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¿Acaso merecía la muerte?

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¿Acaso merecía la muerte?

Recuerdo exactamente todo lo que sucedió aquella tarde. Eran las seis y media. Yo paseaba junto a mi perro Bruno por el bosque de las inmediaciones de mi casa. Los sonidos del bosque parecían un abrazo inesperado, me asaltaban aquí y aquí, incluso provocando mi inquietud. No eran los sonidos de los pájaros o el ulular de los pájaros, eran sonidos más estridentes, que se me metían en mis oídos.

En primer lugar prensé que se trataba de algún animal que se había extraviado de su madriguera y se escondía de nosotros pero al ver la inquietud de mi perro, sus gemidos inhabituales, me preocupé. Esa preocupación creció descomunalmente cuando él empezó a estirar del collar, como si pretendiese escapar de un peligro inminente.

Intenté que se calmase, pero como era un perro de gran tamaño, apenas podía controlarlo. No me hacía caso, así que solté la correa y él salió corriendo. Mi perro no es de los que se amedrenta con facilidad, en ninguna otra ocasión lo había sentido tan nervioso, ningún animal o desconocido le había provocado antes esa reacción que me puso los pelos de punta. Lo que ocurría es que no me había dado cuenta de que había un chaval de unos dieciséis años mirándonos fijamente.

Su mirada, brillante y penetrante, me sobresaltó. Sus ojos eran azules, pero era un azul salvaje, parecía contener el furor cobalto de todas las tormentas. Noté que estaba tenso e inexplicable sentí miedo, así que reculé hacia atrás, imitando la reacción de Bruno.

De pronto sus ojos se quedaron en blanco. Poco a poco toda su silueta se iluminó, como si su cuerpo convulsionase y adquiriese una fuerza desproporcionada y potente. No sé cómo lo había hecho; lo único cierto era que me había cegado. El corazón se paralizó por segundos.

No me gustaba esa energía desproporcionada que despedía, ni la palidez que poco a poco adquirían sus ojos que se estaban volviendo amarillos, como si expulsasen bilis o putrefacción. En cuanto abrió los labios y le vi aquellos afilados colmillos, palidecí y vinieron a mi mente imágenes de vampiros succionando la sangre de los inocentes. Sus manos me parecieron mucho más grandes de lo habitual, no me gusto observar que una de ellas la erguía amenazante, como si esgrimiera una espada; tampoco me gustaron aquellas garras negras, prestas al desgarro de la carne.

No sé porqué sentí que éramos presas fáciles e intente proteger a Bruno cuando este empezó a ladrar descontroladamente, mientras abría la boca y mostraba sus afilados dientes. Todo su pelo se erizó, hasta la cola se erguió como una espada. Inmediatamente se colocó delante de mí en posición amenazadora, desafiante.

Intenté detenerlo pero me fue imposible. Bruno se abalanzó sobre aquel ser y ambos se enzarzaron en una pelea. Yo, al ver aquella escena, busqué desesperadamente algo punzante en el suelo, algún objeto que me pudiese servir de arma. No podía enfrentarme a él, únicamente con mis débiles manos, tenía que hallar algo, que me ayudase en el ataque. Encontré un pedazo de rama puntiaguda y pensé que eso me serviría, que si se la clavaba concienzudamente, podría desgarrarlo; o en su defecto, provocarle una herida y hacerle huir. Me lancé contra él furiosa, intentando separarlo de mi perro, que parecía extenuado y que tenía el globo ocular enrojecido por uno de sus puñetazos. Descubrí finalmente el tremendo tajo de su costado y vi que se desplomaba malherido en el suelo, después de ser lanzado contra un árbol.

Grité su nombre, mientras la impotencia iba tornando en negra desesperación. Le aticé tal golpe al chico que este retrocedió sorprendido. Su grito cortó el jadeo de mi respiración, me giré pero cuando intenté propinarle otro golpe, el chico había desaparecido, se había volatilizado como una pompa de jabón.

Bruno yacía en el suelo. Su cuerpecito se desangraba. A mí volvieron las imágenes, todos esos buenos momentos que los dos habíamos pasado juntos: como cuando él era pequeñín, yo le daba el biberón y él lo succionaba mientras con sus patitas endebles me cubría la cara de pequeñas incisiones o arañazos; Bruno mordía los cojines, mientras yo le pedía riéndome que parase y él, como única respuesta, me mordía las zapatillas. Poco a poco fue creciendo, hasta convertirse en un perro magnífico, el perro que todos mis amigos envidiaban y del que yo me sentía orgullosa. De hecho, era imposible no apreciar a aquel animal que había permanecido fiel a mi lado, incluso en los momentos duros de mi enfermedad, cuando parecía que el cáncer iba a terminar con mi vida.

Y pensar que ahora él iba a morir, que había dado su vida por protegerme, sin que yo hubiese podido impedírselo. Eso era demasiado. Entonces supe que ese chico había tejido una cota de malla indestructible y que un día nos reencontraríamos: cuando mis ojos inyectados en sangre, robasen el furor cobalto de todas las tormentas.

 

Diana, 1º E

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