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Ana María Matute, Los niños buenos.

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Bautizo de Dani: J.Frechina.

http://www.jfrechina.com/fotografodebodaenValencia.

 

No existen niños buenos ni malos: se es niño y nada más. No obstante, a los siete años yo senté plaza de mala. Todo el mundo estuvo conforme en ello, y yo misma acabé aceptándolo por algo natural e inevitable como la caída de los dientes o la lección de verbos irregulares.

El caso es que nací cuando ya había en la casa tres varones bastante crecidos, y mi primer error fue aprender a imitarlos, seguirlos a todas partes y admirarlos hasta el fanatismo. Por las noches rezaba con la ferviente esperanza de que a la mañana siguiente me vería convertida en un muchacho como ellos, y podría andar de un lado a otro con las manos hundidas en los bolsillos.

Pero ellos me excluían siempre de sus diversiones y mi humillación no tenía límites cuando se reunían los tres a contar cuentos prohibidos  y me obligaban a abandonar la habitación, tras la burlona promesa de que <>.

Era inútil que yo clavara los pies en el suelo desesperadamente, que me abrazase con fuerza a sus piernas. Era inútil: me ponían bonitamente en la puerta, la cerraban a mi espalda, y allí quedaba yo golpeándola rabiosamente con los pies, las manos e incluso la cabeza.

Estas escenas, unidas a la circunstancia de que me hubieran regalado un magnifico par de patines y yo no tuviera reparo en disfrutarlos sin cansancio pasillo arriba y abajo, crearon a mi alrededor una atmósfera poco benévola. Y colmó al fin la medida un incidente a mi juicio trivial, pero no así para mis padres.

Hacía apenas un año que había ingresado en el colegio, y me correspondía por compañera de banco una niña gordinflona, con unas mejillas tan blancas, tersas y estallantes que yo experimentaba la imperiosa necesidad de escribir en ellas algo, con plumilla afilada y tinta muy negra. Este deseo me obsesionaba, me dominaba. La niña aquella era lo que se llama una criatura pacífica, cuya única travesura consistía en dibujar al borde de los libros unos muñequitos de elementales trazos, muy expresivos y regocijantes. A mí no me hacía demasiado caso, casi puede decirse que me ignoraba, y la paz reinaba en nuestro pupitre. Pero un día se quedó un buen rato mirándome fijo con sus ojillos de porcelana, y dijo inesperadamente que yo me parecía <>. Desde luego, no me sentí ofendida, porque no sabía quién podía ser el hijo del gitano. Pero no sé por qué creí que aquellas palabras me concedían un cierto derecho sobre ella. Mojé mi pluma en el tintero y antes de que ella pudiera defenderse le estampé en la cara mis iniciales, con verdadera fruición.

Poco después ella lloraba a lágrima viva, y yo me sentía arrastrada por un brazo hasta el despacho de la superiora. (…)

La superiora era una mujer alta, gruesa y bondadosa, con una voz tan dulce que invitaba al sueño. Aquella habitación, que no sé por qué llamaban <>, con sus azules cortinas medio veladas, tenía un algo melancólico que encogía el ánimo y me hundía en las reflexiones más amargas. Pocas veces había entrado allí, pero siempre la luz amarillenta del sol bailoteando a través de los gruesos visillos me predisponía a la tristeza.

Pero aquellos refinados placeres me eran negados. Yo no poseía un lunar de pelo, ni un diente de oro, ni siquiera una de esas deliciosas manchitas rojas en la piel… No, no. Yo sería siempre sosa y fea, desprovista de todo adorno interesante. Mis hermanos – mis ídolos- no me prestarían nunca más atención que a una mosca y sería para ellos durante toda mi vida una niña pequeña a la que era preciso arrojar de las habitaciones porque existían historias que no estaban a mi alcance. Y del mismo modo que existía un lenguaje vedado para mí, el mundo estaba plagado de cosas atractivas y extraordinarias que me serían siempre negadas: precisamente todo aquello que presentaba un ápice de interés a mis ojos… Esto pensaba yo, amarga y confusamente, cuando ella dijo:

-Veo que por lo menos estás arrepentida de tu conducta.

-¿Qué conducta?...-pregunté, bebiéndome las lágrimas.

-Y como veo que lloras…

Entonces doblé la cabeza y empecé a sollozar con todas mis fuerzas. La superiora dio por terminado su discurso, me atrajo hacia su pecho y trató de consolarme.

-Ya está bien…, ya está bien…- decía con dulzura. A mí me costaba llorar, pero cuando empezaba era de temer.  Además, su verruga estaba tan cercana, tan próxima y rosada, que intensificaba mi amargura.

-Si por lo menos –dije entrecortadamente-, si por lo menos… tuviese una igual…

-¿Es que deseas alguna cosa especial?- sonrió ella, tan generosamente, que me alentó. (…)

-Dime – insistía ella-. No debes callar tus penas… ¿Qué es lo que deseas?

-Una verruga como la suya, Madame- me decidí al fin. Yo misma, inocentemente, llevé a casa aquella carta en que se advertía a mis padres cómo era yo una niña mala, descarada y rebelde.

Ana María Matute, Los niños buenos.

Resume la anécdota de esta historia.

¿Por qué se dice que la niña es rebelde, descarada y mala?

-Subraya las expresiones que denoten su estado de ánimo.

-Introduce uno de esos chismes u cuentos que se relatan los hermanos y que no quieren que escuche la pequeña.

-Sigue el hilo narrativo. Imagina que la niña ha crecido y que ahora se ha transformado en una joven. Casualmente se encuentra con la otra niña. Trascribe la conversación mantenida por las dos integrando su estado de ánimo.

-Imagina cómo es la directora y descríbela. Debes introducir –por supuesto- la famosa verruga causante de la fiera carta que la superiora dirige a sus padres.

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Comentarios Ana María Matute, Los niños buenos.

es un relato de calidad sencillamente discurriendo
me  dan  ganas  de  seguir leyendo   tiene  yna  manera  de  atraer  la  atencion 
que   me  he  quedado    picadi     bbuen  libro.    Kuidate

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