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A ras del suelo

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A ras del suelo

Yo era un chico de 19 años. Eran las diez de la noche y  estaba cogiendo mi chaqueta para salir a dar mi paseo habitual.

En cuanto salí por la puerta de mi cabaña, vi una luz estridente y molesta que me rodeaba. Miré hacia arriba, pero la maldita luz me dificultaba la visión. Me pareció, no obstante, ver un plato enorme, de unas dimensiones espectaculares.

Noté como iba elevándome lentamente y me sentí confuso y aterrado. Aquello no podía ser real, seguramente se trataba de un sueño estúpido.  Vi que prácticamente el plato se situaba encima de mi nariz y por eso me di cuenta de que era un OVNI, uno de esos modelos con los que nos bombardean en las películas o en los tebeos que leía de pequeño. Intenté pensar algo positivo, como hacía siempre que tenía un contratiempo feroz, pero no se me ocurría nada. No pude contener las lágrimas, en cuanto entrase en aquel platillo tal vez no hubiese ya posibilidad de retorno: ¿Y mis padres? ¿Y mis seres queridos? Me adentré en aquel platillo volador, pese a la inquietante oscuridad. No se veía nada, hasta que aparecieron ellas: una luz blanca y dos extrañas criaturas. No llegaban a medio metro y su piel no era como la nuestra, sino verde esmeralda. Tenían dos antenas que les salían de la cabeza y dos ojos gigantes y vacíos. En lugar de dos piernas, contabilicé cuatro y sus manos –en este caso dos- me parecieron interminables, debido a la longitud de sus dedos.

Mientras se aproximaban, el miedo se apoderó de mí. Ya casi estaban situadas a un metro de mí y una de esas extrañas criaturas estiró la mano y señaló mi cabeza. ¿Qué demonios pretendían? Me sentía confuso y desde luego, sin saber qué hacer, hacia dónde escapar. En ese momento el otro extraterrestre abrió una puerta y de ella salió un monstruo tan temible, que ni siquiera en mis peores pesadillas hubiera podido imaginármelo. Era enorme, tal vez midiese tres o cuatro metros. Tenía dos alas y unas garras afiladas, que se aprestaron a abalanzarse sobre mí, mientras sus patas se movían lentamente, pero sin titubeos.  Por mi cabeza pasó la idea del fin, el corazón casi se me sale del pecho cuando noté su aliento en mi cara.

Busqué una vía de escape… y vi el hueco por el que había entrado. La compuerta todavía no se había cerrado. Sin pensármelo dos veces me tiré al vacío y comencé a caer. La nave estaba a tres metros del suelo. Cuando caí me rompí la pierna. Pensé que ya estaba a salvo del monstruo pero, en un fatídico instante miré hacia arriba y vi la imagen del monstruo abalanzándose sobre mi cuerpo. Las garras estiradas segarían mi vida, cortarían mi fina carne por la mitad. Pero cuando las garras ya estaban situadas a 10 cm de mi cara…

¡Ring! ¡Ring! Escuché el melodioso ruido del despertador. En mi vida me he alegrado tanto al escuchar ese pitido. Me desperté empapado de sudor y corrí a mirarme en el espejo: en mi vida me he sentido tan feliz, ¡lo juro!, de arreglarme para ir al colegio.

Adrián Diago, 2º B

 

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