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Adaptación del Lazarillo moderno

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Adaptación del Lazarillo. Laura, 3º ESO

En estos tiempos de hoy en día, el ciego, como muchos otros ciegos, trabajaba en la ONCE. Un día, Lázaro fue a comprarle un cupón y empezaron a hablar. Lázaro le contó las penalidades que había vivido: ¡ay!, tantos baches, estocadas traicioneras y garrotazos. A nuestro amigo le cayó bien el ciego y siempre que podía iba a comprarle cupones, hasta que se hicieron amigos y se cogieron cariño el uno al otro.

Pero un día, la adversa Fortuna flaqueó y después de moquear un poco y mirar al niño con tristeza, decidió ayudarlo. Fue algo inaudito, que nadie esperaba. Y aquella mañana se enteró de que le había tocado el Cuponazo. Recordó que había sido su querido amigo ciego, quien le había dado la suerte, así que decidió recompensarlo. Sería divertido pagarle un viaje de dos días a Roma, ciudad que el ciego había conocido de joven y a la que añoraba volver. Y que mejor oportunidad de probar fortuna en la beata ciudad, que acompañarlo.  Así que muy temprano compró dos billetes de avión y reservó habitación en un hotel de cinco estrellas. Ahora que tenía dinero, no se iba a andar con tonterías. Irían de viaje a la Ciudad Santa y lo harían por todo lo alto. Las antiguas dificultades se habían esfumado de golpe. Se dirigió al puesto, donde siempre estaba su buen amigo y le contó la buena nueva, sin atender a los impedimentos que éste le ponía: que si ya era un carcamales, que si ya no estaba para esos trotes: excusas, excusas. Este sería un viaje por todo lo alto y no pasarían apuros.

Llegó el día del viaje. Se levantaron muy temprano, pues –como le dijo Lázaro-, al que madruga, Dios le ayuda. A las 6 tenían que estar en el avión, por lo tanto no había tiempo que perder.

 Al ciego, al viaje le pareció meteórico, nada que ver con los antiguos viajecitos en autobús, que le sacaban de sus casillas. Cuando llegaron a Roma cogieron un taxi para ir al hotel, ya que no sabía dónde estaba.  Iban contentos y de vez en cuando, le pedían al paciente taxista que se detuviera un poco para ver los monumentos. Entre parada y parada, almorzaron y repusieron fuerzas y, cuando por fin, el taxista les dejó en el hotel, con aquella cara bobalicona, que les recordó antiguas andanzas y pleitesías, era  media tarde.

Dejaron las maletas y se fueron a ver el centro de Roma. Allí Lázaro compró un paquete de papas y se lo dio al ciego, que le dijo:

-Para que los dos comamos en la misma proporción, tú cojeras una y yo, otra, si te parece bien.

Lázaro no puso ningún impedimento.

-Me parece genial. Pero no cojas más de una, ¿eh?

Y así empezaron a comer. El ciego cogía una y otra, Lázaro; hasta que en un momento determinado el pillín de Lázaro empezó a coger de dos en dos y de tres en tres. Incluso se atrevió a cogerlas de cuatro en cuatro.

Cuando el paquete se hubo terminado, el ciego le dijo:

-Oye, Lázaro, no has cumplido tu parte del trato que hemos hecho.

-¿Por qué piensas eso?-le preguntó ingenuamente el chaval-. Yo he cogido de una en una e hizo un juramento colocándose los dedos flexionados en la punta de la nariz.

-Pienso eso porque yo he cogido de dos en dos y no me has dicho nada-dijo el ciego.

Lázaro empezó a reírse por lo bajo, pero no le contestó.  

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