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A los adolescentes, fútbol y poco más.

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A los adolescentes, fútbol y poco más”

“Un color donde morir, un color que libera, el color mismo del más allá, del alma después de haberse desembarazado del cuerpo, del amor cuando palpita en el vacío, del interior del hombre….”
Jean Michel Maulpoix:
“A los adolescentes, fútbol y poco más”, con esta respuesta me despacho una joven editora española cuando le propuse la publicación de una selección poética que podía formar parte del currículum de Secundaria o Bachillerato, según los objetivos y los textos seleccionados. Tras esa respuesta pensé que si todos los editores pensaban lo mismo de los adolescentes entonces dónde colocaríamos las toneladas de libros de esa supuesta “literatura juvenil”, a la que dedican una parte nada despreciable de su presupuesto. ¿Qué haríamos entonces con las asociaciones en pro de la lectura, las páginas webs de profesores que se desloman buscando títulos o propuestas que enganchen a sus alumnos e incluso dónde situaría yo misma las lecturas o poemas de mi hija María?
Es curioso que en el caso de la poesía existan tantos prejuicios, que muchos profesores destierren de sus programas la lectura de poemas, cuando la poesía es afín a la naturaleza humana (poesía por los cuatro costados, poesía reflexiva, poesía guerrera, poesía como juego de malabares, poesía alimenticia) y además a los adolescentes les encanta y a pruebas me remito: son capaces de crear letras de rap en un tiempo récord emulando a sus cantantes favoritos (Nach Scratch, la Mala Rodríguez, Porta, Eminen); cantan a viva voz las letras de Fito Fitipaldi, Bunbury, Manolo García o Alejandro Sanz y nadie me negará el ritmo poético que alienta en muchas de esas canciones, y por si no fuera suficiente se sienten atraídos por poetas tan actuales como Belén Reyes, David González, Anna Blanco, Andrés Neumán y un largo etcétera.

Todos estos ejemplos extraídos de carambola, demuestran que la poesía hierve en sus venas. Sabemos –como profesores- lo que esperamos de nuestros alumnos: que adquieran una visión inédita de la realidad, que sean capaces de verbalizar sus sueños, que se aventuren a lanzar un “poderoso graznido” inconformista. Pues bien, si eso es lo que queremos, la poesía puede sernos una herramienta eficaz, puesto que ella sabe estirarle de las orejas a la lengua, sabe cómo palpar la realidad y ensancharla; está hecha –como la lengua- para ser esparcida, para ir de boca en boca, para la fuga cotidiana. Como dice Jenaro Talens “un poema nunca derribará un muro, pero sí puede hacer que alguien asuma como necesaria la tarea de intentarlo con sus propias manos”.

Si la poesía tiene ese carácter estimulante, no tiene sentido que la silenciemos, que pasemos de largo. Se pueden realizar tantas actividades lúdicas con poesías, tantas subversiones: poemas a los que añadimos música, con los que realizamos un power-point o un collage, poemas que transformamos en historias o dramatizamos. Todo depende de hasta dónde seamos capaces de llegar, de si somos capaces de echar toda la carne al asador y todo lo demás son excusas, salvaguardas para protegernos detrás de una tarima y ahorrarnos e-mails y demás tomas de contacto con poetas afectados por la neurona bloguera.

 

Pero no nos damos cuenta que de este modo menospreciamos el talento de nuestros alumnos, un talento que les es connatural. Los recluimos en el calabozo de la biblioteca cuando alzan la voz y esperamos que hallen el país de las maravillas. Pero se desorientarán y no serán capaces de encontrarlo. No lo descubrirán, aunque lo tengan delante de los ojos. Y no lo ven porque no les hemos entregado la llave adecuada, porque los lanzamos al vuelo sin antes reparar en las alas.

Mari Carmen Moreno Mozo

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Redactora de contenidos digitales. 

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