negrura en esa dirección. Los criados fueron deprisa al cementerio; a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hoichi, sentado a solas bajo la lluvia, ante el monumento erigido a la memoria de Antoku Tenno, tocando el biwa y entonando en voz alta el cantar de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan numerosa congregación de Oni-bi.
-¡Hoichi San¡ ¡Hoichi San¡-gritaron los sirvientes- estás embrujado. ¡Hoichi San¡
Pero el ciego no parecía oírlos. Tañía el biwa con rasgueos, crujidos y pulsaciones y cantaba la batalla de Dan-no-ura con voz cada vez más estentórea. Lo aferraron y le gritaron al oído.
-¡Hoichi San¡¡Hoichi San¡ ¡Acompáñanos al acto¡
Él les dirigió un severo reproche:
-Semejante interrupción, ante tan augusta asamblea, es intolerable.
Pese a las perturbadoras circunstancias, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hoichi estaba embrujado, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde el sacerdote ordenó que le quitaran sus ropas húmedas, lo cubrieran con otra vestimenta y le ofrecieran comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.
Hoichi vaciló largo rato. Al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurai.
-¡Hoichi, mi pobre amigo- dijo el sacerdote- corres un gran peligro¡ ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes¡ Tu maravillosa destreza musical te ha metido en extraños problemas. Debes saber que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas delos Heike, y esta noche nuestra gente te halló, sentado bajo la lluvia, ante el monumento que conmemora a Antoku Tenno.
Todo fue una ilusión... salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán trizas. De todos modos te hubiesen destruido, tarde o temprano...Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.
Antes del ocaso, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hoichi, con sus pinceles le trazaron sobre el pecho y la espalada, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies -y aún sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo- el texto del sutra sagrado que denominan Hamnya-Shin- Kyo.
Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hoichí de este modo:
-Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán,. Pero, pase lo que pase, no respondas ni te muevas. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes, y ni sueñes con pedir ayuda...pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.
En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo, y Hoichi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una postura de meditación y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.
Al fin oyó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda y se detuvieron frente a él.
-¡Hoichi- llamó la voz profunda. El ciego contuvo el aliento y se quedó quieto.
-Hoichi- repitió- ásperamente la voz.
Y por tercera vez, con ferocidad:
-¡Hoichi!
Hoichi seguía inmóvil como una piedra.
-¡Nadie responde!-gruño la voz-. Veamos ¡dónde está este sujeto!
Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Los pies se acercaron, se detuvieron ante Hoichi. Hubo una larga pausa de silencio, y Hoichi sintió que todo su cuerpo temblaba siguiendo el ritmo de su corazón.
Al fin la voz ronca murmuró junto a él:
-Aquí está el biwa, pero del intérprete sólo veo.¡Un par de orejas¡ Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder...de él no quedan sino orejas...Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible...
Hoichi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas y se las arrancaban. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, llegaron a la carretera, dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso, pero no se atrevía a levantar las manos.
El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre.
Entonces vio a Hoichi, sentado en postura de meditación, aun sangrando por las heridas.
-¡Mi pobre Hoichi¡! exclamó el alarmado sacerdote-¿ Qué es esto? ¿Te han herido?
Al oír la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar y entre lágrimas refirió su aventura nocturna.

-¡Pobre, pobre Hoichi!-exclamó el sacerdote-. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa...! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados....¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error no haberme cerciorado de que lo había hecho...Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora...¡Alégrate amigo mío¡ Ha terminado el peligro. Esos visitantes no volverán a molestarte.
Gracias a la asistencia de un médico, Hoichi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por doquier y lo hizo famosos. Muchos nobles acudían a Akamagaseki para oírle recitar; y Hoichi recibió generosas dádivas en dinero que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde aquella aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de Mimi-nashi- Hoichi: “Hoichi el Desorejado “.

-El biwa es una especie de laúd de cuatro cuerdas que se usa ante todo en la recitación musical. El biwa se toca con una especie de plectro llamado bachi, habitualmente hecho de cuerno.
Kaimon: un término respetuoso para solicitar la apertura de una puerta. Solían usarlo los samurais cuando pedían a los guardias de una casa señorial que les permitieran la entrada.

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En el camino de Aasaka, cerca de Tokio, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linternas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!
El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como me la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.
-Distinguida señorita -saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita! -repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Éste no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y dígame la causa de su pena ¿Puedo ayudarla en algo?
La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:
-Distinguida señorita, escúcheme un momento…
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ojos, nariz ni boca!…
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de sopa que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de sopa, gimiendo:
-¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!…
-«Koré»… «Koré»… -replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No!… Nadie me ha hecho daño… -murmuró el otro-. Pero… ¡Ah!… ¡ah!… ¡ah!…
-¡Por lo menos le han dado un buen susto! -dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No!… Pero, cerca del foso… he visto… ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así?… -exclamó el mercader.
Se acarició la cara que, de pronto, se hizo semejante a un huevo.
¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

 

Y como historia que crea una atmósfera inquietante, esta historia de Edgar Allan Poe. 

El corazón delator de Edgar Allan Poe

 

¡Es verdad! He sido nervioso, tremendamente nervioso. Y lo soy aún. Con la enfermedad mis sentidos se agudizaron, no se destruyeron ni embotaron. Y por encima de todos estaba la agudeza de mi oído. Oía todo cuanto hay que oír en el cielo y en la tierra. Y oía muchas cosas en el infierno. Entonces… ¿cómo puedo estar loco? Escuchen y vean con qué cordura, con qué calma les puedo contar toda la historia.
No me es posible decir cómo me vino la idea por primera vez. Pero sí que una vez concebida me obsesionó día y noche. No había ningún motivo. No tenía ninguna pasión. Yo quería al viejo. Nunca había sido injusto conmigo. Jamás me había insultado. Yo no deseaba su oro. ¡Creo que fue su ojo! Sí, eso fue. Tenía un ojo de buitre, un ojo azul pálido recubierto con una telilla. Cada vez que este ojo caía sobre mí se me helaba la sangre. Y así, paso a paso, muy gradualmente, me decidí a matar al viejo y librarme de este modo, para siempre, de aquel ojo.
Y aquí está lo más importante. Ustedes suponen que estoy loco pero los locos no saben nada. En cambió… ¡tendrían que haberme visto! ¡Deberían haber visto qué atinadamente actué! ¡Con qué precaución, con qué previsión, con qué disimulo fui realizando mi trabajo! Nunca estuve tan amable con el viejo, como durante la semana anterior a matarlo. (…)
Si todavía piensan que estoy loco dejarán de pensarlo cuando les descubra las juiciosas precauciones que tomé para esconder el cadáver…
Quité después tres tablas del entarimado de la habitación y lo deposité todo allí. Luego, volví a colocar las tablas tan hábilmente, tan astutamente, que ningún ojo humano, incluso el suyo, podría haber encontrado allí algo anormal.
(…) Al terminar mi trabajo eran las cuatro de la madrugada, tan oscuro aún como a media. Cuando la campana del reloj daba las horas, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir tranquilamente porque ¿qué tenía yo que temer? Entraron tres señores muy cortésmente se presentaron como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche que despertó sospechas de algún delito; éstas fueron comunicadas a la oficina de policía y ellos, los agentes, habían sido encargados de registrar el lugar.
Sonreía porque… ¿qué tenía que temer? Les di la bienvenida. El grito, expliqué, lo había dado yo en sueños. El viejo, mencioné de paso, estaba en el campo. Recorrí con mis visitantes toda la casa y les rogué que registraran bien. Al fin les conduje a su habitación. Les mostré sus tesoros que estaban intactos, sin haber sido tocados. Y en el máximo de mi confianza llevé sillas hasta la habitación y les rogué que descaran de las molestias que se habían tomado, mientras yo mismo, en la desmedida audacia de mi completo triunfo, colocaba mi silla sobre el lugar exacto en que descansaba el cadáver de mi víctima.
Los agentes estaban satisfechos. Mi comportamiento les había convencido. Yo me encontraba muy a gusto. Se sentaron y hablaron sobre cosas generales a las que yo contestaba animadamente. Pero no mucho después empecé a sentir que empalidecía y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y sentía un zumbido en mis oídos; pero ellos seguían sentados y continuaban charlando. El zumbido se hizo perceptible, no cesaba y cada vez era más intenso. Yo hablaba mucho para librarme de aquella sensación, pero el zumbido continuaba, cada vez más claro, hasta que al fin descubrí que el ruido estaba dentro de mis oídos.
Sin duda me puse muy pálido, pero continué hablando aceleradamente, con voz muy alta y, sin embargo, el sonido aumentaba. ¿Qué podía hacer? Era un sonido rápido, monótono y ahogado como el de un reloj envuelto en algodones. Respiraba jadeante y los agentes seguían sin oír nada. Hablé más deprisa, con más vehemencia y, a pesar de todo, el ruido aumentaba constantemente. Me levanté y discutí pequeñeces en un tono muy alto y con violentos gestos, pero el ruido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿por qué no se irían? Medí a grandes pasos la habitación como si me enfureciera que aquellos hombres me observaran, pero el ruido continuaba aumentando. ¡Oh, Dios! ¿qué podría hacer? Lanzaba espumarajos, desvariaba, juraba. Hice girar la silla en la que estuve sentado y la arrastré por el suelo señalando las tablas. Pero el ruido lo dominaba todo y crecía sin cesar. ¡Se hizo más fuerte… más fuerte… más fuerte! Y sin embargo, los hombres hablaban tranquilamente y sonreían. ¿Sería posible que no oyeran nada? ¡Dios todopoderoso!... ¡No, no! ¡Oían y sospechaban y sabían! ¡Se estaban burlando de mi terror! Lo pensé entonces y aún ahora lo pienso. ¡Pero cualquier cosa sería mejor que aquella agonía! ¡Cualquier cosa era preferible a aquella burla! ¡No pude soportar más sus sonrisas hipócritas!¡Tenía que gritar o moriría! Y de nuevo ¡escuchen! ¡más intenso… más intenso!
-<<¡Canallas!>>, grité frenético, <<¡no disimulen más! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen las tablas!... ¡Ahí! …¡Ese es el latido de su aborrecible corazón!>>

 

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